martes, 6 de mayo de 2014

A regañadientes, Clarice Lispector

Lejos de cualquier estereotipo, minando cánones y al compás de la valiosa reedición de su obra (Corregidor), una aproximación diferente a la escritora que rechazó las vanguardias y contribuyó a la reivindicación feminista, sin abandonar el lápiz labial.     
Mientras la lucha por la igualdad de género siga siendo un ismo, habrá que buscar mujeres que rompan moldes. Una lástima que a esta altura, las heroínas tengan todavía esa misión. Ya va siendo hora de rematar el discurso de los hijos como lastre, la abnegación, el sacrificio y blá. Si es cierto que en este siglo nos toca ser mujeres orquesta, usemos la batuta para abollar la culpa y ahorrarnos posibles frustraciones.
Por eso Clarice Lispector. Aún sin querer ser ejemplo de nada, odiando los rótulos, y sosteniendo hasta el cansancio que con lo que hacía no buscaba cambiar el mundo “sino florecer”.
Todo lo que ella fue, lo era a la vez. Mezclado y superpuesto. Escritora. Ama de casa. Periodista. Madre. Esposa. Artista plástica. Abogada.
Sólo dos líneas de su biografía: nació en Ucrania en 1920, pero se crió en Recife y vivió casi toda su vida en Brasil. Fue concebida por una superstición y eso la marcó para siempre. "Mi madre ya estaba enferma, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada: con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esa carga de culpa. Me hicieron para una misión determinada, y fallé”.
Fue una niña pobre -pobre de casi no tener para comer-, alegre y fabuladora. A los siete empezó a escribir cuentos sin hadas, extraños cuentos inspirados en sentimientos en los que nunca Había una vez… Acostumbrada a la incomprensión y casi orgullosa de su singularidad decía que nunca había visto nada más solitario que tener una idea original y nueva. “No hay apoyo de nadie y uno apenas cree en si mismo…”
Sin embargo, renegó del lugar de vanguardia que le asignó la crítica, fascinada de repente cuando se publicó su primera novela “Cerca del corazón salvaje” (1944), que pronto la convertiría en un fenómeno literario. "No entiendo de qué hablan, pero siento ese falso vanguardismo, lleno de modismos, frío, calculador, poco humano". Prefería mantenerse al margen de la discusión académica. A lo sumo, concebía su obra en términos de “arte”, “experimentación”, “autoconocimiento”.
Con esa mezcla de altivez e indiferencia, una jovencísima Clarice empezaba a cultivar el misterio. Mientras el movimiento feminista incendiaba repasadores, ella provocaba, jurando disfrutar de la vida doméstica. Y ahí estaba, en el living de su casa, con su máquina Olympia en la falda y Pedro y Paulo revoloteando alrededor. Se podía ejercer como madre full-time y al mismo tiempo escribir. Se podía vestir de gala para acompañar al marido diplomático, y escribir. O dedicar una tarde a exterminar las cucarachas de su cocina y luego escribir una receta de cómo matarlas bien muertas. Y también se podía mentir descaradamente la edad; porque sí, por pura coquetería: “Eres moralmente tan anticuada que consideras la vanidad femenina una frivolidad..?”, interpelaba a sus lectoras.
Lo suyo no fue una pose. Clarice era todas y cada una de esas mujeres. Y fue también Tereza Quadros y Helen Palmer y la ghost writter de Ilka Soares, una actriz con ínfulas narrativas, en pleno auge de las revistas femeninas. Porque a pesar de esconderse detrás de los seudónimos, ahí estaba su letra. Eso era también lo que Clarice tenía para decir.

Y decía: “Una vez me ofrecieron hacer una crónica de comentarios sobre acontecimientos, sólo que esa crónica se haría para mujeres y dirigidas a ellas. La propuesta terminó en nada, felizmente. Digo felizmente porque sospecho que la columna iba a derivar hacia asuntos estrictamente femeninos… como si la mujer formara parte de una comunidad cerrada, aparte y, de cierto modo, segregada. Pero mi desconfianza venía de acordarme del día en que una joven vino a entrevistarme sobre literatura y, juro que no sé cómo, terminamos conversando sobre la mejor marca de delineador líquido para el maquillaje de los ojos. Y parece que la culpa fue mía. El maquillaje de los ojos también es importante, pero yo no pretendía invadir las secciones especializadas, por bueno que sea conversar sobre modas y sobre nuestra preciosa belleza fugaz”. 


Valeria Sampedro.

sábado, 3 de mayo de 2014

¡Abuela las pelotas!

Fue la compositora folk más importante del siglo XX. Empezó su carrera a la edad en que otras se jubilan. Ahora se cumplen 50 de su canción Little Boxes, que se convirtió en un himno. Malvina Reynolds. Letra y música de una viejita copada.

“Ustedes dirán esta simpática abuela, que hace cookies y canta a los niños. y ese no es mi personaje en absoluto. Tengo una mirada muy áspera hacia muchos aspectos de la vida, y soy bastante elocuente al respecto. Así que no soy tu abuelita agradable.” 
Ni delantal, ni chancletas. Pero tampoco el disfraz de vaquera, con falda de jean y botas tejanas. No le hacía falta. Lejos del arquetipo de la abuela de los cuentos, Malvina Reynolds florecía a la edad en que la mayoría de las mujeres hace los trámites de jubilación. 
Sesenta y dos pirulos, el pelo todo blanco y anteojos enormes tenía cuando compuso la canción “Little Boxes”. Acababa de empezar su carrera como compositora y cantante folk. Atrás quedaban la maestra, la obrera de fábrica, la licenciada en letras. Activista social y miembro del Partido Comunista, había escrito artículos en varios periódicos, tenía un doctorado en Filología Románica, una hija, un divorcio encima y un nuevo marido (el bueno de Bud Reynolds) del que tomó el apellido. Y un día quiso dedicarse a hacer canciones. Por entonces, Pete Seeger, ya era una leyenda del género. Así recuerda Pete su primer encuentro con ella: “En 1947, en una fiesta en Los Angeles, una mujer de mediana edad vino a verme y me dijo, ´me gustaría hacer lo que usted hace, cantar para la gente que intenta hacer algo bueno desde su rincón del mundo´. Ella tenía unos 50 años, y la cabeza cubierta de canas. Yo tenía 28; me acuerdo de pensar ´Vaya, está un poco vieja para empezar. Claro que yo aún tenía mucho que aprender”.
Un cancionero repleto de hits le echaría por la cabeza, la tal Malvina, a ese impertinente que al final cayó rendido ante la evidencia.

Little Boxes (*)
Pequeñas cajas en la ladera / Cajitas hechas de ticky-tacky /
todas se ven igual
Hay una verde, una rosa / Una azul y una amarilla /
todas hechas de ticky-tacky / y todas se ven igual.
Y las personas, en las casas / fueron todas a la universidad
donde fueron puestas en cajas / Y salieron todas iguales.
Y hay médicos y abogados / y hombres de negocios
Y estan todos hechos de ticky-tacky
Y todos se ven iguales.

Ticky-tacky es una de esas frases intraducibles del inglés que remite a algo de  mala calidad, hecho con materiales baratos y poco oficio. Con esa carga mordaz doña Reynolds salió a describir el desarrollo de los suburbios en los Estados Unidos de posguerra, una diatriba sobre ese limbo de casitas de barrio alto donde cierta gente de clase media acomodada pretendía refugiarse del resto. El gen del country, y del american way of life: gente uniformada con ropa de marca, que juega al golf, toma Martini seco, tiene niños bonitos que irán a la universidad y serán puestos en cajas. Ticky-tacky.
La canción se convirtió en un himno y terminó siendo un eslogan de los años ´60. Malvina llevaba por lo menos medio siglo afilando el lápiz. Hija de inmigrantes, socialistas, y para colmo judíos, entendió desde bien temprano eso de la militancia y la lucha. Ya de pibita soñaba con ser una estrella de cine, pero como era rematadamente tímida, mejor estudiar el bachiller. Su casa estaba siempre llena de gente; se crió entre reuniones y debates políticos.
En la escuela armó su pequeño movimiento de liberación femenina. Y se plantó en la oficina del director con su reclamo de igualdad de género. “Al mediodía, los chicos podían salir del colegio para jugar en las calles y comprar hamburguesas o bebidas. Hice circular una petición para que a las niñas también se les permita salir. La respuesta fue no, que no era apropiado para las mujeres estar en la calle. Entonces pedimos que a los varones también se les restringiera la salida”.

Punto aparte. Y un párrafo para la historia de amor. Con Bud, se conocieron en un baile cuando ella todavía estaba en la escuela. El era guapo, afiliado al PC y siete años mayor. Solían ir al Golden Gate a leerse poemas. Pero no hubo correlato de confites. Malvina quiso seguir estudiando y al final terminó casándose con otro. Años después volvieron a cruzarse. Ella ya estaba divorciada, tenía 34 años y entonces le dijo que sí. Al tiempo nació su única hija, Nancy. No necesitaban nada más.

Buddy fue su gran compañero. El la alentó a dejar la fábrica para dedicarse a la música. Y fue también su inspirador. Algo de razón tenía el viejo. En los 15 años que siguieron, Malvina compuso decenas de canciones que cantaron desde Joan Baez, o el propio Seeger, hasta Víctor Jara. Grabó nueve discos, tres de ellos con canciones para chicos. Y siguió actuando hasta el final. Murió a los 77. Su calendario de conciertos todavía tenía fechas programadas para la reina del folk.

Valeria Sampedro.

viernes, 2 de mayo de 2014

Tamara, la despreciable

Ser conocida a cualquier precio. Tamara de Lempicka, la pintora que usó su cuerpo para llegar a un lugar de privilegio, era arrogante y ambiciosa. Se casó con aristócratas, rechazó la bohemia parisina y desconoció a su hija. Ascenso, promiscuidad y caída de la artista preferida de Madonna.

Puede que esta nota esté plagada de datos inciertos. No hay forma de probarlo. Tamara de Lempicka fue una mentirosa serial, capaz de falsear hasta su propia biografía. Qué importa si nació en Rusia o en Polonia, como ella juraba; si fue en 1898 o en 1902 como insistía en corregir. Como sea, lo que sigue es la semblanza de una mujer despreciable.

Si habláramos de la contrafigura de una telenovela, pensaríamos que los guionistas exageraron con el papel de la villana: fría, ambiciosa, egoísta, manipuladora, promiscua y, encima, mala madre. Por lo demás, una gran artista.

Fue una de las pintoras más importantes del art-decó de los años 20 y sin embargo nadie sabe de ella. Cómo se explica tanta indiferencia. Hay indicios para pensar que pudo haberse tratado de un simple error de estrategia.

La Lempicka irrumpió en la escena pública y enseguida se instaló como una celébrity. Sabía que para abrirse camino en el espinoso mundo del arte –dominado, claro, por hombres-, no iba a alcanzar sólo con el talento. “Es difícil ser mujer en este mundo. Para sobrevivir hay que usar el cuerpo y la sexualidad” decía en voz alta con un descaro que envenenaba al incipiente movimiento feminista, del que –por otro lado- ni pensaba formar parte.

Así fue que tejió una compleja red de contactos, elegidos a dedo según grupo social de pertenencia, cuenta bancaria y empatía, en ese orden. Empezó a frecuentar los círculos más selectos de la aristocracia y la burguesía rica. Se asomó a la bohemia del brazo de Joyce, Cocteau e Isadora Duncan, pero le dio vértigo; mejor afincarse en la pradera nobiliaria. Mientras, pintaba de manera febril. Y de a poco creó un estilo.

Su perfil de artista emancipada y transgresora, en ella no significó conciencia de género. Tamara usó sus encantos físicos para conseguir lo que buscaba. La ironía es que para convertirse en mujer sujeto sintió la necesidad de cosificarse. Ya lo decía Maquiavelo: el fin justifica los medios.

Por muchos Años locos que fueran, Europa se vio escandalizada con este personaje que se declaraba bisexual, participaba de orgías casi públicas y organizaba fiestas despampanantes con cocaína de máxima pureza, alcohol y sirvientes que se paseaban desnudos entre los invitados.

Su primera exposición importante fue en Milán, gracias al patrocinio de un conde amigo. Y no tardó en conquistar el circuito completo de galeristas parisinos.

Autorretrato
La imagen que mejor la describe es la que ella misma pintó en 1925. Sentada al volante de su Bugatti verde esmeralda, moderna, sofisticada y altiva, puro glamour. De casco plata, guantes largos, labios pintados de rojo. Esa es la mujer que ella quería mostrar, independiente y segura de sí, al mando de su vida.

Cuenta la leyenda que Tamara adoraba el lujo; que vivía pendiente de lo que decían de ella; que aunque tuvo un par de maridos y decenas de amantes nunca conoció el amor. Y que fue una pésima madre.

“Mi hija fue mi mayor fracaso… no ha heredado nada de mi” .
Acá viene la parte en que aprovechamos para cuestionar el tan ponderado instinto maternal. Suponer que el sólo hecho de parir hace brotar de una mujer la abnegación, el amor incondicional o el impulso protector, es limitar el apego filial a una cuestión puramente biológica, cuando hasta en el manual Kapelusz de primer grado deberían explicar que en realidad se trata de una construcción cultural, por lo general idealizada.

Está claro que Lempicka no fue una madre dedicada. Quedó embarazada a los 18 años, acababa de casarse y estaba en pleno desarrollo de su arte. Kizette pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en colegios pupilos o en casa de su abuela. Muchos de los amigos de Tamara, incluso, ni sabían que tenía una hija y ella no se encargaba de aclararlo. Hasta llegó a presentarla como su hermana, cuando la nena fue a visitarla a Nueva York, donde la artista se había mudado con su segundo marido que –dicho sea de paso- le otorgó el tan ansiado título de baronesa.

El ocaso de una diva
Apenas poco más de diez años le duró el éxito a Tamara de Lempicka. Tanto esfuerzo por vincularse y pertenecer; tanta energía concentrada en mostrarse como una diva, para terminar penosamente olvidada en cualquier desván.

No fue la moral de los años 40, espantada por tanta frivolidad, lo que la condenó al fracaso. La moral a secas –se sabe-, más allá de las épocas, siempre tiene un lugar para los indeseables con talento. Acaso –como dice Laura Claridge, la biógrafa más rigurosa de Tamara- ...“Si alguna oportunidad tuvo de ganarse una reputación en la primera línea del arte, la perdió al rechazar la bohemia de la orilla izquierda en favor de su círculo de gente rica”.

Y al final, fue Kizette la que se mudó con su madre para cuidarla cuando ya estaba vieja y esclerótica, recluida en México, sola. La que en adelante administró su legado de más de 500 cuadros, llegándole a vender obras a Madonna, Jack Nicholson, Barbra Streisand. Y la que cumplió su último deseo: que sus cenizas fueran arrojadas a un volcán cuando murió (en 1980). A los 85 años. O  a los 82. O quizás hayan sido 78. Vaya uno a saber...


Valeria Sampedro.