martes, 24 de junio de 2014

Cynthia de la Vega, la reina destronada (por gorda)

Es mexicana, tiene 22 años, metro ochenta y en 2010 fue elegida la chica más linda de su país (Nuestra Belleza México), lo que suponía un pase directo a la competencia de Miss Mundo. Pero la organización azteca del concurso decidió quitarle la corona “por incumplimiento de sus obligaciones”. Léase: por gorda! Y mandó a otra representante al mundial de belleza.

-Cynthia ¿es cierto que te descalificaron por exceso de peso?
Así es, ante notario público. Por no haberme sometido a la dieta alimentaria y la rutina de ejercicios que tenía establecida. Creo que este tipo de concursos es sólo para mujeres que puedan aguantar críticas, regaños, desveladas, acciones despectivas, etc.

-¿Cuál era el sobrepeso que horrorizó al Comité de sanciones?
Estaba excedida 6 libras (2.7kg)

-¿No pensaste en ir a la justicia?
La verdad es que sí lo pensé, pero en México saben muy bien manejar los contratos y muchas veces desconocemos ciertos puntos pues lo firmas muy rápido al momento de ganar. Además, lo único que podía obtener si ganaba la demanda era ir al concurso del próximo año, que me devolvieran el auto que me había ganado y que me terminaran de pagar los meses que restaban porque el premio se divide en mensualidades como un trabajo, así que preferí sólo dar a conocer la verdad a la opinión pública.

-Después de esta experiencia, ¿Cambió en algo tu mirada acerca del canon de belleza?
No, sigo creyendo que la belleza es interior y que el parámetro que el mundo tiene de la figura corporal está distorsionado. No todas las mujeres tienen la misma complexión ni anatomía; yo estuve en el mundo de la moda desde los 16 años, estaba segura de mi misma y me encontraba en condiciones para representar a mi país. Lo mío fue una injusticia.

-¿Qué le dirías a una adolescente que sueña con ganar uno de estos concursos?
Que se pregunte para qué quiere ganar y si vale la pena hacerlo habiendo tantas otras cosas que hacen brillar a una mujer y realizarse.

Valeria Sampedro.

lunes, 23 de junio de 2014

Beyoncé, o la feminista reina del pop

Tiene una presencia aplastante y un puñado de canciones que se volvieron himnos feministas (aunque las viejas generaciones de mujeres comprometidas con la lucha por la igualdad de género despotriquen diciendo que la afroamericana representa todo eso contra lo que ellas pelean). 
La mujer más influyente del planeta (según la revista Time, ¡¿no será mucho?!), acaba de estrenar un videoclip que escandalizó al mundo fashion. Que va, al mundo entero. Se trata del tercer corte de su quinto disco “BEYONCE”. El tema es “Pretty Hurts”, o La belleza duele y resulta una crítica descarnada sobre los concursos de belleza. El video no tiene desperdicio. Aquí parte de la canción:

Mamá me decía: eres una chica hermosa
Lo que tengas en la cabeza no importa
Péinate, cepilla tus dientes
Lo que vistas es todo lo que importa
Solo otro escenario más
Esta vez voy a conseguir la corona
La TV dice: “mientras más grande, mejor”
Vogue dice: “mientras más delgada mejor”
Las sonrisas plásticas y la negación te pueden llevar muy lejos
Y llorarás cuando el contrato te señale en la oscuridad
Haz dejado un espejo roto
Y los fragmentos de una hermosa chica
La belleza duele
Es el alma la que necesita una cirugía
La perfección es la enfermedad de una nación


este es el link del video.
https://www.youtube.com/watch?v=AOHzGPvhkPY

sábado, 7 de junio de 2014

Croniquera de la calle.

Hay que empezar desterrando cualquier fantasía que se parezca a un aviso de desodorante, o peor, de toallitas femeninas. Eso de la ducha matinal, un desayuno a las apuradas, ¡taxi!, la falda al viento, chatitas, bandolera, un touch de labial y, anotador en mano, la primicia. Puaj!!
Yo transpiro.

El periodismo tiene más estereotipos que mística. La realidad suele ser demasiado cretina para mi máscara de pestañas smoky extravagant. Y si no, esperá que el termómetro marque 37º de térmica y a tu productor se le ocurra que vayas a “hacer calor”. Si el periodismo fabrica realidades, yo debo admitir que hice el calor con más frecuencia semanal que el amor. Conozco cien tipos que fuman y usan anteojos con marco grueso pero nunca vi a ningún Rodolfo Walsh. Quien diga que cada nota es un reto, miente pensando en el Martín Fierro. Y ya que estamos, laburar en televisión te da canjes pero te adosa un montón de prejuicios ajenos por alguna razón que asocia maquillaje con superficialidad.

“Ustedes no tienen horario, ¿no? Te llaman en cualquier momento y salís corriendo.” “Sos más linda personalmente.” “¿La ropa te la dan o la comprás?” “¿Cómo es Santo?”

Ahora mismo, a cara lavada, descalza y en piyama, disfruto de estar escribiendo. Digan lo que quieran, pero también me puedo ganar el sueldo en medibacha. Y acá estoy pensándome y pensando sobre la necesidad que un día tuve de asumir el compromiso. No, esta línea no debería estar. Suena medio grandilocuente. Lo que quiero decir es que quise tomar partido. Durante años la versatilidad me resultó un mérito –la chica simpática de la temporada en Mar del Plata, cronista imparcial de las movilizaciones a Plaza de Mayo, indignada con el aumento del tomate, comprometida cada 7 de agosto: señora, ¿viene a pedir o agradecer?-, pero de golpe se volvió nociva.

Garabateando en mi cuaderno Gloria apareció una idea, la de una Mujer Sujeto que reaccione al bombardeo de tips, a los consejos para disimular los rollos en la cama y a saber si conviene o no tener sexo en la primera cita. En terapia esto sería catarsis, pero al colectivo feminista le gusta hablar de "empoderamiento". Empecé a escribir para un portal femenino; es decir, machista (je). Mis notas le peleaban protagonismo a las cirugías de las celebrities, al bikini bridge y lo último en cavados para atraer todas las miradas de la playa. Aprendí que si usaba la palabra clítoris, la nota ranqueaba mejor. Y así como los músicos mencionan a Pugliese, a mí me funcionaba mucho poner “Rampolla” y “masturbación”.

Tengo comprobado que causa cierto espanto declararse feminista. Por las dudas, yo digo que lo mío es conciencia de género. Nada de andar quemando repasadores porque cuando volves a tu casa después de nueve horas, tu hijo te pasa la factura y se aferra a la niñera como si fueras una extraña, mientras tu marido, moderno y colaborador, te pide que le alcances algo fresco, que está cansado. Que porfa por esta vez cambies vos los pañales, que él después levanta la mesa y saca la basura. Ojo, que entre mis descubrimientos menos pensados está el de la cocina. Pasé de los fideos con aceite y el medio tomate pudriéndose en la heladera, a la reivindicación más fundamentalista -como buena conversa-, casi militancia de la vuelta de la mujer a las ollas y sartenes. Es más, hoy mis canales favoritos, le confieso Santo, no son ni TN ni Canal 13 sino… Utilísima y Gourmet.

Pero hay días en que el ´empoderamiento` se apodera por completo de mí y no tolero ningún atisbo de machismo. Ni que me cedan el asiento en el subte, guay que intenten cosificarme con un piropo por la calle y ni hablemos de que un idiota al volante me mande a lavar los platos. Esos días, en casa pedimos delivery.
Me acuerdo de un informe que propusimos junto a una compañera del canal hace algunos veranos: “Sin tetas hay paraíso”, donde cuestionábamos el presunto ideal de belleza y proponíamos asumir e imponer el escote chato. La nota  planteaba un desafío doble: concientizar al macho argentino de que el tamaño (el nuestro, claro) no importa y colar la palabra tetas en Telenoche. “Lo que irrita es la exaltación de la imagen. Lamentablemente la mujer sigue siendo objeto” me dijo hace poco la colega Dionisia Fontán, con sumo cuidado para no pincharme el globo de mi reciente militancia. Una pionera Dionisia. Fue la primera en tener una columna dedicada a La Mujer, en la revista Siete Días. Y ya se quejaba porque las periodistas quedaban relegadas a temas femeninos –nada de política o economía-, notas sociales y temas hogareños, cuidado de las plantas, puericultura, asuntos de belleza. Estamos hablando de una época en la que las mujeres –atenti con el dato- firmaban sólo con sus iniciales en los principales diarios, a diferencia de los periodistas hombres que figuraban con nombre y apellido. Años setenta, no 1810.

Cuarenta años después, la temperatura en radio parece ser un dato reservado exclusivamente a las locutoras, junto con la lectura de mensajes de los oyentes (¿por qué no habrá hombres al micrófono que nos hagan las PNT?). Y está lleno de programas de televisión con “secretarias” cuyo único rol es alcanzarle al conductor una bandeja o sostenerles el micrófono, ahí paradas sonriendo, estáticas, como un adorno en la pantalla. Eso sí, entre tanto panelista que opina sobre todo -desde el romance Wanda Nara-Icardi hasta del colapso energético, pasando por lo bien que le quedaron las lolas a Vicky Xipolitakis- se reservan un informe para la mujer golpeada del día. Suena horrendo pero la violencia de género se puso de moda y muchos incorporan el tema como parte del show, banalizándolo por completo. Eso, se llama espectacularización de la noticia. Uy, me enojé y me fui para otro lado…

Pensaba que la nota más osada que hice fue una que cuestionaba esa pátina que lo tiñe todo de rosa en las revistas femeninas. El problema es que había sido  escrita nada menos que para una publicación hecha en letras de molde fucsia, las editoras se sintieron aludidas y decidieron bajarla. Una lástima, la autocrítica me parece siempre el mejor punto de partida. Por eso decía al principio eso de que hay que sacudirse la mística. Esta iba a ser una crónica del día a día de una periodista en su trajín cotidiano de salir a buscar y contar las noticias. No me salió escribir sobre cómo peleo cada nota y que amo lo que hago y que lo sigo eligiendo cada día. Salió esto, una crónica en pantuflas. Ni siquiera una crónica.

Valeria Sampedro.
(publicado en Revista Sophia / marzo 2014)

martes, 3 de junio de 2014

Salvarse a las piñas

Fue víctima y testigo de la violencia doméstica. El boxeo le dio la posibilidad de defenderse. Mónica "la gata" Acosta un día se calzó los guantes y terminó convirtiéndose en campeona del mundo. ¿Cuánto hubo que soportar para llegar a ser la mejor de todas?


Pongamos que fue un cross directo al entrecejo. El pibe aturdido, descolocado que entiende por un segundo que él –el aprendiz de macho golpeador- es el golpeado. Ella que se acaricia el puño, y contiene en una mueca la sonrisa, porque sabe que esta mínima revancha es sólo el comienzo.



Defenderse a las piñas. Golpear para que dejen de golpearte. Poner el cuerpo para acabar con la violencia. Mónica “la gata” Acosta hizo todo eso y descubrió en el boxeo algo más que una trinchera. “Creo que empecé a boxear para devolver con la misma moneda, sí. Al principio, cuando me subía al ring, pensaba en situaciones que me tocó vivir y decía ´vos vas a pagar´. Canalizaba ahí todo mi odio.”
Para ella los hombres eran todos iguales. No había conocido otra cosa. Un padre golpeador. Un cuñado violento. Un novio machista, cobarde, maltratador. “A los 14 años me puse de novia, fue mi primer amor adolescente. Al poquito tiempo empezó la agresividad. El se volvió posesivo, celoso y yo me sentía culpable. No fui al viaje de egresados, dejé de estar con mis amigas. Pensaba que cediendo iba a lograr que él cambiara, pero no. En realidad él iba ganando terreno. Cuando cumplí los 15 me fui de casa y entonces me tomó como si yo fuera de su propiedad; empezó a manejarme completamente. Tenía que pedirle permiso para todo, era un carcelero”.
La cuestión es que un día Mónica se calzó los guantes, y no para lavar los platos. En terapia esto sería sublimación, pero al colectivo feminista le gusta hablar de "empoderamiento". Si cada piña le significó una reparación, cuánto debió haber sufrido esta mujer que muestra dos cinturones de campeona del mundo en la categoría superligero (AMB y CMB), que en el ring es “la gata" y que a los 34 años acumula 52 peleas, 19 de ellas como profesional y está invicta, con 17 ganadas, tres por KO, dos empates. Ni una derrota.
-¿En qué momento se te ocurre que el boxeo puede ser tu manera de salvarte?
En realidad ya llevaba casi seis años de noviazgo, y mucho tiempo de maltrato, cuando empecé a boxear. El me agredía por cualquier cosa, por mi manera de vestirme, de hablar, de peinarme, por mi forma de ser. Me llegó a pegar con el puño cerrado, patadas, tirones de pelo. Según el lugar y el motivo que destara la pelea, era el castigo. Gracias al boxeo pude armar mi propio escudo, plantarme y decir ´vos a mí no me tocás´. Y eso fue liberador.
-¿Qué te hizo decir basta?
Fue durante un impasse en la relación que, por un tema físico mío, arranqué en el gimnasio. Al poco tiempo volví con este pibe, y un día que de nuevo estábamos discutiendo y me agredió, yo le puse una mano en medio de los ojos. El se quedó helado. En ese momento entendí que yo podía defenderme y mi cabeza hizo un click. No pasó mucho hasta que lo dejé definitivamente. Fue la única vez que me pegó en la calle, al punto que casi quedo desvanecida. Cuando salí del trabajo me estaba esperando, había gente delante y no le importó nada. Un policía que vio la paliza me salió de testigo y logré una prohibición de acercarse. Tuve que luchar mucho, incluso contra mis propios impulsos, para no ir a buscarlo… para no volver con él.
-¿Qué pasa con la feminidad de una boxeadora?
A mí me gusta quedar marcada en un guanteo. Me gusta la marca, me apasiona. …….Mi manera avasalladora de ir al frente y aguantar hasta el último round es una característica propia. Pero después me gusta estar bien arreglada, incluso con ropa exuberante. No me siento para nada una machona. Es más, creo que todas nosotras para subirnos al ring nos preparamos, además de físicamente, el peinado, la ropa, y cada detalle estético.
-¿Qué tiene este deporte que logró cambiarte la cabeza?
A mí me permitió salir adelante. El boxeo me brindó el apoyo y la contención que había perdido. Creo que también fue el hecho de soñar que se puede, estando en lo más bajo, llegar a lo más alto. Y saber que dependés de vos, que es con tus fuerzas, con tu valor, eso levanta la autoestima. A mí me costó mucho creer que era posible armar mi propia familia, tener un hogar basado en el amor, donde no haya violencia. Después llego Lautaro (su hijo) y Roberto (Arrieta, campeón sudamericano superpluma)
-Y te fuiste a buscar un marido boxeador…
A Roberto lo conozco en un gimnasio, en un cambio de técnico. A él nunca le gustó el boxeo femenino. Sin embargo, al verme golpeando una bolsa muy dura, me dijo: ´por fin viene una mujer a la que le gusta trabajar en serio´. Me tocó el ego… Era el mejor piropo que podía decirme!


Valeria Sampedro.

lunes, 26 de mayo de 2014

Mutilación Genital Femenina: Extirpar el deseo

Es un método que usan algunas etnias para controlar la sexualidad de sus mujeres. Cada año, dos millones de jovencitas son amputadas: les extirpan el clítoris. En tiempos de reivindicación de los pueblos originarios, ¿cuáles son los límites de la cultura? Nos responde Efua Dorkenoo, la médica que lucha cada día para erradicar esta aberración.

“Tenía siete años cuando fui mutilada. Aquello fue una fiesta, durante un mes me hicieron sentir como una princesa: todo el mundo me regalaba bombones, flores, juguetes. No te lo podrías imaginar... Luego, vino la pesadilla” (Najma Ahmed Abdi, Somalia).

Najma es una de las 130 millones de mujeres en el mundo que hoy podrían contar el mismo horror. Ciento treinta millones de mujeres amputadas: les sacaron el clítoris a modo de “bienvenida” al universo femenino. Aunque parezca mentira, esta práctica tan ancestral como ultramachista sigue vigente en, al menos, 28 países del planeta. Principalmente, en África.

Acaso estemos ante el mayor fracaso del feminismo en su siglo de lucha por la igualdad. Si el clítoris supone el símbolo más contundente de la liberación de la mujer, quien ha logrado apropiarse de su cuerpo, ejercer su sexualidad y buscar el placer sin culpas, la mutilación genital femenina (MGF) es la demostración más brutal de que el patriarcado sigue en las trincheras. ¿O tendremos que hablar directamente de fracaso de la civilización?

Efua Dorkenoo no cree que sea tan así. “Es un mecanismo complejo para controlar la sexualidad femenina en algunas sociedades, lo que refleja sí una desigualdad profunda entre los sexos y constituye una forma extrema de discriminación contra la mujer. En mi experiencia, los extranjeros encuentran esta complejidad difícil de entender, pero no es más que un reflejo de la falta de poder de las mujeres en esas comunidades donde la supervivencia depende de estar casadas y, a su vez, la mutilación está vinculada al casamiento. Incluso las propias víctimas llegan a convertirse en defensoras de la práctica. La mayoría de las madres piensa que están haciendo lo mejor por sus hijas, y que de esa manera evitarán que las niñas sufran más adelante el rechazo social.”

Esta ghanesa oriunda de Cape Coast, de 63 años, es una referente mundial en el tema. Se formó como médica, se especializó en salud pública y desde hace treinta años lucha para erradicar la ablación, hoy, como directora de un programa especial contra MGF desde la organización Equality Now, con sede en Londres. Entrevistarla es meterse en un pasadizo que te lleva a una edad de piedra en pleno siglo XXI, con un registro completamente distinto de lo que entendemos por cultura. El recorrido abarca mucho más que un puñado de pueblitos perdidos en el África profunda, Asia y Oriente Medio. Aunque resulte inverosímil, también en Europa y Estados Unidos se practica la mutilación como ritual de iniciación.

“En la década de 1970 yo estaba haciendo un curso de obstetricia como parte del entrenamiento para ser enfermera, en una maternidad de Sheffield, Inglaterra, cuando una mujer somalí llegó para parir. Había sido sometida a la forma más radical de esta práctica, la infibulación, que es la escisión total de los genitales externos y la sutura de la abertura vaginal. No había espacio suficiente para el parto por vía vaginal. En aquel momento, los médicos británicos no tenían conocimiento de la mutilación femenina. No había protocolos clínicos y no estábamos preparados para un parto así. Al ser la única persona negra en la sala de partos en ese momento, mis colegas me miraron como pidiéndome explicaciones de qué era eso. Algunos pensaron que la mujer había tenido un accidente que le había causado esas cicatrices. Yo sabía que la clitoridectomía era practicada por algunos grupos étnicos de Ghana, pero no tenía ni idea de que existían formas tan radicales de la ablación genital. El dolor innecesario que atravesó esa mujer y la indignidad a la que fue sometida, rodeada de profesionales blancos, que la revisaban de manera insensible, la indagaban y traían equipos de estudiantes de medicina para mirar su vulva mutilada... Todo eso tuvo gran impacto en mí como africana y como mujer. Decidí aprender más sobre el tema y finalmente he dedicado mi vida a esto.”

¿Cómo explica esta práctica? ¿Es por razones culturales, religiosas?
Al igual que otros comportamientos sociales, esto tiene que ver con un sistema de creencias muy variado y complejo. Por un lado está la expectativa de que los hombres se casan sólo con mujeres que han sido sometidas a la ablación; el deseo de un matrimonio, esencial para la seguridad económica y social de esas mujeres, así como para el cumplimiento de los ideales de feminidad, da cuenta de por qué persiste esta costumbre. Muchos la consideran una “buena tradición”, un requisito religioso o un rito necesario de pasaje a la adultez. Otros creen que garantiza la fidelidad de las mujeres, que aumenta el placer sexual masculino o suponen que evita la promiscuidad. También existe el mito de que si no se corta, el clítoris crecerá en forma excesiva. En cuanto a las religiones, se puede encontrar entre cristianos, judíos, musulmanes y también entre seguidores de las creencias indígenas.

En una época en la que se reivindica a los pueblos originarios en el mundo entero y a sus culturas, ¿cómo se hace para tolerar semejante aberración?
Depende de a quién se le esté hablando; en mi experiencia, la gente se pone a la defensiva si siente que la están atacando. Por lo tanto, se requiere un enfoque estratégico y un acercamiento basado en el respeto para hacer frente al problema. Yo empecé en esta lucha en los años 80; en aquellos días el tema era muy controvertido. Quienes suscribían a estas prácticas sostenían que se trataba de un derecho cultural. Y cualquier debate sobre la cuestión era recibido como imperialismo cultural o racismo. Mi primera tarea fue la de establecer vínculos con los indígenas defensores de los derechos humanos en los países que la practicaban, para dar voz a esa lucha a nivel internacional.

¿Y qué pasó desde entonces? ¿Alguna comunidad puso fin a la MGF?
Hubo un cambio radical en la política sobre la mutilación genital desde la década del 80 hasta hoy. Muchos gobiernos han pasado de una posición de negación y política cero sobre el tema, a por lo menos aceptar que se trata de una cuestión de derechos humanos. En 1997, veintidós países africanos se unieron a la Organización Mundial de la Salud para poner en marcha un plan regional de acción para erradicar esta práctica. Y de ellos, actualmente diecisiete ya tienen leyes contra la ablación. Pero una cosa es que se prohíba y otra muy distinta es lograr que se termine definitivamente. Si bien las leyes son importantes, por lo general, no alcanzan para lograr un cambio real en los comportamientos. Hacen falta cambios estructurales y educativos. De acuerdo a las últimas estadísticas sobre MGF, la práctica está disminuyendo en África, pero muy lentamente. Todavía hay grupos étnicos con altísima prevalencia (en países como Sudan, Somalia, Sierra Leona, Guinea o Egipto llega al 90%).

¿La mutilación genital es una forma de esclavitud?
Es importante tener en cuenta que la sexualidad femenina ha sido reprimida de formas variadas, en todas partes del mundo a lo largo de la historia y esto sigue aún hoy. Las esclavas en la antigua Roma tenían uno o más anillos puestos en los labios mayores de la vagina para evitar que quedaran embarazadas. Cinturones de castidad fueron traídos a Europa por los cruzados en el siglo XII. Hasta hace muy poco, la clitoridectomía se realizó como un remedio quirúrgico contra la masturbación en Europa y Estados Unidos y la cirugía genital innecesaria continúa hasta el día de hoy.

¿No cree que las religiones son cómplices silenciosas?


Es una cuestión cultural más que religiosa. La ablación no está mencionada en el Corán y tampoco en la Biblia. Yo diría que tiene más que ver con la forma en que los textos religiosos han sido interpretados por líderes religiosos varones y socialmente conservadores. Además, creo que la práctica prospera en áreas donde las enseñanzas religiosas buscan subrayar el control de la sexualidad de las mujeres.

Valeria Sampedro.

viernes, 23 de mayo de 2014

Aborto: cuando la decisión está tomada

Cada año, medio millón de mujeres aborta en la Argentina. La cuarta parte son menores de edad. En esa franja vulnerable trabaja Sandra Vázquez, médica de la primera consejería creada para dar respuesta a adolescentes con embarazos  no deseados. Cómo es ejercer justo en el límite entre la desesperación y la ilegalidad.


-Si esto es una consejería, ¿podríamos decir que sos una especie de consejera del aborto?
-Ni se te ocurra, hasta la palabra consejería preferimos evitar. Mejor hablar de asesoramiento del antes y el después. A algunos les cuesta entender, pero se trata simplemente de brindar información sobre lo que implica interrumpir un embarazo para que, si ya tomaron la decisión, no corran riesgos con la metodología que vayan a utilizar.
Sandra Vázquez es ginecóloga, tiene 51 años y desde hace 23 trabaja en el Servicio de Adolescencia del Hospital Argerich, el primero que implementó, en 2004, una oficina de atención especial para chicas en situación de aborto. Cada semana llegan hasta ahí de tres a cuatro chicas, que oscilan entre los 10 y los 21 años, quedaron embarazadas y necesitan ayuda.
“Lo que sabemos es que la mujer que está decidida a interrumpir el embarazo, lo va a hacer tenga o no la ley a favor. Nosotros tratamos de respetar la decisión autónoma de la paciente, sea cual fuere, sin juzgarla. Por ejemplo, si viene una adolescente embarazada de 15 semanas, le explicamos que cualquier cosa que haga va a implicar un riesgo para ella, y le hablamos de otras opciones, como puede ser dar en adopción al bebé. Si nos dicen que se van a poner una sonda, les advertimos el peligro que ese método implica. Y cuando llegan con el dato de ‘la medicación’, lo que hacemos es orientarlas para que utilicen la dosis adecuada, y no hagan disparates”.
La ‘medicación’ de la que habla la doctora Vázquez es el misoprostol, una droga indicada para el tratamiento de las úlceras gástricas que sirve también para inducir contracciones uterinas. El uso de esta pastilla como método abortivo se convirtió en una tendencia en los últimos años, sobre todo entre las adolescentes. Tanto, que cambió la incidencia de atención en los hospitales públicos: disminuyeron las infecciones y hemorragias graves por abortos provocados y aumentaron los casos de mujeres que van al hospital para que les completen el proceso iniciado con ese remedio.
“Las redes sociales y el boca a boca difundieron masivamente las propiedades del misoprostol. Es un medicamento que no esta autorizado para uso obstétrico y que nosotros no indicamos, ni tampoco recetamos, pero la realidad es que las mujeres lo consiguen y lo compran. Ante eso, lo que hacemos es brindar información cuando una paciente dice que lo va a utilizar; información científica que figura en las guías de la Organización Mundial de la Salud y la Federación Latinoamericana de Obstetricia.”
No es una muletilla. Sandra Vázquez repite la palabra “información” como un mantra. Insiste, machaca. Para ella hablar es la clave y la información -nunca más valiosa esta redundancia- es el ejercicio necesario para desarticular los tabúes. Hija de padre ginecólogo y madre partera, en su casa nunca el sexo ni el embarazo ni los anticonceptivos ni el aborto fueron malas palabras. “En mi familia se habló siempre abiertamente; hubo muchos abortos y mucha ayuda a mujeres que estaban en situaciones complicadas. Incluso tuve casos muy cercanos, de familiares directos”.
Fue ella, después de investigar la proliferación y el mal uso que se le daba al misoprostol, quien le propuso a las autoridades del Argerich habilitar un servicio para asesorar a adolescentes embarazadas y dispuestas a abortar.

-¿Cómo es trabajar en esa línea tan delgada entre la desesperación y la ilegalidad?
-Uno no puede cerrarle la puerta a una mujer que viene a pedir ayuda. Si lo que ella va a hacer es ilegal, hablar de eso no está fuera de la ley. Nosotros estaríamos haciendo algo ilegal si interviniésemos en el momento de la interrupción del embarazo. Pero toda contención anterior, y todo el tiempo posterior, de controles y de ofrecer alternativas de métodos anticonceptivos para el futuro, no. Este modelo lo copiamos de Uruguay; ellos ofrecen el servicio de asesoramiento a mujeres de cualquier edad, y así lograron bajar la mortalidad a cero.
Ella fue el resquicio. Mientras el debate de fondo se posterga, mientras se preparan protocolos de atención para casos no punibles, mientras el colectivo feminista marcha para que se respete la decisión sobre el propio cuerpo y la Iglesia pone el grito en el cielo, el sistema público de salud encontró la manera de que las mujeres no queden desprotegidas.
“Hay que sensibilizar a los profesionales; de hecho los ginecólogos son los más duros, aunque parezca mentira. En general son ellos los que ponen la barrera cuando una mujer se acerca a pedir ayuda. Nosotros, como médicos, tenemos la obligación de que esa mujer no se muera, no se inyecte, no termine perforada y de que si el día de mañana quiere tener un hijo, esté en condiciones de hacerlo”.
A partir del proyecto del Argerich, otros hospitales de distintas provincias replicaron la idea e implementaron sus propias consejerías. En la misma línea, el Ministerio de Salud de la Nación, a través del 0800 de salud reproductiva, brinda un listado de servicios ‘amigables’; es decir, lugares de atención segura donde poder consultar sin correr el riesgo de ser denunciada.
“Mueren cerca de cien mujeres por año como consecuencia de complicaciones por abortos mal hechos. Acá no pasa por lo que uno piensa en lo personal, sino por una obligación de dar respuesta a nuestros pacientes. Mi función dentro del sistema es intentar reducir la mortalidad materna”.
-Pero vos tendrás tu posición tomada sobre la despenalización…

Yo creo que es un tema que hay que enfrentar y discutir. Si no, es como meter la cabeza debajo de la baldosa. La realidad es que las mujeres abortan. Y que hay que trabajar en una serie de acciones paralelas para disminuir los embarazos no deseados, pero también debemos evitar que corran riesgos aquellas que decidan interrumpirlos. Yo podré estar a favor de la despenalización, y de hecho lo estoy. Eso sí, necesitamos que si se logran las leyes, se cumplan. La educación sexual es ley desde hace seis años y no se está cumpliendo adecuadamente. Hay provincias enteras donde los DIU no se colocan y los anticonceptivos no se entregan si el adolescente no va acompañado de un adulto. Entonces me parece que el cambio que se necesita es más profundo. Despenalizar el aborto no va a cambiar nada si todavía hay médicos que creen que hablar del tema está prohibido.
Valeria Sampedro.


(comparto el trabajo que hicimos para Telenoche sobre el modelo de Consejería que implementó Uruguay antes de la legalización del aborto)

http://www.eltrecetv.com.ar/telenoche/un-plan-para-luchar-contra-la-mortalidad-materna_057715

jueves, 22 de mayo de 2014

Ataque de clítoris: Humor feminista

Referente del humor gráfico y de género, Diana Raznovich aborda sin disimulos temáticas como el aborto, la trata y la violencia doméstica. Dice que la historieta argentina es machista, pero rescata a Quino. ¿Es la que se parece a Maitena? ¡Ni se te ocurra porque se deprime!

¿Más machista que la UOCRA? “Si, el gremio de los humoristas gráficos es muuuuy machista, creeme. Agarrá los diarios y fijate en las contratapas: ¡todos tipos! El tema del maltrato, por ejemplo, ni se toca. Lo tengo muy estudiado, los varones humoristas de eso no hablan! Porque hay un pacto de silencio, de caballeros; como si la violencia de género no existiera”. 
Diana, y sus tacones de punta. “Clemente, por citar uno, es el clásico porteño con dos minas, futbolero, bien arquetípico... Creo que Quino en ese sentido fue el más feminista de todos, porque Mafalda opina, cuestiona, mira con preocupación el mundo. Quino tuvo la valentía de decir: las mujeres piensan. Y fue un éxito, ¿no? O sea que mercado hay. A mí me encantaría hacer una tira diaria a la par de mis colegas hombres porque estoy en condiciones tanto artísticas como ideológicas para estar, pero...”
La escuchas y te dan ganas de ponerte firme, mano al pecho y entonar el himno feminista. Estamos delante de Diana Raznovich, una de las poquísimas historietistas que hoy publica “chistes de género” en nuestro país. Porteña, clase 45, rubia, ojos claros, dientes separados, seria como todo capocómico, trajecito sastre. Si no la tienen es porque tuvo que exiliarse a mediados de los setenta. Se fue a España, dejó atrás una prolífica carrera como autora teatral, y se inventó una vida nueva, allá lejos, sola y triste. Pero dicen que al mal tiempo buena cara. Así fue que apareció su lado más cáustico y empezó tomar forma de viñetas.
“Desde muy chiquita yo tuve esa mirada... Cuando tenía siete años esperaba todos los martes a que llegara una revista que traía mi mamá con las historietas de La Pequeña Lulú y la copiaba entera. Yo quería hacer eso… Mi horizonte siempre fue lo ridículo del mundo, lo veo muy ridículo.”
Usted qué prefiere: abuso sexual o económico?
Subvertir el orden patriarcal, desafiar el discurso sexista y empezar a reírnos a carcajadas del modelo que todavía nos reserva un lugar de minoría en los espacios de poder. Podría resultar pretencioso encarar semejante lucha a través de una tira cómica, pero Diana está convencida de que el humor puede ser el salvoconducto para hacer verdaderamente popular ese debate. “Si el alegato de la igualdad de género viniera a través de la risa podría lograr una trascendencia pública, creo que eso le daría al feminismo un vuelco importante.”

¿Y cómo se hace para hablar de femicidio, discriminación, aborto de manera burlona? “Vos decidís qué ponés. Yo apunto al maltratador, no me interesa la mina golpeada. Yo no veo la escena de violencia, lo que busco es derrumbar al tipo. Ridiculizarlo a él. Y si la mujer logra reírse, ya empieza a tenerle menos miedo”.

Con domicilio aquí y allá, durante el gobierno socialista de Zapatero, Diana trabajó para una campaña contra la explotación sexual. Cuatro millones de posavasos con sus dibujos repartidos en bares y puticlubs de toda España, y unos meses después –cuenta orgullosa- “la estadística marcaba que había bajado el consumo de trata”. Paralelamente, hacía exposiciones con la temática de maltrato y sus trabajos se publicaban en Alemania, Francia y Estados Unidos.

He luchado tanto para hacer lo que me gusta que he llegado a creer que lo que me gusta es luchar tanto
Si a esta altura se están preguntando cómo todavía no hablamos de su parecido con Maitena, acá viene esa parte. “¿Te dicen así: ‘se parece a Maitena’? ¿Es muy generalizado eso?” nos consulta, con una mueca que mezcla perplejidad y desconsuelo. ¿Acaso se está deprimiendo delante de una extraña?
“Mirá, no sé si me parezco, la verdad es que no la tengo muy... pero puede ser que coincidamos, aunque creo que ella tiene un pensamiento muy diferente al mío. Un tipo de humor distinto… Qué sé yo, creo que hay lugar para todas”. 
No es cuestión de sembrar antipatías, peeeero. Si una se pone rigurosa y analiza el discurso “globológico” de una y otra, al margen de cierto parecido en los trazos, la cuestión puede ponerse áspera. Para empezar, distanciemos el humor “femenino” del humor “feminista”. No son sinónimos.
En un rincón, “Mujeres Alteradas”; en el otro, “Mujeres Pluscuamperfectas”. Y suena la campana. Mientras las chicas Maitena debaten sobre depilación, dietas, cirugías y orgasmos –al mejor estilo Sex&The City-, las criaturitas de Raznovich arremeten cínicas y descaradas contra la más simiesca misoginia social.
En 1999, la tira de Maitena empezó a salir en la edición dominical de El País de España. ¿Y Diana? “¿Sabés las veces que intenté entrar a El País? Me decían, ‘esto no es para nosotros’, ‘es muy feminista’, ‘no tenemos un público para tu feminismo’ Eso es censura”.
Ahora llaman maltrato a una escenita de celos con un par de ostias bien dadas
¿Cuáles son las concesiones que han debido hacer aquellas que lograron sobrevivir en tierra de Patoruzú, Isidoro Cañones o las minitas Altuna?
Seguir el rastro de las mujeres en la historieta argentina remite a los años 30. Niní Marshall fue de las primeras en colarse en ese mundo pensado y hecho por y para hombres, junto a María Esther del Grosso y Sara Conti, pero bajo seudónimos!. Ya en los 50, Martha Barnes, Cecilia Palacio (hija de don Lino). Más acá, una Blanca Cotta preculinaria, cuyo modo de escapar al destino de ama de casa fue hacer una tira cómica, aunque fuera con recetas de cocina para la revista Anteojito. Hay más: Alicia Durán (caricaturista política en Radiolandia), Petisuí (secretos de mujer), Nelly Hoijman (el humor tiene cara de mujer), o la ácida Stella de Lorenzo. Hasta llegar a Patricia Breccia y con ella –incluso a pesar suyo- el inicio de la historieta feminista.
Que una mujer salga a hacer visible su burla, es muchísimo más transgresor a que lo haga un hombre, concluye Diana. “Yo creo que no se quiere legitimar la mirada de género como un discurso público. Mientras se mantenga en una minoría de académicas e intelectuales no representa ningún peligro, pero si el ama de casa o la mujer en general empieza a naturalizar eso, más de uno va a estar en problemas. Y a través del humor puede ocurrir”.
Parece estar todo dicho. Sin embargo… (unos días después)
“Me ha sorprendido lo que me dijiste de que me ven influida por Maitena, es la primera vez que me lo dicen (sí me dijeron al revés, en España, que ella se parecía a mí). Pero empecé mucho antes que ella, yo ya hacía esos dibujos a fines de los ´80, con las mismas caritas y gestos que hago ahora, aunque entonces trabajaba en blanco y negro. Así que creo que Maitena sin darse cuenta debe haberse visto influida por mí.
Siento que la gente se haya olvidado de mis 5 años en el periódico Tiempo Argentino; una página todos los jueves en el suplemento Mujer, que empecé a publicar cuando volvió la democracia. Pero son los costes de vivir afuera, el exilio. Ahora tengo la oportunidad de que me conozcan más aquí (arrancó el año pasado en la contratapa de Clarín). Mi objetivo, ahora, es la Argentina.”


Valeria Sampedro