miércoles, 22 de febrero de 2017

Peligro, niño en vacaciones (y yo que no puedo con todo!)

Advertencia a las lectoras: Si a lo largo de esta columna aparecen frases sin terminar, ideas repetidas o inconexas, sepan comprender que mientras tecleo hay un niño entre mis piernas. No, no estoy pariendo. O sí: estoy pariendo las vacaciones de mi hijo sin colonia. 

Menos mal que tengo sólo un pibe, empleada y departamento con amenities. Sin embargo, son las seis de la tarde, la niñera acaba de salir corriendo con la puntualidad de un maestro relojero y Julián me mira fijo a ver cuándo mamá larga la compu y se digna a jugar con él. Pero mami, que en sus ratos libres es periodista, tiene que entregar esta columna y necesita ponerse a escribir. Dale Juli, entretenete un ratito solo ¡porfi!

Entre frase y frase ya jugamos a las escondidas, lo puse a dibujar a toda la familia, fuimos a dar una vuelta en bici, sacó la masa, los bloques, los autitos, los bolos; hicimos lucha de superhéroes, me desafió al veo-veo, le atajé penales en el living. Y ahora qué hacemos, pregunta con ojos brillantes de ansiedad.

&/()=TYL$K”WIS#OEK”I~O$%RTLF9dsufjslkñ Es él, de nuevo acá. Andá a regarme las plantitas, ya voy.

La diversión rentada incluía pileta, juegos, merienda, un deporte con pelota por día pero costaba 6 mil quinientos pesos el medio turno ¡por mes! y nos pareció oportuno dejar a nuestro hijo experimentar el aburrimiento. Habíamos leído varios artículos sobre los beneficios del ocio en vacaciones, de cómo saturamos a los pibes de actividades que los estresan en lugar de dejarlos atravesar el hastío, que de ahí nace la creatividad, se estimula la imaginación y no sé cuántas otras pavadas que afirman desde sus escritorios estos especialistas de la vida ajena que, me la juego, no tienen niños. Yo no sé ustedes, pero el mío pasa diez minutos sin hacer nada y empieza a dar vueltas por el living, mira sus juguetes con desgano y se desploma en el sillón agotado de pereza. Acá la única que se quema el bocho pensando mil formas de entretenimiento soy yo. Eso sí que es creatividad. Si fuera por él, a sus cinco años viviría absorto frente a una pantalla: de la tele a la tablet, de ahí al celu y vuelta a ver dibujitos (Ya que estamos: hay alguna chance de que lo creadores de Peppa Pig estrenen nuevos capítulos?! Podría recitar de memoria los guiones de las últimas cuatro temporadas).

Cri, cri…
Llevo cinco minutos sin escucharlo. Estoy entre la preocupación de qué estará haciendo y el tipeo frenético, tratando de ganar tiempo, de avanzar con mi columna –la editora ya me mandó un wathsap con el ultimátum, si no le llega el material en media hora cierra sin mí-. De pronto veo por el rabillo del ojo al pequeño punguista sacar sigilosamente mi teléfono de la cartera. La droga capaz de calmarlo está ya en sus manos. Y una, ciertamente progre, tan afecta a los juguetes de madera ecológicos, didácticos, igualitarios; una que hasta ahora intentaba resistir el embate alienante de las consolas de juegos, se da por vencida, exhausta después de haberlo intentado todo. La verdad, no sé cómo han hecho mis amigas para lograr que sus hijos se pasen una tarde leyendo a Julio Berne (¿será cierto?), mi Julián llora cada vez que un paquetito trae un libro de regalo y no hace más que pedir La Play cuando le toca pensar un deseo. Creo que ha llegado el momento de terminar con esta pretensión absurda de negar la realidad virtual. En cuanto entregue esta nota pienso ir hasta la casa de electrodomésticos a comprar un poco de felicidad para mi hijo. Y algo de paz para mí.



Valeria Sampedro.
Nota publicada en la revista ParaTi el 10/2/17

sábado, 24 de diciembre de 2016

El acosador, ¡acosado!

En el último mes, dos compañeros de trabajo se me acercaron desconcertados a contar sus anécdotas de presunto acoso. El primero de ellos, inofensivo piropeador serial, estaba de guardia periodística en Comodoro Py cuando vio pasar a una treintañera de andar sinuoso y le dijo con su voz más cautivante “qué linda estas”. Jura que tragó saliva cuando la vio volver sobre sus pasos. La rubia se bajó los lentes oscuros a mitad de la nariz, lo miró directo a los ojos y le dijo: Esto es acoso, te voy a meter una denuncia. Algo similar describió otro colega que vino con genuina preocupación a que le explique cuál es la palabra, el gesto o la circunstancia en el cortejo casual callejero –nunca consensuado entre las partes- que lo puede volver un depravado; y recordó la tarde, no hace mucho, en que una piba le gritó ¡Ni Una Menos! por toda respuesta al “Se te cayó un pétalo”. 

Vaya postal de época en tiempos de revolución feminista: el acosador, acosado. Puesto sobre las cuerdas ante el más mínimo intento de dominación. Convengamos que el varón capaz de seguir diciendo semejante cursilería casi que se merece la denuncia, más por anticuado que por machista, pero aquí venimos a hablar de otra cuestión.

Guarda con la burocracia del piropo. Entre el empoderamiento y la sobreactuación pueden votarte una ley. Es lo que acaba de hacer la Legislatura porteña con la incorporación del acoso sexual como figura punible en el Código Contravencional. Una especie de nomenclador de hostigamientos que establece penas para todo. Allí donde no se configuraba un delito penal claro, ahora aparece la contravención como alternativa de castigo, con multas que van de 200 hasta 1000 pesos y trabajo comunitario para el machito que venga a pasarse de vivo. ¿A partir de qué clase de grosería ya puedo denunciar? ¿Habrá acarreo de acosadores a algún playón de la ciudad? ¿Sabrá el tarado que me apoyó en el subte la semana pasada que me está debiendo mil mangos? ¿En qué quedó lo de los vagones rosas? Aquel proyecto fue otra muestra demagógica de exaltación feminista, amontonarnos a las mujeres en furgones diferenciados con la excusa de protegernos. Como esa iniciativa no prosperó, arremetieron con la cacería de sátiros. 
Cuántas de ustedes se imaginan haciendo uso de la contravención sexual. A que ninguna se ve una mañana llamando a la oficina “Chicas, avisen que llego un poco más tarde, un tipo me dijo de todo en la parada del colectivo y me vine a la fiscalía a denunciarlo”. Por lo menos yo, no quiero perder mi tiempo llenando formularios e intentando probar que un tipo se me acercó más de la cuenta, o que su pretendido halago me resultó asqueroso, ni tengo ganas de andar convocando testigos por la calle para mensurar si lo que dijo el operario aquel que me haría es o no una contravención, todo para que armen un expediente y dos años después le digan al señor que vaya a cortar el pasto a Plaza Francia.

No comparto que la persecución del piropo sea un primer paso. Si hay una cultura del hostigamiento, no se va a erradicar mandando a hacer trabajo comunitario a los varones. Educarlos, puede ser una mejor opción. Qué tal si hacemos una escuela para machos.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en revista ParaTi, el 23/12/16

martes, 8 de noviembre de 2016

El marketing del feminismo

Friditas por todos lados. Muñecas, almohadones, carteritas, macetas, fundas de celular. La nueva ola feminista tiene ya su versión marketinera con Frida Kahlo a la cabeza como ícono de lucha y ofrece merchandising para todas y todas: fondos de pantalla, botones, billeteras, mates, posavasos, ¡hasta zapatillas! Su imagen se multiplica estampada en un catálogo infinito de clishés. No voy a permitir que el fenómeno comercial banalice mis convicciones, pero debo confesar que esas chucherías, las tengo casi TODAS.

¿En qué momento me convertí en una militante fashion? Me lo pregunto con auténtica curiosidad y cierto enojo. No es que la zapoteca no tenga mérito. Una mujer atravesada por la tragedia; cuerpo frágil, mente brillante, rebelde, desprejuiciada. Encima artista, bisexual y fea. Fui devota de Frida incluso antes de volverme feminista, mucho antes de ensayar dejarme el bigote. Devoré su biografía, estuve en la casa de Coyoacán cuando a los veinte me fui de mochilera a recorrer México, me volví fan de sus cuadros, pinté mi habitación de ese azul soñado. Pero un buen día, hace poco, de golpe me vi rodeada por la industria feminoide. Imanes, agendas, latitas, espejos. Ver a Frida, a mi Frida convertida en Che Guevara me dio pena, pena por las que no entendimos nada.

Una se compra encantada la taza ´We can do it!´ y hasta se pone a ensayar el corte de manga frente al espejo -todo tal cual, camisa azul arremangada, vincha roja, la firmeza del puño cerrado-. El desafío es cuánto más allá de la selfie somos capaces de llevar la pose aguerrida. Con la militancia convertida en objeto de consumo, el compromiso se juega en las remeras como máxima expresión de poner el cuerpo.

Una remera que diga.

Yo elijo cómo me visto y con quien me desvisto

Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar

Disculpen las molestias, nos están matando

En tren de iconografiar la lucha podes encontrar banderas, musculosas, prendedores #Niunamenos (lo último es el café NUM que ofrece el bar Varela-Varelita con el dibujo hecho espuma a tope del pocillo); pañuelos verdes de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito; avatares de mujeres maravilla, chicas superpoderosas, blancanieves con pasamontaña. Acaso exista un marketing del empoderamiento, es probable. Sumale a eso que la era tuiter propicia la liviandad del decir-repudiar-opinar-escrachar-militar desde un teléfono. La resistencia en un click. Pero se sabe también que las redes hoy son capaces de mover el mundo y sacar una multitud a la calle, a pesar de los trolls. 

De vez en cuando pasa. Las consignas de las remeras se vuelven grito, los pañuelos verdes logran sacar a una piba de la cárcel, la pilcha se tiñe de negro convertida en uniforme de luto y las chicas superpoderosas se encarnan en un ejército de mujeres capaces de parar el país por un rato. Para que nos vean, para que nos escuchen, para que nos presten atención. Estoy segura de que esas también son las friditas que supimos conseguir.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en la Revista ParaTi (4/11/16)

lunes, 31 de octubre de 2016

Feminismo Gonzo: mi temporada libre de violencia estética

La primavera acecha con sus primeros calores y pone bajo la lupa toda mi construcción ideológica contra la cultura patriarcal que nos quiere flacas, magras y en lo posible ¡depiladas! Una se propone resistir, con determinación y hasta con altanería, pero lo que nadie sabe es que cuando llegas a tu casa corres al espejo más grande de la habitación a chequear qué tan fláccida te dejó la convicción de no someterte al mandato.

Venía madurando la idea: los centros de estética empiezan su trabajo fino en septiembre, justo a tiempo para llegar al verano sin estrías. Promociones de tratamiento intensivo, financiado en 12 cuotas y volver a empezar, cada año un poco más viejas, un poco más afuera de la gran feria de las que están buenas, diría mi gurú Virginie Despentes. 

¿En qué momento ingresé el mailing de las esclavas de la apariencia?

Decidida a frenar esta tendencia disfrazada de vanguardia que busca convertirnos en “Its Girls” -cien años de lucha por la emancipación para que ahora vengan a decirnos que está de moda ser chicas-COSA?!- me propuse una temporada libre de violencia estética: ningún método invasivo que pretenda alterar mi bella naturalidad: no peluquería, no gimnasio, no cremas antiarrugas, no manicura, NO depilación. Una especie de feminismo gonzo para desafiarme a ver qué tan lejos soy capaz de llegar. Sólo conservé la sana costumbre del push-up. Por lo demás, había conseguido mantener la moral intacta; el andar liviano de quien logra despojarse del afuera, enorme gesto si se tiene en cuenta que quien escribe esta columna trabaja en televisión y sabe que parte del oficio es ser mirada. Aprendí a pasear el bigote castaño claro sin complejos, una pelusa que no le hace justicia a Frida aunque intenta homenajearla (en tiempos HD un pelo en el bozo resulta una auténtica provocación, puede costarte el Martín Fierro); la panza rolliza, los muslos abstinentes de centella asiática. Copa de malbec, quesito, aceitunas y sobredosis de series. Al cabo de unos días una empieza a comprender que lo importante es subdérmico. Claro que no es lo mismo militar esta causa en invierno, con el pantalón de gimnasia convertido en segunda piel. En ese sentido el frío puede volverse un aliado de la causa. Sin embargo.

Con el termómetro por encima de los 20 grados la mirada de los otros reaparece implacable para examinar los estragos de esta militancia antiestética... y yo con las axilas en flor. Parada frente al espejo en plena encrucijada: ¿Estoy dispuesta a montar otra vez la maldita cinta que sólo conduce a la frustración de quemar 75 calorías (hace media hora que estoy trotando y sólo bajé una manzana!)? Cuánto falta para quedar tendida en una camilla con las piernas abiertas de par en par, entregada al flagelo tentador de la cera negra. 

Ni moral, ni moraleja. Mi experimento no merece ser entregado a cambio de un piropo, por supuesto que no. Lo cual no implica una pequeña licencia estacional, que me permita andar en bikini por la playa este verano, en un gesto de elegancia y conciencia social.



Valeria Sampedro.
Nota publicada en el blog "Damiselas en Apuros" 30/10/16
http://damiselasenapuros.blogspot.com.ar/

sábado, 23 de julio de 2016

Mi vida como doméstica

La emancipación tiene una pena. Un castigo, me refiero, que no figura en el Código Civil y que –dicho sea de paso- de civilidad no tiene nada. La mentira más grande que nos regaló el feminismo (llamémosla utopía) es la presunta igualdad entre varones y mujeres. Ese grito de guerra que nos fortalece en las trincheras (WeCanDoIt!) puede convertirse también en una trampa agobiante. Creernos capaces de hacerlo todo, el lado oscuro del empoderamiento.

Es cierto que las minas hemos ganado terreno en el ámbito laboral, salimos a demostrarle al mundo que somos capaces de casi todo: jugar al fútbol, arreglar cueritos, diseñar edificios, manejar un taxi, ser jefas además de secretarias. Ponemos el cuerpo, metiendo horas y fuerza de trabajo a la maquinaria capitalista, pero cuando se termina la jornada y te sacas el maquillaje, no te esperan las pantuflas ni el control remoto sino las hornallas, ansiosas de que por fin conviertas ese departamento frío en un hogar. Porque esa casa en la que no estás sola, sino que compartís con otros seres humanos, entre ellos tu marido, mantiene con vos una relación de enfermiza dependencia. La organización completa de la familia tambalea el día que no estás. Compras, comida, tarea escolar, trámites, ropa sucia, todo tuyo. Ahí sí nos regalan el cargo de JEFA. Jefas del hogar. Amas de la casa. Domésticas, bah.

En este punto conviene aclarar que quien suscribe tiene una empleada-niñera-señora-que-ayuda-en-casa. Y aunque resulta un verdadero alivio, no alcanza. Mi lista de asuntos pendientes excede largamente las 8hs. remuneradas de Ángela. Y además, a mí ese laburo no me lo paga nadie.

Años de terapia y la culpa intacta. Militar la igualdad, tuitear con furia antipatriarcal y tener que plantar la bandera feminista en el umbral de casa. En el palier. Para dejar las bolsas del súper en el piso, buscar la llave y entrar al departamento a las corridas. Son las siete de la tarde, acabo de pasar por el chino y todavía ni sé qué voy a cocinar esta noche. Mi hijo reclama su baño de inmersión, abro la ducha, me seco las manos mientras descongelo unos churrascos y me agendo que mañana tengo turno con el ginecólogo. Mi día arrancó hace 14 horas, la siesta te la debo, es jueves y a este ritmo no estoy segura de llegar viva al fin de semana.

¿Dónde está escrito que soy la responsable si se acaba el detergente? ¿En qué manual se detalla que el cuaderno de comunicaciones lo revisa mami? ¿El reglamento de copropiedad dice expresamente que la mujer es la que paga las expensas? La farsa esa de Juntos a la par sólo aplica a los primeros años de pareja, mientras dura el enamoramiento. Después, a matarse a ver quién lava los platos. Y si tenemos la suerte o el mérito de haber elegido un compañero voluntarioso, nos rendiremos a sus pies al primer “te” saco la basura y sentiremos que de algo sirvió la lucha.

El tema es que la nuestra es una emancipación negociada. Lo entendí el otro día cuando, en un arrebato de entusiasmo decido ir al teatro con amigas. Me sobrepongo al cansancio, tacos, jean, una blusa y labios color carmín. Diosa. En casa queda mi marido que, por hoy, hará de niñero. “Todo bien amor, diviértanse. ¿Qué nos dejaste de comer?”.

Lluvia de chanes. Cruzo el umbral, la bandera violeta aún flamea sus principios de igualdad en el palier. De golpe me siento empoderada: “No dejé nada mi vida, no puedo con todo”.
I CAN`T DO IT!

Valeria Sampedro
(Nota publicada en la revista ParaTi el 22/7).

viernes, 24 de junio de 2016

La carta de "Belén".

Hola a todas las mujeres luchadoras y a toda la gente que me acompaña en este momento. 
Quiero expresarles mi agradecimiento por hacer que mi lucha sea de todas ustedes. Gracias por defenderme, por hacer que mi voz y mi verdad se escuche.
Yo estuve callada durante dos años. No me animaba a hablar. Tenía miedo. Me habían dicho que me darían perpetua. Me condenaron solo por dichos, por ser humilde, por ir al hospital, por no tener plata para ir a una clínica y pagar una buena defensa. 
Desde el 21 de marzo de 2014 que no vuelvo a mi casa, que no veo a mi familia, me privaron de muchas cosas. Solo quería que me ayudaran y terminé presa, rodeada de policías y dedos acusadores. Dos años y tres meses lejos de mi casa, me arrebataron mi vida!
¿Nadie se preguntó cómo me sentía yo esa noche? Me acusaban y me preguntaban si yo me había hecho un aborto. A mi mamá también la trataron mal. A nadie le importé yo. Es una ignorante, no sabe nada dijeron seguro y me condenaron junto con la policía. Después también me condenó la justicia aunque yo les dije que no hice nada, que no maté a nadie. Yo ni sabía que estaba embarazada. Lloro por la injusticia que vivo. Pero estoy tranquila, se que habrá justicia para mi ahora estoy mas fuerte, más tranquila.
Jamás le hice daño a nadie, jamás robé, jamás maté, no consumo drogas. Soy una mujer que toda su vida trabajó. Siempre hice las cosas que debía hacer.
Estoy eternamente agradecida con todos los que me están ayudando a que mi voz se escuche. Desde este lugar les mando mis abrazos y mis saludos. Me da mucha alegría que no estoy sola.
Gracias y mil gracias para todas las mujeres. Luchemos entre todas y que se nos escuche para que no haya más mujeres presas por aborto. Ahora su lucha también es mi lucha.

Saludos y mis afectos para ustedes “Belén”

--

Belén tiene 27 años y está presa desde hace mas de dos años por un aborto espontáneo.
Llegó al hospital Avellaneda de Tucumán con dolores abdominales y salió de allí detenida, acusada de homicidio agravado por el vínculo (acusada de haberse provocado un aborto). En lugar de asistirla, fueron los propios médicos los que la denunciaron. Y le plantaron un feto encontrado en el baño del hospital asegurando que se trataba de su bebé, aunque jamás se ordenó una prueba de ADN. Jamás la escucharon. En abril de este año un tribunal la condenó a 8 años de cárcel.
Somos muchas las que desde distintos espacios nos movilizamos para reclamar su libertad.
El domingo 19/6 hablamos del caso "Belén" en el programa que hacemos con Marcela Ojeda en radio nacional (Mujeres..¡de acá!). Hablamos con Soledad Deza, su abogada quien nos gestionó la palabra de Belén desde prisión. Esa es la carta que nos escribió.

domingo, 5 de junio de 2016

#ArgentinaCuentaLaViolenciaMachista

Porque necesitamos dimensionar el problema de la violencia machista en nuestro país.
Porque no hay estadísticas oficiales.
Porque no sabemos cuántas, aunque suponemos que somos muchas las que sufrimos algún tipo de violencia.
Porque la encuesta es anónima y se completa fácil.
Porque lo difícil es enfrentarnos y remover esa violencia que en su momento negamos o teníamos naturalizada.
Porque ninguna violencia ejercida hacia una mujer es natural.
Porque dijimos #BastaDeFemicidios y ahora vamos por más.
Porque ya no nos callamos.
Porque queremos hablar, decir, gritar.
CONTÁ LA VIOLENCIA MACHISTA.

Tomate diez minutos y completá la encuesta. Entre todas vamos armar el Mapa de la Violencia.


#NiUnaMenos