domingo, 27 de mayo de 2018

I. Mejor ni el café


Nadie nunca imaginó que pudieran terminar siendo amantes. Ni ellos mismos. De hecho no llegaron a serlo, aunque estuvieron a un paso. La cita había sido pautada con anticipación: el próximo viernes, acordaron. Por la tarde. Aún no estaba definido el lugar, ni si tomarían café, helado o cerveza. Ella le advirtió, la cerveza me desinhibe, no sé si podrás soportarlo. El retrucó, por qué no.

Se conocían desde hacía años, aunque apenas sabían el uno del otro. De hecho se gustaban, pero era una empatía más bien estética despojada de tensión sexual. Así que aquella mañana en que por casualidad coincidieron en un bar y ella le contó que su matrimonio se venía a pique, él lo lamentó sinceramente y cuando la conversación se adentró por los oscuros senderos de las relaciones él  terminó por confesar que no estaba enamorado de su mujer. 

Pasaron meses hasta que empezaron a buscarse. Tan tímidamente que ninguno recuerda quien fue primero. De los corazones y likes pasaron al chat privado y enseguida al teléfono. Pronto sumaron horas de conversación; sobre sueños, obsesiones, historias familiares, intercambio de canciones, chismes de gente que conocían en común. A la semana ella tenía un nudo en la boca del estómago y demasiados problemas como para jugar a la adolescente que vive pegada al celular pendiente de que le escriba el chico que le gusta. Él se empeñaba en ser adorable y algo más cauto. Por fin una tarde se animó, si querés nos vemos. Tres minutos después ella respondió: Si, quiero.

Ella imaginó mil escenas posibles. Todas terminaban con un beso. Él, nadie sabe bien qué habrá pensado, o temido, porque unas horas antes del encuentro le avisó que había surgido un trámite. Que mejor ni el café.



Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

domingo, 25 de febrero de 2018

#Aborto. De números, subregistros y mujeres muertas invisibilizadas.

LOS NÚMEROS DEL ABORTO

500.000. La cifra aparece recurrente cada vez que se habla de aborto. En Argentina, medio millón de mujeres (muchas de ellas adolescentes, a veces niñas) interrumpen su embarazo cada año en la clandestinidad. ¿De dónde salen esos datos? ¿En qué estadística figuran? No las busquen en los organismos oficiales, porque no las hay.
“La comunidad científica internacional dice que por cada aborto que se interna, en los países donde el aborto está penalizado, existen diez más que se han hecho pero que no se complicaron. En la Argentina tenemos alrededor de 60.000 internaciones en hospitales públicos por abortos inseguros, sólo hay que hacer el cálculo”. El que habla es Mario Sebastiani, médico obstetra con 40 años de profesión y 11 mil partos en su haber. “En mis primeras prácticas, en el Hospital Larcade, de San Miguel, vi morir mujeres por abortos inseguros. Recorrí el país y te puedo asegurar que aún hoy, a pesar de que se ha extendido el uso del misoprostol para abortar, todavía se recurre, en la desesperación, a la aguja de tejer, el tallo de perejil o la pastilla de permangarato, que provoca una úlcera vaginal terrible” agrega Sebastiani.
Según la Dirección de Estadísticas dependiente del Ministerio de Salud, en 2016 -último relevo disponible- murieron 245 mujeres gestantes; en 43 de esos casos figura directamente “aborto” como causal del fallecimeinto. Entonces ¿podemos decir que las 202 restantes murieron por otras causas? De ninguna manera dirá el dr. Sebastiani, “la estadística se basa en las actas de defunción, que firman los médicos. Muchas veces las instituciones trampean, con buen criterio esos certificados omitiendo la palabra aborto para no criminalizar el caso. Para entender la realidad hay que ver el desagregado del cuadro, las mujeres que llegan a los hospitales producto de un aborto inseguro también mueren por sepsis, hemorragias o falla multiorgánica. Eso es lo que llamamos subregistro, el propio ministerio reconoce que los tiene. Sumados, confirman que el aborto es la principal causa de muerte materna en nuestro país”.
La Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito aporta más datos. 6000 mujeres muertas por abortos inseguros desde la vuelta de la democracia hasta hoy, contabilizan. Ya presentaron seis veces el proyecto de ley para despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo sin suerte de que siquiera llegue al recinto para el debate. La semana que viene van a insistir, por séptima vez.

Valeria Sampedro.
Nota publicada en la web de TN (25/2/18)

https://tn.com.ar/sociedad/los-numeros-del-aborto-cifras-que-alarman_853154

miércoles, 31 de enero de 2018

Che, Malena

Che Malena, mi marido NO es un acosador. Ese tipo al que acusas con nombre y apellido desde la incitación a enojarse de tu columna en Las12 es, entre otras cosas, el padre de mi hijo. El dato no implica una defensa corporativa en términos familiares eh, pero me obliga a salir a decirte públicamente que lo que están afirmando es una bruta equivocación. Me parece irresponsable y peligroso decir cualquier cosa desde la impunidad del millón de seguidores, con la bandera feminista hecha camiseta tribunera. Es, además, contraproducente justo cuando estamos peleando para que se le crea a la mujer que denuncia.
Por lo demás, enojate hermana (tenés razones de sobra): puede molestarte que Firpo titule su nota con tu apellido como sinónimo del feminómetro que mide cuándo y contra quienes indignarse, o aquella referencia a tu “feminismo panfletario”; yo misma le dije de todo la vez que habló de la mujer como estantería. Pero ¿ACOSADOR? no es.
Sembrar la sospecha de que un tipo es acosador, o violento, o misógino, o golpeador para hacerlo mierda es absolutamente funcional a quienes piden pruebas cada vez que una mujer se atreve a contar la violencia de la que fue víctima.
Y una cosa más, Malena. Ojo con la furia feminista. En ocasiones puede llevarte a ser más patriarcal que el macho que intentas denunciar. Araceli González una imbécil, Julieta Pink empática con la pija, Sandra Borghi una burra, Dalia Gutmann una pelotuda de mierda. Tu rabia tuitera ya un par de veces coqueteó con agarrársela conmigo también en el intento cegador del escrache. Pero pongamos que descubriste (en mi marido) al mismísimo jefe del patriarcado izando todas juntas las banderas de la misoginia más desagradable sobre su falo. Lo tenés ahí, a tiro para desenmascararlo y lo único que se te ocurre es una denuncia falsa de acoso y señalar que está casado con una de las fundadoras del NiUnaMenos.
#Sororidad. A veces se malinterpreta el término. No quiere decir que debamos ser amigas. Se trata de una “dimensión ética, política y práctica del feminismo” como dijo Marcela Lagarde. Una búsqueda de relaciones positivas, una alianza con otras mujeres por una lucha que es común. En esa lucha, para mí, no vale todo. Y te repito: mi marido NO es un acosador.

Valeria Sampedro.
31 de enero de 2018.

sábado, 13 de enero de 2018

Postales veraniegas de los otros (modo #antiselfie)

Lo que sigue es un ejercicio de observación; un hastío del modo #Selfie que se propone volver a mirar a los otros (aunque esa postal nos devuelva más alienación). Colección caprichosa de instantáneas veraniegas tomadas cualquier tarde en una playa junto al mar (la, la, la, la). Gente común eh, ya hay demasiadas crónicas veraniegas sobre celebrities, trajes de baño y celulitis.

1.Tres jubiladas comparten almuerzo tardío en el parador de la playa y la conversación trivial de si es lomo o cerdo, porque yo pedí lomo y si no me trajeron lomo tienen que cobrarme el precio del carré, que seguro es más barato, a ver nene traeme la carta. Deben ser amiga de hace años, viejas colegas o compañeras de estudio; probablemente alguna quedó viuda o simplemente se tomaron licencia de sus familias. Ahora una de ellas recarga su copa de vino blanco, recoge unas miguitas del mantel de papel y se las lleva a la boca, mientras otra revisa el celular y le muestra una foto. La que terminó primero de comer corre su silla y se reclina al sol con los ojos cerrados.

2. Treintipico musculoso, tatuado, color caramelo. Cabellera corta, rapada a los lados, barba de tres días, ojos ni idea porque lentes oscuros todo el rato. Camisa blanca arremangada, bermuda de gabardina, mocasines en la mano. Es un expatriado esteño (o puede que sea un aspirante); en cualquier caso aquí está, altivo y circunspecto, sentado sobre una roca a metros de playa Bristol.

3. Matrimonio nido vacío. Solos los dos, reposera, sombrilla, mate, heladerita. Crucigrama. Ya consumieron sus sanguchitos de matambre (él dos, ella uno). En este momento ella corta un durazno sobre el repasador y le pasa a él su ración. Luego guardarán todo en la canasta y se quedarán el resto de la tarde contemplando el mar. En silencio; el silencio relajado de quien está en confianza y no necesita llenar el espacio de palabras.

4. Familia en estado vacacional. Le estás tirando arena a la señora Fernando! Tomy vení que te pongo protector, quiero hacer pis, ¡barquillos, a 30 pesos los barquillos!, mami me comprás un helado, pedile a tu papá, Laura no trajiste mis ojotas, queseyó Fer, fijate adentro de esa bolsa donde tiré la yerba a ver si están, Franchu me empujó, che dejan de pelearse, él me desarmó mi castillo, bueno ahora haces otro, ¡miren! acá, Tomy no saques la lengua, Fer podés dejar un minuto el celular, sonrían. ¡click!

ValeriaSampedro.
Mar del Plata, enero 2018.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Mi amante, Twitter

Solía creer que si no había sexo de por medio no contaba como infidelidad. Cuánto podía interferir en mi relación de pareja el coqueteo virtual con un avatar, o dos. Así arrancó todo. Un poco por curiosidad, tal vez otro poco para alimentar la autoestima (me habían dicho que era tan fácil como abrirse una cuenta, inventar unas cuantas frases ingeniosas y empezar a cosechar corazones).
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En seguida comprendí la dinámica tuitera: mechar comentarios deliberadamente insignificantes con declaraciones de principios; militar causas justas y compartir comidas, tragos; cafés con dibujitos en la espuma, fotos de gatitos. Y a los que critican, insultan o descalifican, se los bloquea. No molestaba a nadie con mi experimento millenial y pronto conseguí una tribuna siempre dispuesta para la ovación. Mis endorfinas agradecidas.

De a poco fui intensificando mi participación. Me aprendí todos los tics. En mi flamante círculo de contactos aparecieron un par de sujetos que me llamaron la atención, encantadores, simpáticos, inteligentes y progresistas –quien puede resistirse. La omisión de sus perfiles sólo abonaba mis fantasías del morocho perfecto, ni se me ocurría imaginar a esos tipos con mujer e hijos, tuiteando a escondidas desde el baño o en el subte y con olor a chivo. Hubo un flirteo inicial aunque no llegué a intimar con ninguno (quiero decir, nunca nos mandamos un DM), pero adquirimos el hábito de arrobarnos al menos una vez al día  y alcanzamos un nivel de confianza que logró perturbarme. Algunas noches compartíamos la cena mientras hacíamos zapping online. Llegue a sentir que tenía a esa gente sentada en mi living.
Un bocado, un tuit. Un pensamiento, un tuit. La más mínima anécdota, un tuit.  Dicen que hay gente que vive sólo para contarlo en tuiter; que se pone la alarma del reloj para tuitear en los horarios “pico” y se dedica a chequear el minuto a minuto de su popularidad tras cada posteo. La espiral de fascinación se parece bastante al onanismo. ¡Largá el celularrrrrrr!
Creo que en un momento me asusté. Empecé a asquearme de tanto exhibicionismo. Cuál es la necesidad de estar contando cada cosa que se me pasa por la cabeza o, peor, de pensar cómo contar con gracia que mi pelo está indomable por culpa del frizz, que leí tal libro, que estoy indignada con el aumento de tarifas, que se me pegaron los fideos, que pisé una baldosa floja con mis zapatos nuevos o que como ayer me acosté temprano soy mi abuela.
Llevé el tema a terapia cuando descubrí que mi marido me stalkeaba. La aventura había dejado de ser inofensiva. Su único reproche fue por qué había compartido en las redes y no con él que nuestra banda favorita acababa de sacar una nueva canción. Fue una gran escena de celos la suya. Me sentí expuesta y avergonzada. Igual le hice un escándalo, negué todo y lo acusé de invadir mi “privacidad”. Qué tupé indignarme ¿no?

Valeria Sampedro.
Nota publicada en revista ParaTi (22/9/17)

domingo, 6 de agosto de 2017

El nido lleno

Mucho se ha escrito sobre el momento en que los chicos crecen y se van, la casa queda grande y ese par de viejos conocidos se reencuentra, vuelven a mirarse, a reconocerse –o desconocerse por completo-. Temores, ausencias, el abismo que supone el tiempo libre, el mismísimo paso del tiempo, bah.
Pero qué tal si hablamos un rato del nido lleno. Del desorden permanente, los juguetes desparramos en cada maldito rincón; el griterío, televisores prendidos, saqueos a la heladera, migas en la cama, peleas por el baño, el living convertido en estadio de fútbol. Puedo seguir eh... De pronto una intenta comprender en qué momento aquel nidito de amor se convirtió en un nido de caranchos, lleno de pibes con olor a pata y asume que todavía falta mucho ¡pero muuucho! para el famoso nido vacío. 
La metamorfosis es lenta, aunque implacable. Ahí donde solía quedar tirado mi babydoll, a los pies del sofá, una noche apareció un babycall para imponer el coitus interruptus como nueva práctica amatoria. Quién puede concentrarse en obtener un orgasmo mientras el crío llora desquiciado al otro lado del aparatito, te acordás que no enjuagaste el sacaleche y el más grande pide auxilio porque no puede conectar la Play.

El pasaje de pareja a familia puede resultar durísimo; demanda tiempo, energía y entregar todos tus espacios: mi rincón de velitas aromáticas hoy lo ocupa un aro de básquet, el cazador de sueños del balcón hubo que sacarlo para amurar un tender. La guitarra de mil noches desveladas, improvisando canciones entre las sábanas, transmutó en un parlante de computadora que oscila entre el sapo pepe y piki-piki como alienante banda de sonido de la casa. El único intercambio epistolar que conservo con mi marido se reduce a notitas pegadas en el corcho de la cocina y un chat repleto de tareas domésticas y recordatorios. Cómo no tener la libido hecha pedazos. Sumale los ronquidos, la remera apolillada que él usa para dormir, mi bombacha con pelotitas de tan gastada, la tele a la hora de la cena, la remisería 24hs en que nos convertimos cada fin de semana. ¿Sigo? El último gesto de sensualidad que recuerdo es rozar con la yema de los dedos su espalda… hasta encontrar y reventarle un granito. 
Bienvenidas al nido lleno.
Es así. No esperen guiños de comedia romántica en esta columna (obsérvese que ni una vez se ha escrito aquí la frase hacer el amor). La realidad suele ser bastante más dramática de lo que suponen esas encuestas que hablan de un promedio de 103 encuentros sexuales al año como frecuencia “aceptable”, lo que implicaría hacerlo ¡¡dos veces por semana!! -no se dan una idea de la cantidad de cosas que puedo resolver en esos 15 minutos. ¿A quién fue a preguntarle esta gente? Seguro que no a parejas con pibes en edad escolar. Puedo asegurar que el dato no tiene ningún rigor científico pero, ya que estamos, hablemos de lo fabulador que suele ser el argentino, más cuando se trata de sexo. Así que basta de hipocresías que sólo sirven para sembrar discordia en el matrimonio y correr detrás de una estadística coital. Lástima, no me quedó espacio para escribir sobre el deseo. En definitiva, quién se acuerda de eso ya..

Valeria Sampedro.
Nota publicada en la Revista ParaTi (5/8/17)

jueves, 25 de mayo de 2017

Carta de una viuda indigna (mi mamá)

“Su trámite ha sido resuelto desfavorablemente”. Con esa frase, la ANSES sentenció que esta viuda indigna no merece una pensión. Mi nombre es Irene, tengo 72 años y en julio de 2016 perdí a mi compañero de los últimos 35 años. Con Hugo nos conocimos en el 83, ambos estábamos separados de relaciones anteriores y el divorcio vincular era por entonces una utopía. Inauguramos la experiencia de familia ensamblada sin papeles ni rótulos, aunque él ejerció de segundo papá de mis nenas, de marido y de sostén. Después el nido quedó vacío, nosotros seguimos juntos, nos mudamos, nos jubilamos, la vida. El año pasado él se enfermó. Fueron meses durísimos, nueve internaciones, noches desveladas en el hospital, la lucha por un tratamiento ambulatorio y asimilar que estaba llegando el final. Una semana antes de morirse me propuso casamiento, no era un arrebato de romanticismo, o sí: quería asegurarme una pensión.

Llevo OCHO meses de gestiones y unos 1250 pesos gastados en taxi (ando con bastón y no puedo viajar de otra manera hasta la oficina de Anses que tramita mi expediente); presenté boletas de servicios certificando mismo domicilio, las credenciales de PAMI donde figuramos con idéntica dirección, comprobantes de un plazo fijo compartido, la epicrisis de su última estadía en el hospital. Aporté dos testigos que acreditaron el vínculo y –atención con el dato- les hicieron llenar una planilla donde debían decir, bajo declaración jurada, quién había sido responsable de la ruptura matrimonial del finado, intentando descartar que la tal Irene no hubiera sido “culpable” de su divorcio. Nada alcanzó. El último llamado de Anses fue para pedirme más pruebas. Pero ya no tenía más documentación que aportar y tampoco ganas de seguir mendigando. Pensé en las fotos, en las tres cajas de zapatos atestadas de pruebas: Hugo con las nenas, montones de cumpleaños, nosotros más gordos, más flacos, más viejos..

Esta tarde mi hija revisó la web de ANSES y el trámite figuraba ya finalizado. Resolución NO positiva. RECHAZADA LA PENSION. ARCHIVADO EL TRAMITE.


Mi vieja se llama Irene Julia García DNI 4937299