sábado, 26 de enero de 2019

XXXVII. Ella, él, ella


Era él o ella? No logró distinguir, estaba un poco oscuro y tanta gente, así que decidió acercarse. Le llamó la atención en cuanto entró, el perfil acodado en la barra, pelo corto, nariz recta, mandíbula marcada, varón. Pero la tersura de esa piel y una sonrisa de labios finos, expandida hacia los costados, muy de ella. Estaba en mangas de camisa, los brazos delgados y firmes, dedos de pianista sosteniendo un vaso de.. 
Foto: IG @raichijk_daniel
-Qué tomas?
Quien preguntó fue el mozo y él-ella giró la cabeza de inmediato. Se vieron.
Entiéndase, no se miraron, se vieron. Se quedaron colgados del hilo de la mirada, sin pestañear. Ella, él-ella.
El mozo trajo otra cerveza, aunque nadie le había pedido nada. Y después trajo otra, y otra, y unas cuantas más.
Para entonces, a nadie le importaba develar la incógnita. Sólo importaba no romper el encanto.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

jueves, 24 de enero de 2019

XXXVI. Su vida sin ella


Era angustiante verlo. Un espanto esta época de publicar la existencia en una red social. Y ella sin poder parar de stalkear. ¿Se lo hacía a propósito?! Qué necesidad, después de haberla dejado, de compartir cada minuto de su agenda. ¿De verdad andaba tan animado? Porque ella la estaba pasando para el orto! 
Foto: IG @raichijk_daniel
No toleraba ser espectadora de una vida que, hasta hace nada, había sido la suya también. El pomelo en ayunas, el rayo de luz que se colaba por la hendija de la persiana, el mate de cuero que habían comprado en Uruguay. Todo ventilado y con filtros de renovada felicidad. Querido, ¡esos son mis trapos también!
Qué patético su budita nuevo en la biblioteca. Si había aprendido de ella, con ella, los ejercicios básicos de yoga. Atrevido.
Cada vez que el redondelito de su foto en IG se ponía en rojo a ella le agarraba taquicardia. Pero no podía evitar mirar. Asistió a la renovación de su vestuario, al corte de pelo, al hábito de la copa de tinto por las noches bajo la luz naranja de la lámpara que ella le había regalado para su cumpleaños; supo que fue al recital de Nick Cave.
Hasta que un domingo subió una stori con ella, con otra ella a la que abrazaba con la sonrisa feliz que ella (nuestra ella) conocía de memoria, porque adoraba esa sonrisa de dientes torcidos que invariablemente venía seguida de un beso.

Valeria Samedro.
#microhistoriasdeamor


miércoles, 19 de diciembre de 2018

XXXI. Vieja bruja


Acordaron no seguir avanzando. Si daban un paso más podían echarlo todo a perder. Iba a ser un lío y, además, ninguno de los dos estaba dispuesto a romper nada, justo ahora que la vida iba a velocidad crucero. Sabían que la felicidad es un rato y después volver a la rutina. Ni se atrevieron a mencionar la secreta fantasía de mandar todo al carajo.

Foto: IG @raichijk_daniel
Era un poco grotesco verlos allí sentados, uno frente al otro, dos teóricos analizando una aventura que no debía pasar a mayores, organizando la argumentación de por qué convenía poner allí mismo el punto final. Todo tan estratégico y bienintencionado. Pero temblaban; era un ligero temblor que emanaba ternura y no se quitaban la mirada de encima. Estaban aterrados, ya arrepentidos antes de darse el abrazo final, que duró una eternidad.

La señora observó toda la escena a una distancia algo imprudente, tan acostumbrada a ser invisible para los demás. No había podido evitar detenerse delante de ellos y quedárselos mirando, un poco incrédula ante tanta estupidez. Qué ganas de decirles a esos dos que basta, que se quieran de una vez. Que la vida en general no da tiempo para organizar todo tan decorosamente. Pero mirá si le iban a hacer caso a esta vieja pordiosera.

Valeria Sampedro
#microhistoriasdeamor

domingo, 16 de diciembre de 2018

XIX. Comer solo


Detestaba ese momento del día. En general era la cena la que lo encontraba parado frente a la mesada de la cocina devorando un revuelto de mil ingredientes y sabor indefinible, o una hamburguesa, o directamente unas fetas de fiambre con pan del chino. Cuando sentía culpa de tal desorden alimentario se preparaba una milanesa de soja. El resto de las veces, pedía delivery. Esas noches comía frente al televisor, sentado a la mesita ratona.
Foto:  IG raichijk_daniel
La ceremonia duraba nada, tanto como tardaba en masticar, deglutir y llevarse inmediatamente otro tenedor a la boca. Con suerte 10 minutos; cuantos menos platos sucios, mejor. Pensar las horas que habían pasado discutiendo (con ella) sobre a quién le tocaba lavar.
Ahora, en cambio, reinaba el silencio. Pero llevaba su soledad con arrogancia. No iba a caer en la farsa del celular. Jamás sería del montón de comensales que sacan fotos al plato de comida ¿para compartir con quién? ¿para demostrar qué?
Cuánto mejor ser un misántropo, que un idiota que publicita su (in)felicidad.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

domingo, 9 de diciembre de 2018

XXV. Big bang


Se cruzaron por única vez en aquel aeropuerto desbordado y sellaron un pacto sin palabras. Si iba a ser un amor al paso, mejor no saber nada del otro.
El temporal había obligado a cancelar todos los vuelos. En medio del gentío ellos dos se tocaron sin querer; y sintieron una descarga.
Foto: IG @raichijk_daniel
Difícil resistir la alienación del cuerpo cuando queda sacudido por otra piel. Las valijas estaban ya despachadas, no tenían nada que perder.
Terminaron desnudos y exhaustos en una cama alquilada al costado de la ruta, que le facturarían después a la aerolínea. No debía quedar rastro alguno de aquel big bang.
Volvieron al aeropuerto en silencio. Un poco perplejos por el compás perfecto que había alcanzado el encuentro anónimo. Cómo podía él saber los tiempos, la manera en que a ella le gustaba que la acariciaran. Cómo ella adivinó que él se desarmaba de placer cuando lo besaban justo ahí. Y lo rica que era. Y lo bien que él se movía.
Se despidieron con un beso en la mejilla y fueron arrastrados por el mar de gente que unas horas antes los había encontrado. Ni los nombres llegaron a decirse.


Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

lunes, 12 de noviembre de 2018

XXX. El espejo interior


Había sido una noche difícil; larga y desvelada. Una noche de esas en que replanteas tu mundo de inconsistencias, en que quedas al desnudo, tan ridículo y desamparado.
Estaba solo. Bueno, tenía su millón de amigos virtuales, su departamento con vista al río, su whisky onderocs, sus sában
Foto: IG: @raichijk_daniel

as de seda, su agenda de compañías aleatorias. Pero estaba solo en el más triste sentido de la ausencia.

De pronto lo supo y no pudo contener el llanto. Lloraba a mares, como un chico, con un desconsuelo irremediable. En qué momento se había vuelto tan estúpido.
Intentó sobreponerse, limpiarse la cara, aclarar la garganta y no pudo evitar volver al celular, a chequear los likes de su felicidad prefabricada. Pero la pantalla salpicada de lágrimas le devolvió un efecto refractario de su estupidez y pensó: son esos, los pedazos rotos de mi espejo interior.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

lunes, 5 de noviembre de 2018

XXIX. Fin del idilio


La verdad es que ella tenía ganas de comer pizza, no sushi, a la salida del cine. Ya la elección de la película había supuesto una concesión cuando le mintió que daba igual ver la de Alex de la Iglesia en lugar de la comedia italiana. El registro de aquel ínfimo cortocircuito le generó un frunce en el ceño. Nada importante. Todo se acomodó después y una vez en casa cogieron divinamente.
Foto: IG @raichijk_daniel
Cuando se despertó, como a las 9, le dieron ganas de ir a tomar mate al balcón. El la abrazó en un movimiento que era habitual y un poco automático pegándose por completo a su espalda, quedate acá conmigo, suplicó, le acarició el pelo como a ella le gustaba, con la yema de los dedos por el cuero cabelludo desde la nuca.
Ella se dio media vuelta, le dio un beso en la boca que le resultó pastoso y se deslizó suave por las sábanas hasta salir de la cama.
Mientras ponía la pava observó el desastre del living, un cenicero con puchos, el control remoto debajo de la mesa, papelitos de caramelos por todos lados. Por qué era tan desordenado.
Se puso a leer al sol. No lo esperó para el mate, total cuando por fin se levantara podría renovarlo y tomarían juntos otra ronda. Qué ganas de volver a desayunar con pomelo y tostadas. Hoy compro, pensó.
Advirtió la secuencia de pequeñas rebeldías a esa rutina de dos y entendió lo que estaba pasando: volvía a registrar su deseo. El suyo individual, fuera de la simbiosis.
No era el fin del amor, podía significar justo el principio.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor