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viernes, 22 de septiembre de 2017

Mi amante, Twitter

Solía creer que si no había sexo de por medio no contaba como infidelidad. Cuánto podía interferir en mi relación de pareja el coqueteo virtual con un avatar, o dos. Así arrancó todo. Un poco por curiosidad, tal vez otro poco para alimentar la autoestima (me habían dicho que era tan fácil como abrirse una cuenta, inventar unas cuantas frases ingeniosas y empezar a cosechar corazones).
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En seguida comprendí la dinámica tuitera: mechar comentarios deliberadamente insignificantes con declaraciones de principios; militar causas justas y compartir comidas, tragos; cafés con dibujitos en la espuma, fotos de gatitos. Y a los que critican, insultan o descalifican, se los bloquea. No molestaba a nadie con mi experimento millenial y pronto conseguí una tribuna siempre dispuesta para la ovación. Mis endorfinas agradecidas.

De a poco fui intensificando mi participación. Me aprendí todos los tics. En mi flamante círculo de contactos aparecieron un par de sujetos que me llamaron la atención, encantadores, simpáticos, inteligentes y progresistas –quien puede resistirse. La omisión de sus perfiles sólo abonaba mis fantasías del morocho perfecto, ni se me ocurría imaginar a esos tipos con mujer e hijos, tuiteando a escondidas desde el baño o en el subte y con olor a chivo. Hubo un flirteo inicial aunque no llegué a intimar con ninguno (quiero decir, nunca nos mandamos un DM), pero adquirimos el hábito de arrobarnos al menos una vez al día  y alcanzamos un nivel de confianza que logró perturbarme. Algunas noches compartíamos la cena mientras hacíamos zapping online. Llegue a sentir que tenía a esa gente sentada en mi living.
Un bocado, un tuit. Un pensamiento, un tuit. La más mínima anécdota, un tuit.  Dicen que hay gente que vive sólo para contarlo en tuiter; que se pone la alarma del reloj para tuitear en los horarios “pico” y se dedica a chequear el minuto a minuto de su popularidad tras cada posteo. La espiral de fascinación se parece bastante al onanismo. ¡Largá el celularrrrrrr!
Creo que en un momento me asusté. Empecé a asquearme de tanto exhibicionismo. Cuál es la necesidad de estar contando cada cosa que se me pasa por la cabeza o, peor, de pensar cómo contar con gracia que mi pelo está indomable por culpa del frizz, que leí tal libro, que estoy indignada con el aumento de tarifas, que se me pegaron los fideos, que pisé una baldosa floja con mis zapatos nuevos o que como ayer me acosté temprano soy mi abuela.
Llevé el tema a terapia cuando descubrí que mi marido me stalkeaba. La aventura había dejado de ser inofensiva. Su único reproche fue por qué había compartido en las redes y no con él que nuestra banda favorita acababa de sacar una nueva canción. Fue una gran escena de celos la suya. Me sentí expuesta y avergonzada. Igual le hice un escándalo, negué todo y lo acusé de invadir mi “privacidad”. Qué tupé indignarme ¿no?

Valeria Sampedro.
Nota publicada en revista ParaTi (22/9/17)

domingo, 6 de agosto de 2017

El nido lleno

Mucho se ha escrito sobre el momento en que los chicos crecen y se van, la casa queda grande y ese par de viejos conocidos se reencuentra, vuelven a mirarse, a reconocerse –o desconocerse por completo-. Temores, ausencias, el abismo que supone el tiempo libre, el mismísimo paso del tiempo, bah.
Pero qué tal si hablamos un rato del nido lleno. Del desorden permanente, los juguetes desparramos en cada maldito rincón; el griterío, televisores prendidos, saqueos a la heladera, migas en la cama, peleas por el baño, el living convertido en estadio de fútbol. Puedo seguir eh... De pronto una intenta comprender en qué momento aquel nidito de amor se convirtió en un nido de caranchos, lleno de pibes con olor a pata y asume que todavía falta mucho ¡pero muuucho! para el famoso nido vacío. 
La metamorfosis es lenta, aunque implacable. Ahí donde solía quedar tirado mi babydoll, a los pies del sofá, una noche apareció un babycall para imponer el coitus interruptus como nueva práctica amatoria. Quién puede concentrarse en obtener un orgasmo mientras el crío llora desquiciado al otro lado del aparatito, te acordás que no enjuagaste el sacaleche y el más grande pide auxilio porque no puede conectar la Play.

El pasaje de pareja a familia puede resultar durísimo; demanda tiempo, energía y entregar todos tus espacios: mi rincón de velitas aromáticas hoy lo ocupa un aro de básquet, el cazador de sueños del balcón hubo que sacarlo para amurar un tender. La guitarra de mil noches desveladas, improvisando canciones entre las sábanas, transmutó en un parlante de computadora que oscila entre el sapo pepe y piki-piki como alienante banda de sonido de la casa. El único intercambio epistolar que conservo con mi marido se reduce a notitas pegadas en el corcho de la cocina y un chat repleto de tareas domésticas y recordatorios. Cómo no tener la libido hecha pedazos. Sumale los ronquidos, la remera apolillada que él usa para dormir, mi bombacha con pelotitas de tan gastada, la tele a la hora de la cena, la remisería 24hs en que nos convertimos cada fin de semana. ¿Sigo? El último gesto de sensualidad que recuerdo es rozar con la yema de los dedos su espalda… hasta encontrar y reventarle un granito. 
Bienvenidas al nido lleno.
Es así. No esperen guiños de comedia romántica en esta columna (obsérvese que ni una vez se ha escrito aquí la frase hacer el amor). La realidad suele ser bastante más dramática de lo que suponen esas encuestas que hablan de un promedio de 103 encuentros sexuales al año como frecuencia “aceptable”, lo que implicaría hacerlo ¡¡dos veces por semana!! -no se dan una idea de la cantidad de cosas que puedo resolver en esos 15 minutos. ¿A quién fue a preguntarle esta gente? Seguro que no a parejas con pibes en edad escolar. Puedo asegurar que el dato no tiene ningún rigor científico pero, ya que estamos, hablemos de lo fabulador que suele ser el argentino, más cuando se trata de sexo. Así que basta de hipocresías que sólo sirven para sembrar discordia en el matrimonio y correr detrás de una estadística coital. Lástima, no me quedó espacio para escribir sobre el deseo. En definitiva, quién se acuerda de eso ya..

Valeria Sampedro.
Nota publicada en la Revista ParaTi (5/8/17)

sábado, 20 de mayo de 2017

La cultura del "permitido"

Inauguré la temporada otoño-invierno con un atracón de bombas de crema  y dulce de leche. Me las merecía. Todavía relamiéndome y con mueca de satisfacción pensé en el alivio que supone para muchas mujeres –incluso las que no tenemos problemas de sobrepeso- la llegada de una estación que justifique el consumo calórico y me dije: esto es material para la columna.

El frío –se sabe- nos concede una tregua estética; nada como sucumbir ante un buen plato de lentejas con panceta y chorizo colorado, cuyas grasas saturadas podremos disimular con cualquier abrigo de estos que se usan ahora color mostaza o bordó, sin acordarnos siquiera dónde dejamos abandonado el pase del gimnasio. Quién te ha visto, meter panza aguantando la respiración al borde de la apnea en vacaciones; y quién te ve ahora, pasearte displicente con el primer botón del jean desabrochado, escondido bajo la ruana. Podría seguir describiendo mil delicias de chocolate y edredones, pachorra y vino malbec, pero acabo de tener un ataque de culpa. No culpa de desorden alimentario eh, sino culpa feminista. Por haber caído en la trampa burda del “permitido”. Nada más humillante (y funcional) que creerse empoderada por comer una bola de fraile sin remordimientos.

Alivio. Culpa. Calorías. Sobrepeso. Permitido. La Real Academia debería erradicar del diccionario estas malas palabras. Y el movimiento de mujeres expulsarme por tibia a la hora de militar la causa contra los mandatos estéticos.

¿Qué clase de discurso estás comprando? -es Martita, mi enana feminazi la que llega para dar su sermón. No ves la trama de complicidades detrás de tu obediencia indebida. El frío no es un aliado sino partícipe necesario del complot, secuaz de la primavera-verano que llegará para devolvernos cada uno de nuestros complejos. Patriarcado mueve los hilos al ritmo del termómetro y el centímetro; decide en qué momento darnos un respiro, te consuela con un postre y después nos obliga a ajustar más y más el cinturón hasta lograr que volvamos a estar buenas: Aprovechá ahora, mamita, date un gusto, si te pasaste todo enero a yogur y ensalada; ya habrá tiempo de ponerse las pilas  y convertir esa flaccidez en un muslo pasible de piropos. Todo el sistema trabaja para el enemigo ¿no te das cuenta? La balanza le hace el juego a la góndola de embutidos. La propaganda de la flacura mitiga el enojo con desfiles televisados de mujeres reales, una vez al año. La bicicleta fija, otro ejemplo. Vino a renovarse en ese invento llamado spinning para quemar las porquerías que hayas consumido durante tu lapsus de autonomía otoñal. Todo predeterminado y vos creyéndote outsider por espaciar el depilado. Madurá.

¿Entonces? Entonces cortala. Ni alivio, ni culpa. Si vas a librar una batalla contra el machismo primero tratá tu síndrome de Estocolmo que te hace sentir libre por comer unas bolas de crema y dulce de leche en pleno invierno, cosa de poder esconder los rollos después. Que te quede claro, nadie va a marcarnos la agenda de lucha y mucho menos pretender imponernos un calendario calórico. Con nosotras, NO.

Gracias Martita, ahora sí me siento empalagada. Digo, empoderada.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en Revista ParaTi (19/5/17)


lunes, 27 de marzo de 2017

El Club de las EX

No se cómo pasó. Ni qué fue primero, si la empatía o la curiosidad. Pero un domingo hace poco, un domingo de esos en los que te la pasas tirada en el sillón, chocolate, zapping, siesta, de pronto me encontré chateando con una ex. Mejor dicho, una ex de mi ex.
Nos conocíamos apenas de las redes, sabíamos la una de la otra, manteníamos una distancia higiénica, favearnos de vez en cuando, una vez me había contactado por laburo y no mucho más, pero esa tarde de domingo nuestro chat ardió. Ni se les ocurra delirar una historia erótica. Lo más cerca que estuvimos de eso fue haber compartido el mismo sommier en distintos momentos de la vida.

-Hola! Gracias por escuchar el material. Fueron días intensos, me separé”
-… (ni se me ocurrió decirle que ya estaba enterada porque la había stalkeado recientemente)
-me tomé vacaciones y estoy tratando de descansar. No quiere verme, ni me habla. Viste cómo es él...

A veces la sororidad puede volverse una trampa. (Sororidad: del latín Sor, nada que ver con la religión sino con la idea de mujeres hermanadas bajo una misma causa, pongamos la lucha antipatriarcal). Ese mandato solidario supone un pacto que nos pone a salvo, sabemos que ahí donde otros ven una rival, nosotras tenemos una aliada.

Una hora y media estuvimos. Nos contamos TODO. Hablamos del departamento que compartimos (con él), del barrio, de nuestros hijos (el de ella y el mío), de música y hasta de la señora que iba a cocinar(nos) cada quince días. Me confesó que al principio estaba muerta de celos conmigo. Hablamos de laburo, de feminismo, de las miserias del mundillo y casi terminó invitándome a un concierto que –seguro- me iba a encantar porque “al final somos re parecidas” sentenció. Debo decir que un poco me incomodó ese guiño de “sabes de qué te estoy hablando”, esa repentina intimidad que a veces se da con un desconocido y nos deja un poco perplejas y otro poco fascinadas. Le hubiera dicho ´ay no, ni idea, conmigo él era distinto, además ya me olvidé de esa historia´ pero lo cierto es que podía entender perfectamente qué me estaba diciendo. Quién mejor que yo para comprenderla, si había estado ahí. Creo que en otras circunstancias hasta podríamos habernos hecho amigas. Pero aliarme con la mujer que acaba de divorciarse de mi último ex me pareció un demasiado, así que suspendimos el café.

Después me quedé pensando en la cantidad de veces que dilapidé mi sororidad con cualquiera y sentí un poco de culpa. He estado en cumpleaños donde la agasajada había sido amante de mi entonces pareja, ellos a los abrazos y yo, regalito en mano, sobreactuando encanto a sabiendas de esa amistad licenciosa que por supuesto todos en la fiesta conocían. Otra vez me tocó entrevistar a una actriz, mujer de un galán con el que había experimentado hacía tiempo una desventura sexual. Le sonreí todo el rato mientras pensaba que las dos sabíamos que ese novio suyo tenía el pito corto.

Por supuesto que hay excepciones y si vas a hacerte amiga, que sea con la ex de tu actual. Llegué a comprarle la parte de un auto que era bien ganancial, hemos compartido fiestas escolares, campeonatitos de fútbol, ronda de mate en plan familia ensamblada y cada tanto hasta nos cuida al nene para que podamos salir con mi marido, cuando nos falla la niñera.

Creo que a esta altura ya podríamos armar un club. El Club de las Ex. ¿La sororidad no era esto?


Valeria Sampedro.
Nota publicada en Revista ParaTi el 25/3/17

miércoles, 22 de febrero de 2017

Peligro, niño en vacaciones (y yo que no puedo con todo!)

Advertencia a las lectoras: Si a lo largo de esta columna aparecen frases sin terminar, ideas repetidas o inconexas, sepan comprender que mientras tecleo hay un niño entre mis piernas. No, no estoy pariendo. O sí: estoy pariendo las vacaciones de mi hijo sin colonia. 

Menos mal que tengo sólo un pibe, empleada y departamento con amenities. Sin embargo, son las seis de la tarde, la niñera acaba de salir corriendo con la puntualidad de un maestro relojero y Julián me mira fijo a ver cuándo mamá larga la compu y se digna a jugar con él. Pero mami, que en sus ratos libres es periodista, tiene que entregar esta columna y necesita ponerse a escribir. Dale Juli, entretenete un ratito solo ¡porfi!

Entre frase y frase ya jugamos a las escondidas, lo puse a dibujar a toda la familia, fuimos a dar una vuelta en bici, sacó la masa, los bloques, los autitos, los bolos; hicimos lucha de superhéroes, me desafió al veo-veo, le atajé penales en el living. Y ahora qué hacemos, pregunta con ojos brillantes de ansiedad.

&/()=TYL$K”WIS#OEK”I~O$%RTLF9dsufjslkñ Es él, de nuevo acá. Andá a regarme las plantitas, ya voy.

La diversión rentada incluía pileta, juegos, merienda, un deporte con pelota por día pero costaba 6 mil quinientos pesos el medio turno ¡por mes! y nos pareció oportuno dejar a nuestro hijo experimentar el aburrimiento. Habíamos leído varios artículos sobre los beneficios del ocio en vacaciones, de cómo saturamos a los pibes de actividades que los estresan en lugar de dejarlos atravesar el hastío, que de ahí nace la creatividad, se estimula la imaginación y no sé cuántas otras pavadas que afirman desde sus escritorios estos especialistas de la vida ajena que, me la juego, no tienen niños. Yo no sé ustedes, pero el mío pasa diez minutos sin hacer nada y empieza a dar vueltas por el living, mira sus juguetes con desgano y se desploma en el sillón agotado de pereza. Acá la única que se quema el bocho pensando mil formas de entretenimiento soy yo. Eso sí que es creatividad. Si fuera por él, a sus cinco años viviría absorto frente a una pantalla: de la tele a la tablet, de ahí al celu y vuelta a ver dibujitos (Ya que estamos: hay alguna chance de que lo creadores de Peppa Pig estrenen nuevos capítulos?! Podría recitar de memoria los guiones de las últimas cuatro temporadas).

Cri, cri…
Llevo cinco minutos sin escucharlo. Estoy entre la preocupación de qué estará haciendo y el tipeo frenético, tratando de ganar tiempo, de avanzar con mi columna –la editora ya me mandó un wathsap con el ultimátum, si no le llega el material en media hora cierra sin mí-. De pronto veo por el rabillo del ojo al pequeño punguista sacar sigilosamente mi teléfono de la cartera. La droga capaz de calmarlo está ya en sus manos. Y una, ciertamente progre, tan afecta a los juguetes de madera ecológicos, didácticos, igualitarios; una que hasta ahora intentaba resistir el embate alienante de las consolas de juegos, se da por vencida, exhausta después de haberlo intentado todo. La verdad, no sé cómo han hecho mis amigas para lograr que sus hijos se pasen una tarde leyendo a Julio Berne (¿será cierto?), mi Julián llora cada vez que un paquetito trae un libro de regalo y no hace más que pedir La Play cuando le toca pensar un deseo. Creo que ha llegado el momento de terminar con esta pretensión absurda de negar la realidad virtual. En cuanto entregue esta nota pienso ir hasta la casa de electrodomésticos a comprar un poco de felicidad para mi hijo. Y algo de paz para mí.



Valeria Sampedro.
Nota publicada en la revista ParaTi el 10/2/17

sábado, 24 de diciembre de 2016

El acosador, ¡acosado!

En el último mes, dos compañeros de trabajo se me acercaron desconcertados a contar sus anécdotas de presunto acoso. El primero de ellos, inofensivo piropeador serial, estaba de guardia periodística en Comodoro Py cuando vio pasar a una treintañera de andar sinuoso y le dijo con su voz más cautivante “qué linda estas”. Jura que tragó saliva cuando la vio volver sobre sus pasos. La rubia se bajó los lentes oscuros a mitad de la nariz, lo miró directo a los ojos y le dijo: Esto es acoso, te voy a meter una denuncia. Algo similar describió otro colega que vino con genuina preocupación a que le explique cuál es la palabra, el gesto o la circunstancia en el cortejo casual callejero –nunca consensuado entre las partes- que lo puede volver un depravado; y recordó la tarde, no hace mucho, en que una piba le gritó ¡Ni Una Menos! por toda respuesta al “Se te cayó un pétalo”. 

Vaya postal de época en tiempos de revolución feminista: el acosador, acosado. Puesto sobre las cuerdas ante el más mínimo intento de dominación. Convengamos que el varón capaz de seguir diciendo semejante cursilería casi que se merece la denuncia, más por anticuado que por machista, pero aquí venimos a hablar de otra cuestión.

Guarda con la burocracia del piropo. Entre el empoderamiento y la sobreactuación pueden votarte una ley. Es lo que acaba de hacer la Legislatura porteña con la incorporación del acoso sexual como figura punible en el Código Contravencional. Una especie de nomenclador de hostigamientos que establece penas para todo. Allí donde no se configuraba un delito penal claro, ahora aparece la contravención como alternativa de castigo, con multas que van de 200 hasta 1000 pesos y trabajo comunitario para el machito que venga a pasarse de vivo. ¿A partir de qué clase de grosería ya puedo denunciar? ¿Habrá acarreo de acosadores a algún playón de la ciudad? ¿Sabrá el tarado que me apoyó en el subte la semana pasada que me está debiendo mil mangos? ¿En qué quedó lo de los vagones rosas? Aquel proyecto fue otra muestra demagógica de exaltación feminista, amontonarnos a las mujeres en furgones diferenciados con la excusa de protegernos. Como esa iniciativa no prosperó, arremetieron con la cacería de sátiros. 
Cuántas de ustedes se imaginan haciendo uso de la contravención sexual. A que ninguna se ve una mañana llamando a la oficina “Chicas, avisen que llego un poco más tarde, un tipo me dijo de todo en la parada del colectivo y me vine a la fiscalía a denunciarlo”. Por lo menos yo, no quiero perder mi tiempo llenando formularios e intentando probar que un tipo se me acercó más de la cuenta, o que su pretendido halago me resultó asqueroso, ni tengo ganas de andar convocando testigos por la calle para mensurar si lo que dijo el operario aquel que me haría es o no una contravención, todo para que armen un expediente y dos años después le digan al señor que vaya a cortar el pasto a Plaza Francia.

No comparto que la persecución del piropo sea un primer paso. Si hay una cultura del hostigamiento, no se va a erradicar mandando a hacer trabajo comunitario a los varones. Educarlos, puede ser una mejor opción. Qué tal si hacemos una escuela para machos.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en revista ParaTi, el 23/12/16

martes, 8 de noviembre de 2016

El marketing del feminismo

Friditas por todos lados. Muñecas, almohadones, carteritas, macetas, fundas de celular. La nueva ola feminista tiene ya su versión marketinera con Frida Kahlo a la cabeza como ícono de lucha y ofrece merchandising para todas y todas: fondos de pantalla, botones, billeteras, mates, posavasos, ¡hasta zapatillas! Su imagen se multiplica estampada en un catálogo infinito de clishés. No voy a permitir que el fenómeno comercial banalice mis convicciones, pero debo confesar que esas chucherías, las tengo casi TODAS.

¿En qué momento me convertí en una militante fashion? Me lo pregunto con auténtica curiosidad y cierto enojo. No es que la zapoteca no tenga mérito. Una mujer atravesada por la tragedia; cuerpo frágil, mente brillante, rebelde, desprejuiciada. Encima artista, bisexual y fea. Fui devota de Frida incluso antes de volverme feminista, mucho antes de ensayar dejarme el bigote. Devoré su biografía, estuve en la casa de Coyoacán cuando a los veinte me fui de mochilera a recorrer México, me volví fan de sus cuadros, pinté mi habitación de ese azul soñado. Pero un buen día, hace poco, de golpe me vi rodeada por la industria feminoide. Imanes, agendas, latitas, espejos. Ver a Frida, a mi Frida convertida en Che Guevara me dio pena, pena por las que no entendimos nada.

Una se compra encantada la taza ´We can do it!´ y hasta se pone a ensayar el corte de manga frente al espejo -todo tal cual, camisa azul arremangada, vincha roja, la firmeza del puño cerrado-. El desafío es cuánto más allá de la selfie somos capaces de llevar la pose aguerrida. Con la militancia convertida en objeto de consumo, el compromiso se juega en las remeras como máxima expresión de poner el cuerpo.

Una remera que diga.

Yo elijo cómo me visto y con quien me desvisto

Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar

Disculpen las molestias, nos están matando

En tren de iconografiar la lucha podes encontrar banderas, musculosas, prendedores #Niunamenos (lo último es el café NUM que ofrece el bar Varela-Varelita con el dibujo hecho espuma a tope del pocillo); pañuelos verdes de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito; avatares de mujeres maravilla, chicas superpoderosas, blancanieves con pasamontaña. Acaso exista un marketing del empoderamiento, es probable. Sumale a eso que la era tuiter propicia la liviandad del decir-repudiar-opinar-escrachar-militar desde un teléfono. La resistencia en un click. Pero se sabe también que las redes hoy son capaces de mover el mundo y sacar una multitud a la calle, a pesar de los trolls. 

De vez en cuando pasa. Las consignas de las remeras se vuelven grito, los pañuelos verdes logran sacar a una piba de la cárcel, la pilcha se tiñe de negro convertida en uniforme de luto y las chicas superpoderosas se encarnan en un ejército de mujeres capaces de parar el país por un rato. Para que nos vean, para que nos escuchen, para que nos presten atención. Estoy segura de que esas también son las friditas que supimos conseguir.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en la Revista ParaTi (4/11/16)

sábado, 23 de julio de 2016

Mi vida como doméstica

La emancipación tiene una pena. Un castigo, me refiero, que no figura en el Código Civil y que –dicho sea de paso- de civilidad no tiene nada. La mentira más grande que nos regaló el feminismo (llamémosla utopía) es la presunta igualdad entre varones y mujeres. Ese grito de guerra que nos fortalece en las trincheras (WeCanDoIt!) puede convertirse también en una trampa agobiante. Creernos capaces de hacerlo todo, el lado oscuro del empoderamiento.

Es cierto que las minas hemos ganado terreno en el ámbito laboral, salimos a demostrarle al mundo que somos capaces de casi todo: jugar al fútbol, arreglar cueritos, diseñar edificios, manejar un taxi, ser jefas además de secretarias. Ponemos el cuerpo, metiendo horas y fuerza de trabajo a la maquinaria capitalista, pero cuando se termina la jornada y te sacas el maquillaje, no te esperan las pantuflas ni el control remoto sino las hornallas, ansiosas de que por fin conviertas ese departamento frío en un hogar. Porque esa casa en la que no estás sola, sino que compartís con otros seres humanos, entre ellos tu marido, mantiene con vos una relación de enfermiza dependencia. La organización completa de la familia tambalea el día que no estás. Compras, comida, tarea escolar, trámites, ropa sucia, todo tuyo. Ahí sí nos regalan el cargo de JEFA. Jefas del hogar. Amas de la casa. Domésticas, bah.

En este punto conviene aclarar que quien suscribe tiene una empleada-niñera-señora-que-ayuda-en-casa. Y aunque resulta un verdadero alivio, no alcanza. Mi lista de asuntos pendientes excede largamente las 8hs. remuneradas de Ángela. Y además, a mí ese laburo no me lo paga nadie.

Años de terapia y la culpa intacta. Militar la igualdad, tuitear con furia antipatriarcal y tener que plantar la bandera feminista en el umbral de casa. En el palier. Para dejar las bolsas del súper en el piso, buscar la llave y entrar al departamento a las corridas. Son las siete de la tarde, acabo de pasar por el chino y todavía ni sé qué voy a cocinar esta noche. Mi hijo reclama su baño de inmersión, abro la ducha, me seco las manos mientras descongelo unos churrascos y me agendo que mañana tengo turno con el ginecólogo. Mi día arrancó hace 14 horas, la siesta te la debo, es jueves y a este ritmo no estoy segura de llegar viva al fin de semana.

¿Dónde está escrito que soy la responsable si se acaba el detergente? ¿En qué manual se detalla que el cuaderno de comunicaciones lo revisa mami? ¿El reglamento de copropiedad dice expresamente que la mujer es la que paga las expensas? La farsa esa de Juntos a la par sólo aplica a los primeros años de pareja, mientras dura el enamoramiento. Después, a matarse a ver quién lava los platos. Y si tenemos la suerte o el mérito de haber elegido un compañero voluntarioso, nos rendiremos a sus pies al primer “te” saco la basura y sentiremos que de algo sirvió la lucha.

El tema es que la nuestra es una emancipación negociada. Lo entendí el otro día cuando, en un arrebato de entusiasmo decido ir al teatro con amigas. Me sobrepongo al cansancio, tacos, jean, una blusa y labios color carmín. Diosa. En casa queda mi marido que, por hoy, hará de niñero. “Todo bien amor, diviértanse. ¿Qué nos dejaste de comer?”.

Lluvia de chanes. Cruzo el umbral, la bandera violeta aún flamea sus principios de igualdad en el palier. De golpe me siento empoderada: “No dejé nada mi vida, no puedo con todo”.
I CAN`T DO IT!

Valeria Sampedro
(Nota publicada en la revista ParaTi el 22/7).

sábado, 21 de mayo de 2016

Mis 40

Se ha dicho hasta el cansancio que hoy los 40 son los viejos 30 así que esta columna no tendría razón de ser, si no fuera porque cuando salga publicada estaré soplando una torta incendiada (adoro poner la cantidad correspondiente de velitas, cada vez). La treintañera que fui dará la bienvenida a la señora de las cuatro décadas como vocifera Arjona, enemigo público desde que escribió esa letra dedicada a las que todavía menstruamos, pretendiendo homenajear al género y resultó ser un asco de canción. 

Decía, no está nada mal la jactancia de la madurez. La idea de una mujer adulta, todavía joven pero con las marcas de la experiencia encima, el sex appeal intacto, los prejuicios ya tirados a la basura, el colágeno resistiendo con aguante la firmeza que aún queda en pie. Y el gimnasio (o el yoga en mi caso) como aliado para trabajar aquellas partes que empiezan a caer por el peso de los años.
Aquí no hay crisis, pues. Apenas un inventario de estos 14 mil seiscientos días. Y un brindis, por otros tantos que vendrán. Sin escenitas, ok. Pero hay que asumir que a esta altura existe una lista enorme de cosas para las que una ya está grande. Por lo pronto, la mini y la remera stone con el ombligo al aire irán a parar al canasto de los disfraces, junto con el jean nevado. Eso sí, las All Star no me las saca nadie, digan lo que quieran. Ni el grupo de guasap de las pibas, mi último bastión adolescente.
El dilema, hoy, pasa más bien por las canas. Un puñado de mechas grises empieza a asomar al costado de mi flequillo. Pura apariencia, adentro el espíritu está intacto. Pero debo decidir cuanto antes si me las dejo hasta lograr un platinado a lo Beatriz Sarlo o saco turno con la colorista. Otra decisión inminente es si empiezo de una vez con las cremas antiage. Hasta ahora no había tenido constancia, tampoco necesidad. A los 35 empecé a comprar algunas para ir testeando –contorno de ojos, loción repairing skin con liposomas, gel “expression wrinkles control” de comisuras, leche hidrodesestresante para el cansancio facial-, pero los ungüentos se acumularon hasta vencer y hoy forman parte de un cementerio de potes al fondo del vanitory. Sólo la impunidad de la juventud puede permitirse esa desidia. O el feminismo militante.
Me llegó justo a tiempo esta efervescencia de lucha antipatriarcal. ¡Abajo los estereotipos de mujer barbie! Aca estamos las mujeres reales, falladas, estriadas, celulíticas, arrugadas. Si no, comprensé una inflable. Nada de pociones mágicas, suplementos dietarios, sesiones de rejuvenecimiento. Así que cortenlá, centros de estética, con llenarme la casilla de flyers, promociones y descuentos, ahora que se enteraron que acabo de cruzar el umbral de la mitad de mi vida. No estoy dispuesta a gastar los ahorros y lo que queda de mi tiempo en hacer desaparecer un rollo, levantar los pómulos o endurecer mi trasero. Porque, como dice Ricardo, detrás de la grasa abdominal se esconde la amalgama perfecta entre experiencia y juventud.


 Valeria Sampedro.
(nota publicada en ParaTi el 20/5/16)

viernes, 1 de abril de 2016

El flagelo de mis fantasías sexuales (machistas).

Hay una fantasía recurrente que me detona la cabeza cada vez que apelo a la excitación urgente, que es casi siempre (las que tengan hijos en edad escolar sabrán comprender a lo que me refiero). La de la mucama me funciona a la perfección. Lo sé, es todo lo que una feminista que se precie no debería siquiera pensar -mucho menos contarlo y ni te digo publicarlo en una revista-; por estigmatizante, arquetípica y asquerosamente machista. Pero me resulta de lo más efectiva. Le siguen la del mecánico y la del doctor. ¡No fallan! Pura sumisión.

Cuando el nene duerme la siesta, las veces que la abuela lo lleva a la plaza o si se queda un rato con su hermano mayor; en fin. Las ocasiones son contadas y cuando se dan una corre al desodorante, camisolín, un buche de pasta dental y en seguida a los besos para entrar en calor. No hay tiempo para elaborar una seducción igualitaria y entonces se manotea la fantasía que se tiene más a mano.

No pienso entrar en detalles. Sólo diré que es mi minuto patriarcal del día. Qué digo del día, con suerte de la semana. Un abrir y cerrar de ojos basta para representar la escena (el mejor afrodisíaco es la imaginación, no los disfraces). Después, qué importa del después, si ya la ratonera está revuelta y el amor al borde del orgasmo. Pero con el cigarrillo llega la culpa; una culpa peor que la de la Iglesia, porque no hay plegaria que te salve.

Levante la mano aquella que nunca fantaseó con el profesor de gimnasia. No me vengas con que haces pilates y que la clase de modeladora la da una mujer. Sabés a qué me refiero. A cuando en la penumbra la cara de tu marido se desdibuja hasta convertirse en un completo desconocido y vos beboteando de manera patética, como en el más verde de los sketches de Francella.

Si leíste hasta acá sin indignarte es porque te sentís dramáticamente identificada. Nos pasa a casi todas. Somos mujeres libres, emancipadas, económicamente independientes, peleamos por ocupar espacios de poder y militamos por el fin de la cosificación. Pero así como hemos logrado apropiarnos de nuestros cuerpos y asumir el propio placer, hay territorios que el feminismo no supo conquistar todavía. El hemisferio donde anida la libido es uno de ellos; el enano machista sigue atrincherado en nuestras cabezas.

Culpa de la industria del sexo que nos empobreció con fantasías primarias, hechas a medida del macho proveedor. Y cuando, un buen día, nos creímos empoderadas nos vinieron con la pedorrada de las Cincuenta Sombras de Gray para hacernos creer que “la onda” ahora, es que nos peguen con un látigo. Porque el chirlo, ya fue.


Valeria Sampedro.
Publicado en Revista ParaTi (1/4/2016)

viernes, 22 de enero de 2016

Mi autoestima no depende de tu like


>> Entrando a clase de Hatha Yoga. Desconecto x una hora. Ommmm

Por un rato el alma. Respiración, mudra. Un poco de conexión con el adentro en vez de tanto tuit. Aunque sea una hora, dos veces a la semana. Llegar a un lugar que no es tu casa, descalzarte y experimentar la abstinencia del smartphone ya es todo un gesto de espiritualidad.
Saludo al sol, trikonasana, postura del león (no, nada que ver con el kamasutra amigos): sentada sobre los talones, brazos estirados, ojos apuntando al entrecejo, la lengua afuera.
Tu cara más ridícula y que nadie esté mirando. ¡Qué alivio!

>> #QueNadieEstéMirando debería ser un mantra.

Un pelado en ojotas y pantalón de bambula da la bienvenida; se escuchan pajaritos, hilos de agua, soplos de viento; al rato ya te sentís parte de un paisaje de ensueño, entregada al ir y venir del aire. Tu prana en franca expansión, los chakras a punto de alinearse… cuando, de golpe, se escucha la vibración. De un celular.

Suficiente para dinamitar cualquier intento de abstracción. Entonces comprendés, en ese mismo instante, que todo lo que te rodea es una farsa. Qué hago acá en el piso con esta gente, cruzada de piernas y oliendo a sahumerio. Pretendiendo un más allá, si en lo único que estoy –estamos- pensando es en salir corriendo a nuestros morrales de feria para chequear el whatsapp. Estoy quemada si pago 700 pesos por un retiro espiritual que consiste en apagar el teléfono y encerrarme en una habitación a respirar profundo. Respiro profundo porque no soporto tener el celu apagado. Esa es la verdad. Mejor me hago cargo y entro en el centro de Rehabilitación para Onanistas Virtuales que me recomendó Erica García.

>>Mi autoestima no depende de tu like

Todo bien con el intento de bajar un cambio, pero sepamos que es un snobismo y que este almita zen hecha de pasiflora se esfumará apenas crucemos el umbral: cuánto tardaremos en postear otra selfie. Vamos chicas, de nuevo a sonreír o poner trompita, meter panza, sacar cola, apretar los brazos en un último intento por dignificar el escote; la frescura sobreactuada, un filtro de Instagram y muchos, muchos megusta.

El señor bambula lo sabe.
Entiende perfectamente adonde vino a poner su instituto de yoga y descarga su lección del día: “Sacúdanse el ego –dice-. Anden livianos”. Relajación, om shanti y hasta el próximo martes.
Subo a mi bicicleta de paseo acquamarina con canasto de mimbre para volver a casa y me quedo pensando: voy a tener que hacer algo con mi propia estupidez. Sobre todo ahora que llegué a los 10 mil seguidores de Twitter.
¿Llegué?

ValeriaSampedro.
nota publicada en ParaTi el 22/1/16

viernes, 23 de octubre de 2015

Feminista ¡a tu cocina!

Qué mandato ancestral de sumisión será el que nos devuelve a la cocina. Cómo es que un día aquel lugar del que aprendiste a huir en un acto reflejo de emancipación, de golpe te atrapa. La marca del delantal como estigma. Empoderarse ¿es pedir delivery?


Estoy atravesando un dilema existencial vinculado a mi flamante afición culinaria. Es raro, pero desde hace un tiempo no hago otra cosa que mirar canales gourmet, mi vieja moleskine se llenó de recetas y tips, el super se ha vuelto un paseo de compras, ahora uso sal marina. Ser activista de la lucha por los derechos de las mujeres durante el día y cuando cae la noche un encanto de ama de casa, horneando la cena, no parece aconsejable para una feminista en vías de desarrollo. ¡Si hasta me hice una huerta en el balcón! De pronto convertida en jardinera, mi cilantro, mi romero, mi menta, mi ciboulette.

Huevos rotos, con croutones y rúcula o sopa de calabaza con jengibre (las influencias palermitanas me han vuelto un ser sospechoso frente a la militancia más dura). El problema no tiene que ver con cuál de esos platos me sale mejor -los dos los hago riquísimos- sino con una culpa de género, una sororidad interior que busca rescatarme de la esclavitud del cucharon. La angustia del souflé sin grumos viene a empeorar las cosas en estos días de desasosiego y cuestionamiento permanente. No hay caso. Y me lanzo a picar cebollas, para llorar tranquila sin tener que dar explicaciones a nadie.

Hay algo de síndrome de Estocolmo en haber vuelto, sin que me llamen, al lugar doméstico que rechacé a modo de autodeterminación y libertad apenas descubrir a Olympe de Gouges y Simone de Beauvoir. El patriarcado debe tener que ver con todo esto, estoy segura. No parece casual que la tele se haya llenado de maestros chefs, pretendiendo invertir la carga de la prueba. Basta con hacer un poco de zapping al mediodía, mirar los canales utilísimos o ver el reality de Peluffo para entender que los varones coparon las hornallas. Y a una le da celos, hay que decirlo, verlos condimentar tan sueltos, dando consejos de cómo filetear un lenguado. A ver si encima de todas las batallas que nos falta librar a las mujeres, no tenemos que salir ahora a exigir el cupo femenino en la cocina. Paren muchachos, ese lugar ¡¡es nuestro!!

En plena introspección me asaltan por detrás los brazos de marido hechos abrazo para elogiar las costillitas de cerdo que acaba de comerse. Entendió todo y sabe al pie de la letra cómo desactivar mi remordimiento:

1.  se pone a lavar los platos
2. me tiende “La mano de Marguerite Yourcenar” un libro ¡de recetas! que revela cómo una intelectual que de hecho fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa era además una excelente cocinera.

Y pregunta, qué vas a querer que te regalemos para el día de la madre, amor? Entonces, el nudo en la garganta se deshace. Lo pienso, lo necesito, no debo. Sé que sería un gravísimo error pedir la minipimer. Me muerdo, no voy a decirlo... No lo digo.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en Revista Para Ti 23/10/15)

sábado, 19 de septiembre de 2015

Código Infidelidad

La libertad también puede alienarte. Qué significa que de pronto un manual de convivencia urbana venga a decirte que ya basta de falsa moral, que el adulterio en todo caso podrá volverse una variedad amatoria pero jamás será causal de divorcio.

Es lo que plantea, palabras más o menos, el flamante Código Civil que acaba de entrar en vigencia en reemplazo de uno anterior que se moría de viejo (144 años tenía la versión original). Demasiado progre para una sociedad donde el amor se jura para toda la vida y todavía la gente se pone colorada cuando alguien dice la palabra sexo.

Un siglo después de habernos metido en la cabeza los deberes de la buena esposa y mejor madre, de haber sido cómplice de la cultura patriarcal que pedía un culpable por cada matrimonio fracasado, este librejo con rango de ley se renueva para sacudirte la estantería moral y habilita, sin castigo alguno, a tener un amante. ¿Qué se hace con esta sobredosis de albedrío? Hasta ahora yo sabía que si enganchaba a mi marido poniéndome los cuernos lo echaba de casa con juicio por alimentos y todo; además estaba la chance de denunciarlo por abandono de hogar, si el maldito llegaba a enamorarse. Con esto, ya perdió sentido revisarle el celular.

Las cadenas del matrimonio como institución se han roto para siempre. Los "esposos" pasaron a ser "contrayentes". Las mujeres, ¡señoras de nadie! se acabó la portación de apellido, desapareció el deber conyugal –ese régimen del coito tan usado como reproche en las peleas de pareja-; y para disolver una relación basta con que uno de los dos se decida. Divorcio exprés y a sola firma, pronto llegará una cédula judicial informando que esa pequeña sociedad acaba de ser formalmente aniquilada.

¡Hazlo si quieres! le dije a mi marido con la mirada fija y sin pestañar, para humedecer los ojos. Vete con otra, exageré ya casi lagrimeando. Pero debes saber, mi querido, que he de poner en práctica a partir de este momento toda mi militancia feminista, en pos de la igualdad de género en esta casa. La biblioteca completa de Jane Austin se me vino encima y pude hacer mi numerito encantador.

Inmediatamente después empecé a armar una lista de posibles amantes, decidida a asumir mi derecho a la infidelidad, sin más dilaciones. Revisé viejas cartas de amor, stalkeé entre los amigos virtuales, descarté a compañeritos de primaria -la mayoría arruinados, panzones y, los peor, pobres. Apunté algunos nombres. Puse una canción de Ricardo Montaner.


Algo pasó entonces. No sé explicarlo bien. Una serie de casualidades, el nene a casa de su abuela, mi tanga de voladitos aparecida desde el fondo del placard, la tele que se rompió, su barba de dos días, las sábanas recién cambiadas, un secreto al oído, la voz ronca de siempre diciendo otras cosas. Una mordida. La noche fue larga, larguísima. De nuevo despiertos hasta las 4, como al principio. Lo mejor de todo, es que después del pucho, se puso a calentarme los pies.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en revista ParaTi)

sábado, 18 de julio de 2015

Mi feminismo puesto en jaque por un cuerito, o el poder empoderador de la UOCRA

Un cuatrimestre en la UOCRA puede lograr empoderarte más que diez años de militancia feminista de base. No es joda. El dato me llega tarde; justo después de mi queja indignada por la estafa de un plomero de barrio que se hizo el día con la destapación de mi rejilla. Tres pelos saco Oscar del ínfimo sumidero del baño. Ponele que cuatro. No le llevó más de diez minutos –ni cinta de acero, ni máquinas especiales- pero me cobró 450 pesos. (¡45 mangos el minuto!)

Y yo que creía ser una mujer moderna por tener en mi heladera el imán de un arreglatutti y así no depender de la voluntad obrera de marido intelectual, manos de seda. Atrapada en mi propio discurso no puedo decir ni A, que marido no sienta culpa de macho por ignorar cómo se cambia un cuerito es también igualdad de género. En fin…
“Tengo mega dato de plomería! La UOCRA abrió en Almagro un curso muy barato, menos de 100 pesos por mes” me escribe Diana, una amiga. Me está invitando. Pienso en desagües, filtraciones, termofusión. No logro imaginarme manipulando una llave inglesa, sin embargo Diana lo dice exultante, dispuesta a hacerlo de verdad; a comprarse su valijita de herramientas. A no permitir que un esposo de alquiler pretenda solucionar su vida doméstica a precio vil. Decidida a pelear, si es necesario, por el cupo femenino en ese cursillo pensado para varones aunque se jacte de ser para todos y todas (ya le pasó en un taller “mixto” de mecánica automotriz que era la única mujer en una clase de 40 tipos). Diana es una auténtica guerrera -no esta versión timorata de compromiso por la igualdad de género de quien escribe. Ella se le anima a la UOCRA.

Le doy mil vueltas a la idea. Busco argumentos, excusas, bibliografía, mientras no puedo sacarme de la cabeza que gasté fortunas en mi esmalte importado textura volcano y brillo sensacional. Es en la biblioteca de mi hijo, tres años, donde encuentro la respuesta; el germen de este equívoco: una colección de cuentos de la Librería de Mujeres, que bajo la consigna “Yo soy igual” cuenta historias de mamás electricistas, albañiles, referís. Arrebatos de mi primavera feminista cuando, con un lactante a cuestas, salí a comprar libritos, música y juguetes no sexistas.
Que quede claro, no reniego de este esfuerzo tan voluntarioso y obstinado que tenemos las mujeres por demostrar que podemos hacerlo todo y más. Lo que me jode es que todavía buscamos la paridad intentando igualarnos a ellos, pero qué tal si además nos sacamos de encima el mandato de los presuntos quehaceres femeninos (casi siempre domésticos). ¿Por qué no hacer una versión de esos cuentitos con varones de grandes sonrisas lavando platos, cosiendo dobladillos, haciendo la listita de las compras. Y con minitas deslumbradas ante semejante símbolo de masculinidad.


Cuestión que a los pocos días mi otro baño empieza con su rejilla a borbotones. El hombre manos de seda ni se inmuta; agarro la sopapa, tiro fuerte del manojo de pelos que resiste desde el otro lado de la cañería, logro vencerlo; el agua baja por hoy, por un rato. Sé que va a volver, con su olor pestilente de cloacas. Y me decido. Diana será mi próxima plomera de confianza. Al final sí que soy una auténtica luchadora por la igualdad de género.

Valeria Sampedro.
Nota publicada en ParaTi (edicion 17/7/15)

lunes, 8 de junio de 2015

Cómo ser una feminista comprometida y laburar en tele (mi nota ParaTi)

Me compré estos anteojos Bafici, con marco de acetato rojo, para inaugurar mi etapa como periodista gráfica. El óptico me prometió con ellos una mirada más aguda de la realidad. Complejos de chica de tele. Si voy a tener una columna propia ¡sobre feminismo! en Para Ti, necesito dar intelectual. Ser pero también parecer. Ya lo dice Mirtha, como te ven te tratan.

Quizás ni me conozcan, pero llevo más de diez años pateando la calle como cronista. Una década de coberturas de lo que se te ocurra, movilizaciones, paros, incendios, paritarias, sesiones maratónicas del Congreso, maratones de fin de semana, piquetes, granizo, el precio del tomate, inseguridad. La cultura noticiero es así. Diletante. Sabemos de nada, un poco. El mérito es que no se note. Con algo de picardía (y un escándalo menor) cualquier cronista avispado puede llegar a convertirse en celebridad. Si no mira Robertito.

Dice Birdman, mi superhéroe de la madurez, que la popularidad es la prima bastarda del prestigio. Así que le hice caso, me compré una pluma y un cuaderno de ideas.; para que las mieles de la cámara no boicotearan mis incipientes ambiciones feministas. La tele te da canjes y un montón de seguidores en tuiter. Pero escribir puede mejorar notablemente tu reputación.

El puerperio tuvo mucho que ver con mi militancia por la igualdad de género. Tres meses de cautiverio, en camisón y con los ovarios a flor de piel. Escribir descalza, encorvada, en bombacha y con lagañas. Entre teta y teta; entre pañales y olor a vómito. Contra las imposiciones de la moda, el acoso insufrible de los piropos, la justicia patriarcal, el lenguaje sexista. Escribir sobre femicidio, prostitución, aborto. Pero se terminó mi licencia, recuperé el peso y (con él) mi talonario de vouchers para conseguir ropa, zapatos y un baño de keratina gratis por mes. Creí que era el final, y entonces tuve la revelación: el maquillaje HD puede convivir perfectamente con un ejemplar de bolsillo del Segundo Sexo. Nuestras carteras dan para todo.

El tema es poner el cuerpo. Si algún día vas a la plaza a quemar corpiños, no lleves el del bretel estirado y con pelotitas, saca el push-up. Ese es un gran punto de partida. Y ventilar las miserias del enano machista que (todas) llevamos dentro. Hacerse cargo.


Por otra parte, no existe el manual de la buena feminista. Sólo Fridda Khalo puede llevar el bigote con altivez, el resto hacemos lo que podemos. Yo soy capaz de pasar el invierno entero sin depilarme las piernas y con los primeros soles de la primavera dejarle mi sueldo entero a Raquel, una reina de la cera negra, especialista en tiras de  cola. Puedo denunciar a los gritos la tiranía de los patrones estéticos subida al rascacielos de mis plataformas. O ponerme a cocinar las recetas de doña Petrona sin ningún remordimiento de pasar una tarde encerrada en la cocina. Soy la que contó en su blog que hacía colecho con un pequeño electrodoméstico que se ocupaba de sus orgasmos (chicas, posta. Siete velocidades, ocho centímetros, doce cómodas cuotas. Nunca subestimen a un micropene con ínfulas de semental). La misma que, creyendo hacer una defensa acérrima del derecho al placer de las mujeres, llegó a la portada de los sitios chimenteros y le dio de comer al machismo más retrogrado. Soy todo eso y más. Soy un manojo de incoherencias pero te puedo asegurar que me siento recontra comprometida con la causa. Mas ahora, desde que uso mis flamantes anteojos marco de acetato rojo y soy una chica ParaTi.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en ParaTi, seccion Selfies (mayo/2015)