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sábado, 9 de enero de 2021

Casi Nunca Es Para Siempre

Puedo decir que en el año de la pandemia saqué un libro. Se llama Casi nunca es para siempre y son microhistorias, ponele que de amor. El epílogo que escribí cuenta un poco más de qué va a cosa.

*

Esto no es literatura del yo, aunque tiene mucho que ver conmigo. Me gusta más literatura del ello. Lo impersonal también puede dejarte al desnudo. Por estas páginas, escritas en Calibri 12 con interlineado sencillo, pasaron un montón de historias. Algunas me las contaron, varias las imaginé, de unas cuantas fui protagonista, testigo, apenas taquígrafa, en una o dos justiciera. Escribí con los dedos en carne viva y la neurosis a flor de piel. Tipear amor romántico y el barro de las relaciones. Meter el dedo ahí donde empieza a doler. Compu inodoro, compu diván, compu carilina. Un random de emociones, del metejón al desengaño, al encuentro cas
ual, al abandono. (Necesitamos más relatos). Duelos, rupturas, infidelidades. (Más). Amores virtuales, platónicos, pasajeros, para toda la vida. (Dale, algunos más). Relaciones esporádicas, amistades con derechos, fobias, reincidencias. (Genial, mandame el epílogo y cerramos). Qué convulsión de los sentidos resultó este libro. Entregué el borrador y dejé terapia.

Te pasó o no te pasó. Posta te dijo eso, hiciste bien en mandarlo a la mierda, cuándo fue lo del aeropuerto, creo que sé cuál es el idiota, al final qué hiciste con el sillón, te cogiste al profe guacha, quién vendría a ser la piba de la bici, un asco cuando contas lo del enchastre, fue por mí lo de…, un desubicado el fletero, de verdad tenés un consolador.

La tercera persona como respuesta a todo. Cualquier semejanza con la realidad, ya saben.


Valeria Sampedro.

Edita Zona Breve para PRH


martes, 9 de abril de 2019

XL. La chata roja


Empujaba el chango desbordado rumbo al estacionamiento; no estaba segura de que la compra fuera a alcanzar para todo el mes pero había conseguido buenas ofertas y eso le daba un aire de suficiencia al andar, mientras evaluaba qué preparar para la cena. Revolvía el interior de su bolso buscando la llave del auto cuando quedó petrificada frente a la cochera. Era su camioneta (la de él), no había dudas. La chata roja, 15 años después. ¿Habría vuelto?
Foto: IG @Raichijk_daniel
Un sudor repentino le humedeció la espalda. Lo primero que atinó fue a acomodarse el pelo y pasarse las manos por la cara, como si una pudiera alisarse las arrugas del tiempo en ese gesto de caricia compasiva. La respiración entrecortada, las rodillas flojas. Ahí parada, inmóvil, revivió la secuencia de aquel mediodía a la salida del mercado, el guiño de luces, cómo estás, voy para tu lado dejame llevarte, esas bolsas deben pesar una tonelada. Llegaron y ella le ofreció una taza de café, los chicos estaban en la escuela, el marido quien sabe por dónde, así que cuando él se le acercó y la tomó por la cintura ella se dejó abrazar y tuvieron su tarde de película. Sin secuelas, no le dio la valentía para más. Recordaría por siempre aquella escena memorable, descompuesta en llanto sin que nadie entendiera porqué, cada vez que en la tele volvieran a pasar Los Puentes de Madison.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

viernes, 15 de marzo de 2019

XXXIX. ¿Y él?


Ella fue la que una tarde, hace 14 años, le comió la boca de un beso que aún ambos recordaban. Era la primera cita y llevaban horas hablando sin que él se animara a romper la distancia ínfima que aún los mantenía separados (porque el hielo lo había roto ella al segundo mezcal, cuando le confesó que esa mirada tímida lo volvía irresistible). Después el beso y todolodemás.
Foto: IG @raichijk_daniel
Ella había dado, en esa relación, siempre los primeros pasos. Fue la que irrumpió con su cepillo de dientes en el departamento de él para quedarse a vivir. La que un día le propuso casamiento, con anillo y todo. La que lo incentivó para que renunciara a su laburo y se animara a largarse solo con aquel proyecto que le generaba a la vez terror y entusiasmo. La que propuso agrandar la familia con un evatest positivo en la mano. La que organizó el ahorro, las vacaciones, los asados.
Y fue ella, también, la que esa noche volvió a casa decidida a dejarlo. Expuso su monólogo de argumentos, él acodado en el balcón sin decir una palabra, mientras ella armaba la valija. La de él.

jueves, 14 de febrero de 2019

XXXVIII. ¿Nos vemos otra vez?

Abrió el guasap y fue directo a su contacto (el de ella). Estaba en línea. Un sobresalto insólito lo puso en alerta ¿Estaría del otro lado pendiente, también? Salió. 
No sabía qué decirle; quería mandarle un mensaje casual, en lo posible inteligente, sutil, al menos simpático.
Foto: IG @raichijk_daniel
Escribió, no paro de pensar en vos. Borró, escribió. Es cualquiera si quiero volver a verte tan pronto? Borró, escribió. Ni idea qué perfume usas pero quedó impregnado en mi almohada. Borró, escribió. Estoy buscando excusas para escribirte y no me sale nada ocurrente. Borró, escribió. Qué ganas de verte otra vez.
Soltó el celular maldiciéndose por idiota, no podía ser tan complicado intentar una segunda cita. Volvió a agarrar el teléfono, ahora con determinación, dispuesto a decirle lo primero que le saliera y quedó perplejo frente a la pantalla. Ella en línea, "escribiendo.." 

No se si estarás por contarme la historia de tu vida, yo solo me preguntaba si querés que tomemos otra cerveza.

Valeria Sampedro
#microhistoriasdeamor

sábado, 26 de enero de 2019

XXXVII. Ella, él, ella


Era él o ella? No logró distinguir, estaba un poco oscuro y tanta gente, así que decidió acercarse. Le llamó la atención en cuanto entró, el perfil acodado en la barra, pelo corto, nariz recta, mandíbula marcada, varón. Pero la tersura de esa piel y una sonrisa de labios finos, expandida hacia los costados, muy de ella. Estaba en mangas de camisa, los brazos delgados y firmes, dedos de pianista sosteniendo un vaso de.. 
Foto: IG @raichijk_daniel
-Qué tomas?
Quien preguntó fue el mozo y él-ella giró la cabeza de inmediato. Se vieron.
Entiéndase, no se miraron, se vieron. Se quedaron colgados del hilo de la mirada, sin pestañear. Ella, él-ella.
El mozo trajo otra cerveza, aunque nadie le había pedido nada. Y después trajo otra, y otra, y unas cuantas más.
Para entonces, a nadie le importaba develar la incógnita. Sólo importaba no romper el encanto.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

jueves, 24 de enero de 2019

XXXVI. Su vida sin ella


Era angustiante verlo. Un espanto esta época de publicar la existencia en una red social. Y ella sin poder parar de stalkear. ¿Se lo hacía a propósito?! Qué necesidad, después de haberla dejado, de compartir cada minuto de su agenda. ¿De verdad andaba tan animado? Porque ella la estaba pasando para el orto! 
Foto: IG @raichijk_daniel
No toleraba ser espectadora de una vida que, hasta hace nada, había sido la suya también. El pomelo en ayunas, el rayo de luz que se colaba por la hendija de la persiana, el mate de cuero que habían comprado en Uruguay. Todo ventilado y con filtros de renovada felicidad. Querido, ¡esos son mis trapos también!
Qué patético su budita nuevo en la biblioteca. Si había aprendido de ella, con ella, los ejercicios básicos de yoga. Atrevido.
Cada vez que el redondelito de su foto en IG se ponía en rojo a ella le agarraba taquicardia. Pero no podía evitar mirar. Asistió a la renovación de su vestuario, al corte de pelo, al hábito de la copa de tinto por las noches bajo la luz naranja de la lámpara que ella le había regalado para su cumpleaños; supo que fue al recital de Nick Cave.
Hasta que un domingo subió una stori con ella, con otra ella a la que abrazaba con la sonrisa feliz que ella (nuestra ella) conocía de memoria, porque adoraba esa sonrisa de dientes torcidos que invariablemente venía seguida de un beso.

Valeria Samedro.
#microhistoriasdeamor


miércoles, 19 de diciembre de 2018

XXXI. Vieja bruja


Acordaron no seguir avanzando. Si daban un paso más podían echarlo todo a perder. Iba a ser un lío y, además, ninguno de los dos estaba dispuesto a romper nada, justo ahora que la vida iba a velocidad crucero. Sabían que la felicidad es un rato y después volver a la rutina. Ni se atrevieron a mencionar la secreta fantasía de mandar todo al carajo.

Foto: IG @raichijk_daniel
Era un poco grotesco verlos allí sentados, uno frente al otro, dos teóricos analizando una aventura que no debía pasar a mayores, organizando la argumentación de por qué convenía poner allí mismo el punto final. Todo tan estratégico y bienintencionado. Pero temblaban; era un ligero temblor que emanaba ternura y no se quitaban la mirada de encima. Estaban aterrados, ya arrepentidos antes de darse el abrazo final, que duró una eternidad.

La señora observó toda la escena a una distancia algo imprudente, tan acostumbrada a ser invisible para los demás. No había podido evitar detenerse delante de ellos y quedárselos mirando, un poco incrédula ante tanta estupidez. Qué ganas de decirles a esos dos que basta, que se quieran de una vez. Que la vida en general no da tiempo para organizar todo tan decorosamente. Pero mirá si le iban a hacer caso a esta vieja pordiosera.

Valeria Sampedro
#microhistoriasdeamor

domingo, 16 de diciembre de 2018

XIX. Comer solo


Detestaba ese momento del día. En general era la cena la que lo encontraba parado frente a la mesada de la cocina devorando un revuelto de mil ingredientes y sabor indefinible, o una hamburguesa, o directamente unas fetas de fiambre con pan del chino. Cuando sentía culpa de tal desorden alimentario se preparaba una milanesa de soja. El resto de las veces, pedía delivery. Esas noches comía frente al televisor, sentado a la mesita ratona.
Foto:  IG raichijk_daniel
La ceremonia duraba nada, tanto como tardaba en masticar, deglutir y llevarse inmediatamente otro tenedor a la boca. Con suerte 10 minutos; cuantos menos platos sucios, mejor. Pensar las horas que habían pasado discutiendo (con ella) sobre a quién le tocaba lavar.
Ahora, en cambio, reinaba el silencio. Pero llevaba su soledad con arrogancia. No iba a caer en la farsa del celular. Jamás sería del montón de comensales que sacan fotos al plato de comida ¿para compartir con quién? ¿para demostrar qué?
Cuánto mejor ser un misántropo, que un idiota que publicita su (in)felicidad.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

domingo, 9 de diciembre de 2018

XXV. Big bang


Se cruzaron por única vez en aquel aeropuerto desbordado y sellaron un pacto sin palabras. Si iba a ser un amor al paso, mejor no saber nada del otro.
El temporal había obligado a cancelar todos los vuelos. En medio del gentío ellos dos se tocaron sin querer; y sintieron una descarga.
Foto: IG @raichijk_daniel
Difícil resistir la alienación del cuerpo cuando queda sacudido por otra piel. Las valijas estaban ya despachadas, no tenían nada que perder.
Terminaron desnudos y exhaustos en una cama alquilada al costado de la ruta, que le facturarían después a la aerolínea. No debía quedar rastro alguno de aquel big bang.
Volvieron al aeropuerto en silencio. Un poco perplejos por el compás perfecto que había alcanzado el encuentro anónimo. Cómo podía él saber los tiempos, la manera en que a ella le gustaba que la acariciaran. Cómo ella adivinó que él se desarmaba de placer cuando lo besaban justo ahí. Y lo rica que era. Y lo bien que él se movía.
Se despidieron con un beso en la mejilla y fueron arrastrados por el mar de gente que unas horas antes los había encontrado. Ni los nombres llegaron a decirse.


Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

lunes, 12 de noviembre de 2018

XXX. El espejo interior


Había sido una noche difícil; larga y desvelada. Una noche de esas en que replanteas tu mundo de inconsistencias, en que quedas al desnudo, tan ridículo y desamparado.
Estaba solo. Bueno, tenía su millón de amigos virtuales, su departamento con vista al río, su whisky onderocs, sus sában
Foto: IG: @raichijk_daniel

as de seda, su agenda de compañías aleatorias. Pero estaba solo en el más triste sentido de la ausencia.

De pronto lo supo y no pudo contener el llanto. Lloraba a mares, como un chico, con un desconsuelo irremediable. En qué momento se había vuelto tan estúpido.
Intentó sobreponerse, limpiarse la cara, aclarar la garganta y no pudo evitar volver al celular, a chequear los likes de su felicidad prefabricada. Pero la pantalla salpicada de lágrimas le devolvió un efecto refractario de su estupidez y pensó: son esos, los pedazos rotos de mi espejo interior.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

lunes, 5 de noviembre de 2018

XXIX. Fin del idilio


La verdad es que ella tenía ganas de comer pizza, no sushi, a la salida del cine. Ya la elección de la película había supuesto una concesión cuando le mintió que daba igual ver la de Alex de la Iglesia en lugar de la comedia italiana. El registro de aquel ínfimo cortocircuito le generó un frunce en el ceño. Nada importante. Todo se acomodó después y una vez en casa cogieron divinamente.
Foto: IG @raichijk_daniel
Cuando se despertó, como a las 9, le dieron ganas de ir a tomar mate al balcón. El la abrazó en un movimiento que era habitual y un poco automático pegándose por completo a su espalda, quedate acá conmigo, suplicó, le acarició el pelo como a ella le gustaba, con la yema de los dedos por el cuero cabelludo desde la nuca.
Ella se dio media vuelta, le dio un beso en la boca que le resultó pastoso y se deslizó suave por las sábanas hasta salir de la cama.
Mientras ponía la pava observó el desastre del living, un cenicero con puchos, el control remoto debajo de la mesa, papelitos de caramelos por todos lados. Por qué era tan desordenado.
Se puso a leer al sol. No lo esperó para el mate, total cuando por fin se levantara podría renovarlo y tomarían juntos otra ronda. Qué ganas de volver a desayunar con pomelo y tostadas. Hoy compro, pensó.
Advirtió la secuencia de pequeñas rebeldías a esa rutina de dos y entendió lo que estaba pasando: volvía a registrar su deseo. El suyo individual, fuera de la simbiosis.
No era el fin del amor, podía significar justo el principio.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

miércoles, 31 de octubre de 2018

XXVIII. El idiota


No lo vio venir. O se entusiasmó demasiado pronto, tan propensa a la comedia romántica.
Su lista de requisitos básicos estaba incluso excedida -treintipico, soltero, ojos castaños, barba incipiente, foto en guitarra y zapatillas- cuando likeó su perfil y habilitó la cita.
Habrán chateado una semana; nada relevante, un par de chistes simpáticos aunque sobredosis de jajas y demasiada selfie en las redes. Mal de la época, pensó; no se iba a dejar amedrentar por eso.
Se juntaron en un bar de San Telmo. El tipo la esperaba en la barra con una cerveza fría y su mueca de galán que no fallaba nunca. La charla fue trivial y aquel idilio plagado de gestos prefabricados resultó suficiente para que ella terminara en su departamento.
IG: @Raichijk_daniel
Nada funcionó esa noche. Ni la música, ni la bebida, se quedaron muy pronto sin tema de conversación y cuando apuraron los besos para aplacar la falta de diálogo sus bocas no congeniaron tampoco. Insistieron; fue el sexo más anodino que ella recordara haber tenido jamás. El pucho del después tuvo que ser con medio cuerpo asomado a una ventana mientras él rociaba con Lysoform el ambiente. Ya a esa altura su mueca de adonis resultaba irritante pero cuando vislumbró sobre la mesa ratona un libro de autoayuda directamente pensó en salir corriendo. No llegó a hacerlo, el idiota le ganó de mano. Mañana madrugo, te pido un taxi preguntó.
Dejá, prefiero caminar.

Valeria Sampedro.
#Microhistoriasdeamor

jueves, 4 de octubre de 2018

XXVII. Metáfora de la luna


El manual de instrucciones del nos estamos conociendo indicaba que ahora debía esperar. Al menos un par de días. Convenía evaluar el tráfico de likes, asimilar el efecto del último encuentro, calcular cuántas veces pensaba en él durante el día. Revisar el grado de respuesta. En definitiva, medir el impacto.
Foto: IG @raichijk_daniel
Nada de eso tenía en la cabeza cuando se puso a escribirle una invitación descarada para que volvieran a encontrarse. Pero justo antes de mandar el mensaje se acordó del instructivo ese y del último consejo de su psicóloga, evitá quedar expuesta. Así que decidió esperar. Uno, dos minutos. Tres. Diez. Qué era esa sobreactuación de indiferencia. Ella no era así. Trazar una estrategia para simular que no te gusta el chico que te gusta. Todo raro. ¿Y sus ganas?
Divagaba sobre cuestiones cuando el semáforo se puso en rojo. Las luces de la noche se alinearon en una metáfora perfecta: era la prohibición o la luna.
Se puso a pedalear con determinación hasta aquel edificio en el que había estado hacía unas horas. Ató la bici en el arbolito, se sacó el casco y sin pensar demasiado tocó el 3ro D.

Valeria Sampedro
#Microhistoriasdeamor

viernes, 28 de septiembre de 2018

XXVI. Noche de blues


¿Me está mirando a mí?
Sí, lo miraba a él. Acababa de descubrirlo, en el fondo del salón, aferrado a su vaso de cerveza, los ojos achinados y esa boca un escándalo que se veía desde el escenario. Lo miraba de reojo y quebraba su voz de gata blusera hasta quedarse sin aire. ¿Estará solo?
Foto: IG @raichijk_daniel
Sí, estaba solo. Venía de romper una relación y ahogaba su pena en aquel antro mientras pensaba qué canción más triste y también pensaba qué belleza de mujer. ¿Está llorando?
Sí, lloraba. Un poco por la canción triste y otro poco porque Quién me va a querer así rota.
Yo! dijo él en voz alta. Pero miraba a la barra, desde donde un minuto antes habían preguntado quién pidió la cuenta. ¿Se va?
Sí, estaba a punto de irse. Guardaba la billetera en el bolsillo trasero del jean cuando la vio acercarse. ¿Viene hacia mi?
Sí, iba. Se arrimó tanto que él debió retroceder un paso. Le pareció aún más hermosa con ese reflejo azul que le cruzaba la cara.

Te vas... dijo ella.
¿Me quedo? preguntó él.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

jueves, 13 de septiembre de 2018

XXIV. Dejarlo ir


Nada más triste que la última cita. Ese encuentro en lugar neutral para decirse adiós civilizadamente con un café de por medio, o con suerte algo de alcohol. Desde cuándo el amor suponía tanta burocracia. Despedirse. Avisarle al otro los porqués, qué tedio.
Por suerte eligieron un bar con una cerveza tirada riquísima. En verdad habían pasado muchas noches borrachos de amor en esa taberna, no se si era el sitio indicado. Al menos, no iba a faltar épica.
Ph. IG: @raichijk_daniel
A la tercera ronda él creyó que ya era suficiente, tenía ganas de besarla y proponerle volver a intentarlo, así que agarró la campera, le acarició el huesito ese donde nace la mandíbula y se fue antes de que su chica (su flamante ex) lo viera llorar.
Ella apuró su birra de un trago y salió casi detras suyo. Sacó un cigarrillo (fumaba negros), se apoyó en la columna del bar y lo vio alejarse. Pensó, qué gran amor.


Valeria Sampedro.
#Microhistoriasdeamor

lunes, 3 de septiembre de 2018

XXIII. La pregunta


Qué hay de comer. Era su frase a modo de saludo, cada noche, mientras se quitaba el abrigo y colgaba las llaves en el ganchito de la pared junto a la puerta. Le daba un beso en la mejilla, decía eso y se iba un rato a la habitación mientras ella terminaba de poner la mesa, apagaba el fuego, cortaba unas servilletas del rollo de cocina, se servía otra copa de vino.
Ph. IG: @raichijk_daniel
Está la comidaaaa.
Era el momento en que coincidían los tres. Ella, él sentado justo enfrente, y el nene en la punta. Sin la tele, sin celulares a la vista. Casi sin diálogo. Ni siquiera un atisbo de tensión en el ambiente. Nada. Una cordial indiferencia. El ruido de los cubiertos contra los platos, cómo te fue en el trabajo, normal y a vos, bien. Me pasas la sal, llamaron del banco. El gorgoteo de la bebida en los vasos, me llené, dale no comiste nada, te dieron tarea, acordate que mañana lo vas a buscar vos, ey comé, ey!!!!!

¿Cuándo se van a separar?

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

martes, 28 de agosto de 2018

XXII. Power gym


Jamás hasta esa tarde sus fantasías se habían relacionado con nada que tuviera que ver con un gimnasio. Nunca.

Si había algo que no le agitaba en absoluto la libido era el prototipo de chabón musculoso con la tablita de lavar y el ego suspendido en sus bíceps. A ella la ibas a conquistar con aspecto desgreñado, pancita de cerveza y una cuota razonable de ironía. Improbable que se cruzara al hombre de sus sueños entrenando (y para amante mejor alguien menos ególatra).

Ph. IG: @raichijk_daniel
Pero el tipo que ahora indicaba el próximo ejercicio tenía algo que le llamó la atención. Era nuevo, nuevísimo ese profe, morrudo, ojos negros y la voz tan ronca; marcaba el ritmo de cada movimiento con una cadencia que daban ganas de parársele enfrente, mirarlo fijo y decirle, con las pulsaciones a 150 por minuto, ¿vos estas provocando o me parece?

Bajo profundo, ordenó a su clase. La música al mango y ella tan al fondo del salón, tan testaruda y sudada, con la barra atravesando sus hombros, las piernas flexionadas y abiertas, con el resto de su energía a punto de expirar aunque decidida a obedecer.

No hubiera querido ese final tan penoso, tan obvio y patético. Pero. El calambre la dejó indefensa en la colchoneta. El se acercó, le cubrió con las dos manos el abductor y empezó a masajear.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

viernes, 24 de agosto de 2018

XXI. Loco de amor


Caminaba solo por una calle oscura de Almagro. Caminaba a contramano, de la calle y del mundo. Su mundo del revés donde empezaba a sentir que ya no tenía nada que hacer.
Ph. IG: @raichijk_daniel
Esa noche se cumplían diez años del abandono. Diez años detenido en el tiempo esperando que ella regresara. Su vida se había puesto en pausa aquel día en que el otro plato de comida qued
ó intacto sobre la mesa, junto a la copa de vino, la velita en el candelabro de plástico, el teléfono que ni sonó. Y un anillo de Plata 900, finito, todo lo que podía pagar, para pedirle casamiento.
Pasó del desconcierto al odio, a la tristeza, al llanto, a la negación, al desconsuelo. Hasta esa noche de aniversario en que decidió dejar de esperarla. Armó un bolsito mínimo, cargó la petaca, el atado de cigarrillos y se fue.
Caminaba solo por esa calle oscura cuando se cruzó con un vecino; lo paró y le preguntó: ¿Dónde queda el mar?

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor



martes, 21 de agosto de 2018

XX. Soberanía emocional


Se levantó liviana ese día. Un solazo entraba por el ventanal. Se preparó el mate, puso la radio, chequeó mensajes, comió un par de tostadas, regó las plantitas del balcón. Hacía un frío helado.
Ph. IG: @raichijk_daniel
A media mañana registró que llevaba horas sin pensar en él; que por primera vez en meses su cara no era lo primero que le venía a la cabeza al despertarse, lo último antes de rendirse al sueño. Y sonrió.
Era reconfortante la sensación de respirar hondo y que la exhalación no se convirtiera en suspiro. Tan incrédula de su repentina ingravidez que ensayó el ejercicio unas cuantas veces. Si, la opresión en el pecho se había esfumado.
Decidió abandonar el pijama, guardó las medias de lana en la cajonera. Se vistió decentemente, agarró la bici y salió a andar, sin rumbo fijo.
Inútil apurar los tiempos del desamor, un día indefectiblemente la tristeza desaparece.

 Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor

viernes, 17 de agosto de 2018

XVIII. Los mil y un besos


Todos en una sola noche. Una larguísima y hermosa noche que los vio enredarse entre las sábanas de su casa, la de ella.

Se besaron tanto. Pero tanto. Se besaron despacito, se mordieron los labios, la lengua, los dientes. Se besaron el cuello, los lóbulos de las orejas, la punta de la nariz, los párpados, las pestañas. Se lamieron los hombros, el ombligo, los muslos. 

Ph. IG: @raichijk_daniel
Se besaron la boca de nuevo. Se miraron, se comieron con la mirada y retomaron los besos. Las pantorrillas, los talones, los dedos de los pies. Las manos.

Durmieron un rato y en plena madrugada se despertaron a los besos. Y vuelta a empezar. Cuando llegó la hora de irse se besaron otra vez. Se besaron tan largo que eso no parecía una despedida sino una continuidad. No paraban. Ya no quedaba rincón para besar así que repitieron. Mil, mil uno, mil dos, otro rato interminable.

Ya había amanecido cuando por fin se fue. Y no volvió a llamarla.

Valeria Sampedro.
#microhistoriasdeamor