lunes, 18 de enero de 2016

#NiUnaMenos, el desamparo continúa..

La diferencia es cuando te pasa a vos. Cuando la amenaza de muerte, el golpe, los gritos, la humillación, la fuerza bruta del violento te sacuden de cerca y  gana el desamparo. Cuando el #NiUnaMenos deja de ser una consigna de lucha y se convierte en un grito urgente desesperado, donde la que está en riesgo es tu hermana, tu vieja, tu mejor amiga. Ahí no funciona el slogan -llamá al 144, animate a pedir ayuda-; necesitas la respuesta ya. Y vivis en carne propia esa historia a la que tantas veces le pusiste el micrófono. Salas de espera, horas de trámite, comisarías, juzgados.. para conseguir, con suerte, una medida de protección.

La que sigue es una historia real. Pasa ahora, pasó este fin de semana. Voy a llamar M a la víctima.

El sábado a la noche M volvía con su beba de 9 meses a su casa cuando vio que la esperaba en la puerta el padre de su hija. Habían peleado más temprano y él estaba enfurecido porque ella no contestaba el teléfono desde hacía horas. Primero fueron insultos, después empujones, patadas, hasta que la agarró del cuello y la amenazó de muerte. Una vecina vio la escena, en plena calle y llamó a la policía. El, cobarde, se escapó corriendo.

M fue a la comisaría e hizo la denuncia. Se la tomaron sin problemas, hasta la contuvieron y la llevaron a su casa en patrullero. Al día siguiente tocó ir a la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema. Excepto porque estuvo casi seis horas allí -en épocas de feria judicial hay baches entre los turnos y M llegó justo cuando terminaba el de las 18hs.- le brindaron excelente atención (psicóloga, asistente social, abogada, médico legista). Se fue de ahí con un papelito que acredita que su caso es de Alto Riesgo.

Ahora faltaba el derrotero judicial.

Esta mañana, el juzgado de turno (nro.25) dictó un mes de restricción de acercamiento al violento. Solo eso. M exigió también un botón antipánico, que primero le negaron y al rato terminaron cediendo, tanto protestar..

Ninguna de estas medidas está vigente todavía. Falta ir a buscar el botón a Barracas (sede de la Policía Metropolitana), además hay que ir a ambas comisarías (la que corresponde a la vícitima y la del “presunto” victimario) para notificarlas de la decisión del juzgado. No se olvide de llevar fotocopias de este papel, señora (fotocopias?! año 2016). ¿Sería mucho pretender que el juzgado notifique a la policía?

El dato menor -porque a las que viajamos en taxi, tenemos wifi y gps esto no nos pasa- es que todo el recorrido descripto (comisaria, ovd, juzgado y sede de la metropolitana) implicó colectivos, combinaciones de subte, cuadras y cuadras al sol, horas de espera. Siempre con la beba en brazos.

Todo, por un mes de tranquilidad. Después conseguite un abogado y fijate si podes ampliar la medida judicial, le aconsejaron antes de irse.

Mientras tanto, en estos dos días el teléfono no paro de sonar y mandar mensajes.
"Perdoname, me fui al carajo. Te quiero"
"Hija de remil putas atendeme”
"Tenes fecha de vencimiento”

Valeria Sampedro.

domingo, 1 de noviembre de 2015

El clítoris de Ayelén Paleo

Hablemos del clítoris de Ayelén Paleo. Ojo, no tengo ningún pudor sobre el tema y milito porque cada mujer haga con su cuerpo lo que se le cante, aunque verlo tan en primer plano, que me asalte un clítoris a la vuelta de una página de revista, debo reconocer, me resultó chocante. ¿Qué necesidad de exhibir tan abiertamente esa lonja de carne íntima y por demás sensible?

Claro que la revista en cuestión es Playboy. Pero pensaba, ahora lo escribo, que justo antes de anunciar el fin de los desnudos esto debe ser una especie de catarsis cárnica o bacanal vaginal.

La cosa fue así. Mi marido llega a casa con su ejemplar de Playboy y lo deja sobre la mesa, sin disimulo. Fueron las 20 preguntas a Agustina Kampfer (vestida) lo que le llamó la atención y por eso decidió comprarla. No dijo nada del clítoris de Paleo. Como es una publicación que no suelo consultar, cuando me dieron ganas de ir al baño la lleve conmigo. 

La experiencia fue más que interesante; para una feminista que no hace un culto de las axilas pobladas pero se permite recreos entre depilación y depilación, ver todas (T O D A S) vulvas depiladas me indignó un poco. ¡Denunciemos el desmonte femenino muchachas!

Pero volviendo a la exuberancia de Paleo, que no se guarda en esta producción de fotos ni un centímetro de insinuación –hasta se apoya el dedo índice en el borde de la boca, imagínense-, me pregunto qué clase de excitación, que efecto eréctil podrá causar este pequeño bandoneón de piel puesto en primerísimo plano, tan blanco, tan photoshopeado, tan desexualizado, sobre mi marido, sobre todos los maridos?

Fin de la disquisición. Es medianoche y me estoy yendo a dormir. Zapping previo por lo de Fantino, donde un día de estos irá Paleo a mostrarse, aunque ya no le queda nada por mostrar. 

Valeria Sampedro.

viernes, 23 de octubre de 2015

Feminista ¡a tu cocina!

Qué mandato ancestral de sumisión será el que nos devuelve a la cocina. Cómo es que un día aquel lugar del que aprendiste a huir en un acto reflejo de emancipación, de golpe te atrapa. La marca del delantal como estigma. Empoderarse ¿es pedir delivery?


Estoy atravesando un dilema existencial vinculado a mi flamante afición culinaria. Es raro, pero desde hace un tiempo no hago otra cosa que mirar canales gourmet, mi vieja moleskine se llenó de recetas y tips, el super se ha vuelto un paseo de compras, ahora uso sal marina. Ser activista de la lucha por los derechos de las mujeres durante el día y cuando cae la noche un encanto de ama de casa, horneando la cena, no parece aconsejable para una feminista en vías de desarrollo. ¡Si hasta me hice una huerta en el balcón! De pronto convertida en jardinera, mi cilantro, mi romero, mi menta, mi ciboulette.

Huevos rotos, con croutones y rúcula o sopa de calabaza con jengibre (las influencias palermitanas me han vuelto un ser sospechoso frente a la militancia más dura). El problema no tiene que ver con cuál de esos platos me sale mejor -los dos los hago riquísimos- sino con una culpa de género, una sororidad interior que busca rescatarme de la esclavitud del cucharon. La angustia del souflé sin grumos viene a empeorar las cosas en estos días de desasosiego y cuestionamiento permanente. No hay caso. Y me lanzo a picar cebollas, para llorar tranquila sin tener que dar explicaciones a nadie.

Hay algo de síndrome de Estocolmo en haber vuelto, sin que me llamen, al lugar doméstico que rechacé a modo de autodeterminación y libertad apenas descubrir a Olympe de Gouges y Simone de Beauvoir. El patriarcado debe tener que ver con todo esto, estoy segura. No parece casual que la tele se haya llenado de maestros chefs, pretendiendo invertir la carga de la prueba. Basta con hacer un poco de zapping al mediodía, mirar los canales utilísimos o ver el reality de Peluffo para entender que los varones coparon las hornallas. Y a una le da celos, hay que decirlo, verlos condimentar tan sueltos, dando consejos de cómo filetear un lenguado. A ver si encima de todas las batallas que nos falta librar a las mujeres, no tenemos que salir ahora a exigir el cupo femenino en la cocina. Paren muchachos, ese lugar ¡¡es nuestro!!

En plena introspección me asaltan por detrás los brazos de marido hechos abrazo para elogiar las costillitas de cerdo que acaba de comerse. Entendió todo y sabe al pie de la letra cómo desactivar mi remordimiento:

1.  se pone a lavar los platos
2. me tiende “La mano de Marguerite Yourcenar” un libro ¡de recetas! que revela cómo una intelectual que de hecho fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa era además una excelente cocinera.

Y pregunta, qué vas a querer que te regalemos para el día de la madre, amor? Entonces, el nudo en la garganta se deshace. Lo pienso, lo necesito, no debo. Sé que sería un gravísimo error pedir la minipimer. Me muerdo, no voy a decirlo... No lo digo.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en Revista Para Ti 23/10/15)

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Biblioteca feminista (mis libros marcados)

Hay un punto en el que ya no sabes si eso que leíste encarna a la perfección justo lo que pensas o si empezaste a creer en eso a partir de la lectura. ¿Importa? Creo que no mucho. Lo que sigue es un relato hecho de retazos -copia textual-, con las marcas de algunos libros que son parte de mi biblioteca feminista. Escritura patchwork.

Acaso no estamos siempre reescribiendo lo que ya escribió otro? Pues acá, una reinterpretación libre.

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Si hay una sola cosa que me hace tener esperanza en el futuro de la liberación de la mujer ha sido ver, a lo largo de los últimos años, la caída y ascenso de varios íconos femeninos. En muchos sentidos, es en las páginas de las revistas de moda y del corazón donde el nuevo capítulo del feminismo ha ido lenta, en incongruentemente, moldeándose. En el interregno, entre la emancipación femenina y el momento en que finalmente las mujeres de la política, los negocios y el espectáculo alcancen la verdadera igualdad, la cultura de los famosos es el foro donde analizamos y discutimos la vida, el papel y las aspiraciones de la mujer.
Se trata más bien de una línea de fuga de la fuga del control y del disciplinamiento entristecedor heterofascista que incluso nos coopta con esos deseos de ser alguien en esta vida: reconocimiento, trascendencia, prestigio, tener un nombre. De las famas, la única que interesa es la mala…
Hablo como proletaria de la feminidad. Hay como un orgullo de empleada doméstica al tener que avanzar con dificultad, como si fuera útil, agradable o sexie. Un goce servil. No sabemos qué hacer con nuestras potencias.
La mujer es el artefacto político que no consigue asumir la soledad, siempre en busca de quien la complete, de quien la ampare, la proteja, la cobije, la resguarde, siempre esperando algo que estimule su abúlico tedio existencial femenino hegemónico.
En una cultura que se reserva el derecho de humillar a las mujeres consideradas poco atractivas, un desesperado anhelo de belleza va inseparablemente unido al terror de que la belleza, poca o mucha, que cada una posee ya haya empezado a desvanecerse…
Las mujeres les dirigen a los hombres un mensaje tranquilizador `no nos tengan miedo´. Vale la pena llevar una vestimenta incómoda, calzados que traban el caminar, hacerse romper la nariz o hinchar los pechos, matarse de hambre. Nunca ninguna sociedad exigió tantas pruebas de sumisiones en las imposiciones estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. Toda mujer sabe que, por muchos que sean sus demás méritos, no vale nada si no es guapa. Llama la atención la explosión de look perra extremo adoptado por muchas chicas, que por otro lado les sienta muy bien. En realidad es una forma de disculparse, de tranquilizar a los otros, de tranquilizar a los hombres: “mira lo buena que estoy; a pesar de mi autonomía, mi cultura, mi inteligencia, sigo aspirando solo a gustarte”. Tengo la posibilidad de vivir otra cosa, pero decido vivir la alienación vía las estrategias de seducción más eficaces…
Lo más deprimente del falso albor del feminismo es que, mientras estábamos ocupadas celebrando victorias en gran parte imaginarias, el trastorno de distrofia corporal de ha convertido en una pandemia de alcance mundial.
El cuerpo de una mujer es el campo de batalla en el que lucha por su liberación. La opresión actúa a través  de su cuerpo, cosificándola, sexualizándola, victimizándola, incapacitandola…
A la mujer se le ha venido demandando resistencia, heroicidad ante la perspectiva de una agresión sexual. Para creerle a una mujer, los jueces pretenden que demuestre que fue lo suficientemente clara en la defensa de su “tesoro”, de su “honor”, de sus genitales, de la penetración. Con violencia, si es necesario, debe comunicarle de manera indiscutible al macho que lo rechaza. Si no lo hizo, entonces, no hubo violación. El varon pudo haber entendido que el suyo era un no “histérico”, por eso de que las mujeres dicen “no” cuando en verdad quieren decir “si”. Mientras no lleve su nombre, la agresión pierde su especificidad, se puede confundir con otras agresiones, por ejemplo con que te afanen, te lleven en cana, te demoren o te caguen a palos. Esta estrategia de la miopía tiene su utilidad. Porque a partir del momento en que una le dice violación a su violación, todo el aparato de vigilancia de las mujeres se pone en marcha.. Una mujer que aprecia su dignidad hubiese preferido que la maten. Mi supervivencia, en si, es una prueba que habla en mi contra. Solo a los psicópatas graves, a los violadores en serie que cortan conchas con botellas rotas, o a los pedófilos que atacan a las niñas, se les identifica  en la cárcel. Porque los hombres condenan la violación. Lo que practican siempre es otra cosa…



Todo esto podes encontrarlo esparcido en:

Caitlin Morán (Como ser mujer).
Virginie Despentes (Teoría King-Kong)
Leo Silvestri & Manada de Lobxs (Foucault para encapuchadas)  
Germaine Greer (La Mujer Completa)
Miriam Lewin, Olga Wornat (Putas y Guerrilleras)


sábado, 19 de septiembre de 2015

Código Infidelidad

La libertad también puede alienarte. Qué significa que de pronto un manual de convivencia urbana venga a decirte que ya basta de falsa moral, que el adulterio en todo caso podrá volverse una variedad amatoria pero jamás será causal de divorcio.

Es lo que plantea, palabras más o menos, el flamante Código Civil que acaba de entrar en vigencia en reemplazo de uno anterior que se moría de viejo (144 años tenía la versión original). Demasiado progre para una sociedad donde el amor se jura para toda la vida y todavía la gente se pone colorada cuando alguien dice la palabra sexo.

Un siglo después de habernos metido en la cabeza los deberes de la buena esposa y mejor madre, de haber sido cómplice de la cultura patriarcal que pedía un culpable por cada matrimonio fracasado, este librejo con rango de ley se renueva para sacudirte la estantería moral y habilita, sin castigo alguno, a tener un amante. ¿Qué se hace con esta sobredosis de albedrío? Hasta ahora yo sabía que si enganchaba a mi marido poniéndome los cuernos lo echaba de casa con juicio por alimentos y todo; además estaba la chance de denunciarlo por abandono de hogar, si el maldito llegaba a enamorarse. Con esto, ya perdió sentido revisarle el celular.

Las cadenas del matrimonio como institución se han roto para siempre. Los "esposos" pasaron a ser "contrayentes". Las mujeres, ¡señoras de nadie! se acabó la portación de apellido, desapareció el deber conyugal –ese régimen del coito tan usado como reproche en las peleas de pareja-; y para disolver una relación basta con que uno de los dos se decida. Divorcio exprés y a sola firma, pronto llegará una cédula judicial informando que esa pequeña sociedad acaba de ser formalmente aniquilada.

¡Hazlo si quieres! le dije a mi marido con la mirada fija y sin pestañar, para humedecer los ojos. Vete con otra, exageré ya casi lagrimeando. Pero debes saber, mi querido, que he de poner en práctica a partir de este momento toda mi militancia feminista, en pos de la igualdad de género en esta casa. La biblioteca completa de Jane Austin se me vino encima y pude hacer mi numerito encantador.

Inmediatamente después empecé a armar una lista de posibles amantes, decidida a asumir mi derecho a la infidelidad, sin más dilaciones. Revisé viejas cartas de amor, stalkeé entre los amigos virtuales, descarté a compañeritos de primaria -la mayoría arruinados, panzones y, los peor, pobres. Apunté algunos nombres. Puse una canción de Ricardo Montaner.


Algo pasó entonces. No sé explicarlo bien. Una serie de casualidades, el nene a casa de su abuela, mi tanga de voladitos aparecida desde el fondo del placard, la tele que se rompió, su barba de dos días, las sábanas recién cambiadas, un secreto al oído, la voz ronca de siempre diciendo otras cosas. Una mordida. La noche fue larga, larguísima. De nuevo despiertos hasta las 4, como al principio. Lo mejor de todo, es que después del pucho, se puso a calentarme los pies.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en revista ParaTi)

lunes, 3 de agosto de 2015

El fracaso de las "mujeres reales" a manos del bótox, las cirugías y el photoshop

Cada 20 minutos, en la Argentina una mujer entra al quirófano para agrandar o levantar sus senos. Al mismo tiempo, otras cinco se disponen en camillas a tratamientos no invasivos. Y dos más se alistan para algún otro retoque que les devuelva por un rato la autoestima: levantamiento de parpados, narices respingadas, lifting, aumento de glúteos, rejuvenecimiento vaginal. Cirugía a la carta y con financiación en cuotas. Ocho intervenciones cada veinte minutos. Veinticuatro por hora. (24 x 24) = 576 operaciones cada día. (*)
Hacerse, repararse, alisarse, alindarse. Vayan desechando cualquier ilusión sobre el fin de la tiranía del cuerpo perfecto. La belleza artificial sigue ocupando el trono en este reino de las apariencias.
“En los últimos años hubo un aumento en la demanda de cirugías estéticas, el incremento ha sido exponencial. Hoy en día cualquier mujer con un trabajo estable y tarjeta de crédito, puede acceder a una operación” apunta el Dr. Javier Vera Cucchiaro, presidente de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica. Y desliza: “La mujer argentina es muy exigente de resultados.”
Nos hubiera encantado venir a hablarles de un nuevo paradigma, con más flaccidez y no tanto bisturí; con rollos, estrías; y nuevas hermosuras. Pero no. Los desfiles de “mujeres reales” nacieron revolucionarios aunque pronto se convirtieron en una performance que con suerte llega a la tapa de las revistas una vez al año, en el Día de la Mujer, y cosecha aplausos de corrección política, mientras el minuto a minuto impone el parámetro de tersura que deben tener nuestros muslos.
“La belleza es una construcción cultural, normativa y antropológica. Desde Lacan, Foucault y Levi Strauss, la subjetividad femenina es una constante pregunta sobre cómo se construye la máscara de la belleza, como una identidad temporaria posible –explica la psicóloga Fabiana Barreda. La pregunta es si esas máscaras que son convencionales nos satisfacen, porque son crueles o, peor, aburridas y no permiten desplegar toda la fuerza y potencia creativa del deseo femenino”. En un rato, Fabiana volverá para cambiar el enfoque de la nota.
Mientras tanto, una feminista aguerrida como es Mabel Bianco, presidenta de la Fundación para el Estudio e Investigación de la Mujer, habla de modelos muy estereotipados y señala que el gran problema es que se cifra todo el éxito y la felicidad en el aspecto corporal. Por su lado Bárbara Guerschman, antropóloga que hace diez años se infiltró en una escuela de modelaje para su tesis sobre el mundo fashion, sostiene que el centímetro todavía funciona como carta de presentación y que la belleza es el capital puesto en juego. “Todavía el atractivo físico constituye un medio para afirmar la valía de la persona”.
¿Cuánto más vales con un par de implantes que te liberen de la dependencia adictiva del push-up? ¿Las ondas rusas nos harán ganar dos años de minifalda sin complejos? ¿Seguiremos pareciendo treintañeras con un poco de botox en las comisuras? ¿Cuántos días le robaré al almanaque con una buena dermoabración, mucha agua mineral y un par de aplicaciones de ácido hialurónico?
La respuesta está agazapada en los consultorios. “A la mujer le da más seguridad; ante su pareja, con las relaciones en general… de hecho uno percibe un cambio de actitud antes y después de la cirugía. Es como estar mejor vestido” afirma Juan Carlos Rodríguez, presidente de la Sociedad de Cirugía Plástica de Buenos Aires. Y ensaya un consuelo, dice que los métodos menos invasivos crecieron mucho y que esos tratamientos pueden retrasar una cirugía (¿¡no evitarla!?). “Ahora las pacientes prefieren hacerse algo natural. Hoy la tasa de busto que piden es 95cm, en la década del noventa la demanda era por arriba de 100. En realidad es el resultado que también preferimos los cirujanos”. Algo parecido piensa su colega Javier Cucchiaro y cuenta cómo las suturas van mutando al ritmo de los trajes de baño: “La mujer argentina no tolera cicatrices grandes. En los 90 estaban de moda las bikinis muy altas y las costuras en el abdomen se hacían de acuerdo a esa forma; ahora son muy bajas y tuvimos que modificarlas”. Pero lo que en realidad desvela a este hombre es la proliferación de chantas que prometen resultados capaces de igualar a un photoshop: “Lo más importante es la capacitación de los médicos. Nosotros como especialistas debemos aconsejar a nuestras pacientes. Es importante que se informen y hagan más de una consulta con cirujanos acreditados por nuestra Sociedad (SACPER)”. En cualquier caso, estamos hablando de un negocio multimillonario. Que factura -atención con el dato- por los menos 500 millones de pesos anuales sólo de implantes mamarios.
Todo pareciera confirmar el fracaso de la lucha feminista. El movimiento que les explicó a las mujeres que no debían dejarse esclavizar por la norma que impone un único modelo de belleza, sucumbió a la tentación de la piel de durazno. La trampa es dialéctica y figura en nuestro propio manual de combate: libertad de acción sobre el propio cuerpo.
Mabel Bianco, de FEIM: “Hay que revisar el costo que trae aparejado centrar todo en el aspecto físico. Y no me refiero a lo económico sino al costo emocional que implica para las mujeres correr detrás de un ideal inalcanzable y vivir pendientes del afuera”.
Barbara Guerschman, la antropóloga: “Los desfiles XL o las publicidades que muestran la belleza natural son iniciativas aisladas y hasta me atrevería a decir que algo cínicas. El photoshop va a seguir existiendo porque se sigue queriendo tapar aquello que se considera imperfecto”.
No es pesimismo. Son los números que hablan. De a montones, de a miles. Es la estadística la que viene a decirnos que todo bien con ese intento mediático de imponer los escotes chatos. Re gracias a Calu, Juanita Viale y Agustina Cherri, pero la Argentina sigue en el top ten de países con más cantidad de cirugías plásticas por habitante. Ocupa el puesto nro. 9, con más de 285 mil procedimientos estéticos -quirúrgicos y no quirúrgicos- según el último informe de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica, presentado a mediados de 2014. La cadena de montaje funciona a la perfección.
Ahí vuelve Fabiana Barreda, con los tacos de punta –literal-. Además de psicóloga ella es artista y teórica del arte contemporáneo. Su mirada pone patas para arriba esta nota. Lo primero que plantea es la necesidad de cortarla con el “discurso progresista” que condena las cirugías y señala al mejor estilo maestra ciruela lo que debería ser. Ella opina que la cosa es más compleja y que lo mejor que podemos hacer todos, y cuanto antes, es dejar de pelearnos con las mujeres operadas y empezar a cambiar desde los distintos ámbitos el modelo que nos lleva al quirófano. Menos moraleja, chicas. “Lo interesante es que el sujeto, en su singularidad pueda elegir su condición de construcción corporal, porque si no es como que ponemos a priori que la cirugía está mal. Creo que depende de cada caso y según el uso crítico que se le dé, eso puede funcionar o no funcionar. Después aparece la norma, la tendencia. Las cirugías hoy son una tekne más de autoconstrucción de la máscara, el problema no es en sí la cirugía sino para qué la usan las mujeres”. (Tekne vendría a ser la herramienta, tecnológica, científico-médica, que permite alcanzar ese patrón de belleza deseado/impuesto).
Mabel Bianco vacila: “Es cierto que las cirugías forman parte de la construcción del sujeto femenino, el tema es que se hace sobre modelos ajenos e impuestos, entonces termina siendo la construcción para los otros, no para una misma. Hay que trabajar la autoestima porque algo ahí está muy débil”.
Fabiana arremete: “En la vida real, las mujeres que no responden al canon son tan deseadas como una top model, eso se observa en las redes sociales. Hay tantos tipos de mujeres, como hombres que le pongan `me gusta´. Ese es un contramodelo que avanza también”. (¿podrá un like convertirse en algo más que una adicción egocéntrica?). “Yo trabajo con fotografía, uso el autorretrato como forma de expresión. Creo que cada una se reinventa desde el autorretrato… Lo que ofrece el arte, como estrategia política, es la mirada crítica de poder usar una cámara, o lo que sea, para plantarse desde donde uno cree que es bello. Desde donde uno éticamente quiere ser amado, o quiere sentirse estable emocionalmente con su propio esquema corporal. Pienso que si construimos imágenes de mujeres mayores de 50 no operadas, se empezaría a generar una nueva forma de legitimación que todavía no circula”.
Mabel de nuevo. “Hay que  entender la belleza es algo integral y no sólo físico. Que el bienestar radica en no vivir pendiente de la belleza física y que si nos dedicáramos más a estar bien con nuestro espíritu nos verían más lindas, no meramente por estar con la nariz más respingada o tener más o menos lolas. Pero para eso debemos privilegiar nuestro equilibrio psicofísico”.
Por último Fabiana. “Esa búsqueda de fundar una identidad bella con lo que hay de tu cuerpo es la clave para pensarte, como vos podes crearte, recrearte físicamente. Ahí es donde yo siento que hay una opción”.

(*) Informe anual 2014 de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética (ISAPS)


Valeria Sampedro
(nota publicada en Revista Sophia edicion Invierno/15)


sábado, 18 de julio de 2015

Mi feminismo puesto en jaque por un cuerito, o el poder empoderador de la UOCRA

Un cuatrimestre en la UOCRA puede lograr empoderarte más que diez años de militancia feminista de base. No es joda. El dato me llega tarde; justo después de mi queja indignada por la estafa de un plomero de barrio que se hizo el día con la destapación de mi rejilla. Tres pelos saco Oscar del ínfimo sumidero del baño. Ponele que cuatro. No le llevó más de diez minutos –ni cinta de acero, ni máquinas especiales- pero me cobró 450 pesos. (¡45 mangos el minuto!)

Y yo que creía ser una mujer moderna por tener en mi heladera el imán de un arreglatutti y así no depender de la voluntad obrera de marido intelectual, manos de seda. Atrapada en mi propio discurso no puedo decir ni A, que marido no sienta culpa de macho por ignorar cómo se cambia un cuerito es también igualdad de género. En fin…
“Tengo mega dato de plomería! La UOCRA abrió en Almagro un curso muy barato, menos de 100 pesos por mes” me escribe Diana, una amiga. Me está invitando. Pienso en desagües, filtraciones, termofusión. No logro imaginarme manipulando una llave inglesa, sin embargo Diana lo dice exultante, dispuesta a hacerlo de verdad; a comprarse su valijita de herramientas. A no permitir que un esposo de alquiler pretenda solucionar su vida doméstica a precio vil. Decidida a pelear, si es necesario, por el cupo femenino en ese cursillo pensado para varones aunque se jacte de ser para todos y todas (ya le pasó en un taller “mixto” de mecánica automotriz que era la única mujer en una clase de 40 tipos). Diana es una auténtica guerrera -no esta versión timorata de compromiso por la igualdad de género de quien escribe. Ella se le anima a la UOCRA.

Le doy mil vueltas a la idea. Busco argumentos, excusas, bibliografía, mientras no puedo sacarme de la cabeza que gasté fortunas en mi esmalte importado textura volcano y brillo sensacional. Es en la biblioteca de mi hijo, tres años, donde encuentro la respuesta; el germen de este equívoco: una colección de cuentos de la Librería de Mujeres, que bajo la consigna “Yo soy igual” cuenta historias de mamás electricistas, albañiles, referís. Arrebatos de mi primavera feminista cuando, con un lactante a cuestas, salí a comprar libritos, música y juguetes no sexistas.
Que quede claro, no reniego de este esfuerzo tan voluntarioso y obstinado que tenemos las mujeres por demostrar que podemos hacerlo todo y más. Lo que me jode es que todavía buscamos la paridad intentando igualarnos a ellos, pero qué tal si además nos sacamos de encima el mandato de los presuntos quehaceres femeninos (casi siempre domésticos). ¿Por qué no hacer una versión de esos cuentitos con varones de grandes sonrisas lavando platos, cosiendo dobladillos, haciendo la listita de las compras. Y con minitas deslumbradas ante semejante símbolo de masculinidad.


Cuestión que a los pocos días mi otro baño empieza con su rejilla a borbotones. El hombre manos de seda ni se inmuta; agarro la sopapa, tiro fuerte del manojo de pelos que resiste desde el otro lado de la cañería, logro vencerlo; el agua baja por hoy, por un rato. Sé que va a volver, con su olor pestilente de cloacas. Y me decido. Diana será mi próxima plomera de confianza. Al final sí que soy una auténtica luchadora por la igualdad de género.

Valeria Sampedro.
Nota publicada en ParaTi (edicion 17/7/15)