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lunes, 27 de marzo de 2017

El Club de las EX

No se cómo pasó. Ni qué fue primero, si la empatía o la curiosidad. Pero un domingo hace poco, un domingo de esos en los que te la pasas tirada en el sillón, chocolate, zapping, siesta, de pronto me encontré chateando con una ex. Mejor dicho, una ex de mi ex.
Nos conocíamos apenas de las redes, sabíamos la una de la otra, manteníamos una distancia higiénica, favearnos de vez en cuando, una vez me había contactado por laburo y no mucho más, pero esa tarde de domingo nuestro chat ardió. Ni se les ocurra delirar una historia erótica. Lo más cerca que estuvimos de eso fue haber compartido el mismo sommier en distintos momentos de la vida.

-Hola! Gracias por escuchar el material. Fueron días intensos, me separé”
-… (ni se me ocurrió decirle que ya estaba enterada porque la había stalkeado recientemente)
-me tomé vacaciones y estoy tratando de descansar. No quiere verme, ni me habla. Viste cómo es él...

A veces la sororidad puede volverse una trampa. (Sororidad: del latín Sor, nada que ver con la religión sino con la idea de mujeres hermanadas bajo una misma causa, pongamos la lucha antipatriarcal). Ese mandato solidario supone un pacto que nos pone a salvo, sabemos que ahí donde otros ven una rival, nosotras tenemos una aliada.

Una hora y media estuvimos. Nos contamos TODO. Hablamos del departamento que compartimos (con él), del barrio, de nuestros hijos (el de ella y el mío), de música y hasta de la señora que iba a cocinar(nos) cada quince días. Me confesó que al principio estaba muerta de celos conmigo. Hablamos de laburo, de feminismo, de las miserias del mundillo y casi terminó invitándome a un concierto que –seguro- me iba a encantar porque “al final somos re parecidas” sentenció. Debo decir que un poco me incomodó ese guiño de “sabes de qué te estoy hablando”, esa repentina intimidad que a veces se da con un desconocido y nos deja un poco perplejas y otro poco fascinadas. Le hubiera dicho ´ay no, ni idea, conmigo él era distinto, además ya me olvidé de esa historia´ pero lo cierto es que podía entender perfectamente qué me estaba diciendo. Quién mejor que yo para comprenderla, si había estado ahí. Creo que en otras circunstancias hasta podríamos habernos hecho amigas. Pero aliarme con la mujer que acaba de divorciarse de mi último ex me pareció un demasiado, así que suspendimos el café.

Después me quedé pensando en la cantidad de veces que dilapidé mi sororidad con cualquiera y sentí un poco de culpa. He estado en cumpleaños donde la agasajada había sido amante de mi entonces pareja, ellos a los abrazos y yo, regalito en mano, sobreactuando encanto a sabiendas de esa amistad licenciosa que por supuesto todos en la fiesta conocían. Otra vez me tocó entrevistar a una actriz, mujer de un galán con el que había experimentado hacía tiempo una desventura sexual. Le sonreí todo el rato mientras pensaba que las dos sabíamos que ese novio suyo tenía el pito corto.

Por supuesto que hay excepciones y si vas a hacerte amiga, que sea con la ex de tu actual. Llegué a comprarle la parte de un auto que era bien ganancial, hemos compartido fiestas escolares, campeonatitos de fútbol, ronda de mate en plan familia ensamblada y cada tanto hasta nos cuida al nene para que podamos salir con mi marido, cuando nos falla la niñera.

Creo que a esta altura ya podríamos armar un club. El Club de las Ex. ¿La sororidad no era esto?


Valeria Sampedro.
Nota publicada en Revista ParaTi el 25/3/17

miércoles, 22 de febrero de 2017

Peligro, niño en vacaciones (y yo que no puedo con todo!)

Advertencia a las lectoras: Si a lo largo de esta columna aparecen frases sin terminar, ideas repetidas o inconexas, sepan comprender que mientras tecleo hay un niño entre mis piernas. No, no estoy pariendo. O sí: estoy pariendo las vacaciones de mi hijo sin colonia. 

Menos mal que tengo sólo un pibe, empleada y departamento con amenities. Sin embargo, son las seis de la tarde, la niñera acaba de salir corriendo con la puntualidad de un maestro relojero y Julián me mira fijo a ver cuándo mamá larga la compu y se digna a jugar con él. Pero mami, que en sus ratos libres es periodista, tiene que entregar esta columna y necesita ponerse a escribir. Dale Juli, entretenete un ratito solo ¡porfi!

Entre frase y frase ya jugamos a las escondidas, lo puse a dibujar a toda la familia, fuimos a dar una vuelta en bici, sacó la masa, los bloques, los autitos, los bolos; hicimos lucha de superhéroes, me desafió al veo-veo, le atajé penales en el living. Y ahora qué hacemos, pregunta con ojos brillantes de ansiedad.

&/()=TYL$K”WIS#OEK”I~O$%RTLF9dsufjslkñ Es él, de nuevo acá. Andá a regarme las plantitas, ya voy.

La diversión rentada incluía pileta, juegos, merienda, un deporte con pelota por día pero costaba 6 mil quinientos pesos el medio turno ¡por mes! y nos pareció oportuno dejar a nuestro hijo experimentar el aburrimiento. Habíamos leído varios artículos sobre los beneficios del ocio en vacaciones, de cómo saturamos a los pibes de actividades que los estresan en lugar de dejarlos atravesar el hastío, que de ahí nace la creatividad, se estimula la imaginación y no sé cuántas otras pavadas que afirman desde sus escritorios estos especialistas de la vida ajena que, me la juego, no tienen niños. Yo no sé ustedes, pero el mío pasa diez minutos sin hacer nada y empieza a dar vueltas por el living, mira sus juguetes con desgano y se desploma en el sillón agotado de pereza. Acá la única que se quema el bocho pensando mil formas de entretenimiento soy yo. Eso sí que es creatividad. Si fuera por él, a sus cinco años viviría absorto frente a una pantalla: de la tele a la tablet, de ahí al celu y vuelta a ver dibujitos (Ya que estamos: hay alguna chance de que lo creadores de Peppa Pig estrenen nuevos capítulos?! Podría recitar de memoria los guiones de las últimas cuatro temporadas).

Cri, cri…
Llevo cinco minutos sin escucharlo. Estoy entre la preocupación de qué estará haciendo y el tipeo frenético, tratando de ganar tiempo, de avanzar con mi columna –la editora ya me mandó un wathsap con el ultimátum, si no le llega el material en media hora cierra sin mí-. De pronto veo por el rabillo del ojo al pequeño punguista sacar sigilosamente mi teléfono de la cartera. La droga capaz de calmarlo está ya en sus manos. Y una, ciertamente progre, tan afecta a los juguetes de madera ecológicos, didácticos, igualitarios; una que hasta ahora intentaba resistir el embate alienante de las consolas de juegos, se da por vencida, exhausta después de haberlo intentado todo. La verdad, no sé cómo han hecho mis amigas para lograr que sus hijos se pasen una tarde leyendo a Julio Berne (¿será cierto?), mi Julián llora cada vez que un paquetito trae un libro de regalo y no hace más que pedir La Play cuando le toca pensar un deseo. Creo que ha llegado el momento de terminar con esta pretensión absurda de negar la realidad virtual. En cuanto entregue esta nota pienso ir hasta la casa de electrodomésticos a comprar un poco de felicidad para mi hijo. Y algo de paz para mí.



Valeria Sampedro.
Nota publicada en la revista ParaTi el 10/2/17

viernes, 23 de octubre de 2015

Feminista ¡a tu cocina!

Qué mandato ancestral de sumisión será el que nos devuelve a la cocina. Cómo es que un día aquel lugar del que aprendiste a huir en un acto reflejo de emancipación, de golpe te atrapa. La marca del delantal como estigma. Empoderarse ¿es pedir delivery?


Estoy atravesando un dilema existencial vinculado a mi flamante afición culinaria. Es raro, pero desde hace un tiempo no hago otra cosa que mirar canales gourmet, mi vieja moleskine se llenó de recetas y tips, el super se ha vuelto un paseo de compras, ahora uso sal marina. Ser activista de la lucha por los derechos de las mujeres durante el día y cuando cae la noche un encanto de ama de casa, horneando la cena, no parece aconsejable para una feminista en vías de desarrollo. ¡Si hasta me hice una huerta en el balcón! De pronto convertida en jardinera, mi cilantro, mi romero, mi menta, mi ciboulette.

Huevos rotos, con croutones y rúcula o sopa de calabaza con jengibre (las influencias palermitanas me han vuelto un ser sospechoso frente a la militancia más dura). El problema no tiene que ver con cuál de esos platos me sale mejor -los dos los hago riquísimos- sino con una culpa de género, una sororidad interior que busca rescatarme de la esclavitud del cucharon. La angustia del souflé sin grumos viene a empeorar las cosas en estos días de desasosiego y cuestionamiento permanente. No hay caso. Y me lanzo a picar cebollas, para llorar tranquila sin tener que dar explicaciones a nadie.

Hay algo de síndrome de Estocolmo en haber vuelto, sin que me llamen, al lugar doméstico que rechacé a modo de autodeterminación y libertad apenas descubrir a Olympe de Gouges y Simone de Beauvoir. El patriarcado debe tener que ver con todo esto, estoy segura. No parece casual que la tele se haya llenado de maestros chefs, pretendiendo invertir la carga de la prueba. Basta con hacer un poco de zapping al mediodía, mirar los canales utilísimos o ver el reality de Peluffo para entender que los varones coparon las hornallas. Y a una le da celos, hay que decirlo, verlos condimentar tan sueltos, dando consejos de cómo filetear un lenguado. A ver si encima de todas las batallas que nos falta librar a las mujeres, no tenemos que salir ahora a exigir el cupo femenino en la cocina. Paren muchachos, ese lugar ¡¡es nuestro!!

En plena introspección me asaltan por detrás los brazos de marido hechos abrazo para elogiar las costillitas de cerdo que acaba de comerse. Entendió todo y sabe al pie de la letra cómo desactivar mi remordimiento:

1.  se pone a lavar los platos
2. me tiende “La mano de Marguerite Yourcenar” un libro ¡de recetas! que revela cómo una intelectual que de hecho fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa era además una excelente cocinera.

Y pregunta, qué vas a querer que te regalemos para el día de la madre, amor? Entonces, el nudo en la garganta se deshace. Lo pienso, lo necesito, no debo. Sé que sería un gravísimo error pedir la minipimer. Me muerdo, no voy a decirlo... No lo digo.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en Revista Para Ti 23/10/15)

lunes, 8 de junio de 2015

Cómo ser una feminista comprometida y laburar en tele (mi nota ParaTi)

Me compré estos anteojos Bafici, con marco de acetato rojo, para inaugurar mi etapa como periodista gráfica. El óptico me prometió con ellos una mirada más aguda de la realidad. Complejos de chica de tele. Si voy a tener una columna propia ¡sobre feminismo! en Para Ti, necesito dar intelectual. Ser pero también parecer. Ya lo dice Mirtha, como te ven te tratan.

Quizás ni me conozcan, pero llevo más de diez años pateando la calle como cronista. Una década de coberturas de lo que se te ocurra, movilizaciones, paros, incendios, paritarias, sesiones maratónicas del Congreso, maratones de fin de semana, piquetes, granizo, el precio del tomate, inseguridad. La cultura noticiero es así. Diletante. Sabemos de nada, un poco. El mérito es que no se note. Con algo de picardía (y un escándalo menor) cualquier cronista avispado puede llegar a convertirse en celebridad. Si no mira Robertito.

Dice Birdman, mi superhéroe de la madurez, que la popularidad es la prima bastarda del prestigio. Así que le hice caso, me compré una pluma y un cuaderno de ideas.; para que las mieles de la cámara no boicotearan mis incipientes ambiciones feministas. La tele te da canjes y un montón de seguidores en tuiter. Pero escribir puede mejorar notablemente tu reputación.

El puerperio tuvo mucho que ver con mi militancia por la igualdad de género. Tres meses de cautiverio, en camisón y con los ovarios a flor de piel. Escribir descalza, encorvada, en bombacha y con lagañas. Entre teta y teta; entre pañales y olor a vómito. Contra las imposiciones de la moda, el acoso insufrible de los piropos, la justicia patriarcal, el lenguaje sexista. Escribir sobre femicidio, prostitución, aborto. Pero se terminó mi licencia, recuperé el peso y (con él) mi talonario de vouchers para conseguir ropa, zapatos y un baño de keratina gratis por mes. Creí que era el final, y entonces tuve la revelación: el maquillaje HD puede convivir perfectamente con un ejemplar de bolsillo del Segundo Sexo. Nuestras carteras dan para todo.

El tema es poner el cuerpo. Si algún día vas a la plaza a quemar corpiños, no lleves el del bretel estirado y con pelotitas, saca el push-up. Ese es un gran punto de partida. Y ventilar las miserias del enano machista que (todas) llevamos dentro. Hacerse cargo.


Por otra parte, no existe el manual de la buena feminista. Sólo Fridda Khalo puede llevar el bigote con altivez, el resto hacemos lo que podemos. Yo soy capaz de pasar el invierno entero sin depilarme las piernas y con los primeros soles de la primavera dejarle mi sueldo entero a Raquel, una reina de la cera negra, especialista en tiras de  cola. Puedo denunciar a los gritos la tiranía de los patrones estéticos subida al rascacielos de mis plataformas. O ponerme a cocinar las recetas de doña Petrona sin ningún remordimiento de pasar una tarde encerrada en la cocina. Soy la que contó en su blog que hacía colecho con un pequeño electrodoméstico que se ocupaba de sus orgasmos (chicas, posta. Siete velocidades, ocho centímetros, doce cómodas cuotas. Nunca subestimen a un micropene con ínfulas de semental). La misma que, creyendo hacer una defensa acérrima del derecho al placer de las mujeres, llegó a la portada de los sitios chimenteros y le dio de comer al machismo más retrogrado. Soy todo eso y más. Soy un manojo de incoherencias pero te puedo asegurar que me siento recontra comprometida con la causa. Mas ahora, desde que uso mis flamantes anteojos marco de acetato rojo y soy una chica ParaTi.


Valeria Sampedro.
Nota publicada en ParaTi, seccion Selfies (mayo/2015)

jueves, 5 de marzo de 2015

Feminismo de pasarela

“Es muy fácil hablar pistoladas (boludeces) y criticar a otras mujeres. No hacen más que ratificar lo que Freud llamaría envidia femenina y que se deja sentir cada vez que una mujer agrede a otra por el hecho de ser bella o arreglarse. Al feminismo le falta crecer y madurar muchísimo para repensar el posicionamiento de las estructuras sociales”.

Con ustedes, Eva Herbert. Veinticinco años recién cumplidos, modelo, psicóloga y… ¡feminista! Qué tenemos que decir de una piba que soñó con la coronita, llegó a las pasarelas y un día se puso a estudiar una maestría de género. Y qué si no se trata de la redención de una mannequin arrepentida. Si su afrenta no nace del despecho sino de un genuino interés por revisar cómo nos opera el patriarcado. Más grave todavía. Qué tal si esta modelito venezolana en pleno ejercicio de sus funciones, entre flashes y sonrisas de photoshop, sale a marcarle la cancha nada menos que al Instituto de la Mujer de su país y lo tilda de hipócrita (hay que tener la triquini muy bien puesta para eso).

Este es el momento en el que las militantes más acérrimas se rasgan las remeras hasta quedar en tetas y exhiben en sus torsos desnudos la advertencia: “Patriarchy is not dead“. Estoy a punto de sumarme, las manos aferradas al borde de la musculosa, pero no me ayuda el escote -85cm es muy poco para que un topless merezca ser exhibido- y además cargo con mi propia contradicción de haber conducido un noticiero en el prime time, aunque sólo se haya tratado de un reemplazo veraniego.

Paréntesis catártico ahora mismo. Poner la cara como presentadora de noticias en un canal de aire, horario central, implica, además de estar bien informada y tener capacidad de síntesis, deponer todas tus ínfulas de activismo de género ante un comité de estética que decretará la emergencia fashion –perchero repleto de musculosas, minifaldas, taco aguja, una orden de maquillaje HD, performance capilar- y una clase exprés con coach actoral que indefectiblemente indicará coquetear con tu compañero varón. Eso, más el diabólico teleprompter que se tiene preparado todo lo que vas a decir desde el momento en que se encienda la luz roja. ¡Y guay con pretender tener una idea propia!

Perdón Eva, en qué estábamos. Ah, si..
-¿Cómo es que terminas convertida en una modelo-feminista?
Desde adolescente quise ser modelo, pero mis padres siempre priorizaron el estudio así que debía terminar la universidad antes de ponerme a desfilar. Ya avanzada la carrera hice varios intentos en agencias de modelos, aunque casi todos fallidos. Mientras, realizaba mis labores políticas, sociales y culturales en la facultad, por ejemplo hice un proyecto de campaña contra la violencia de género que recibió varios premios. Eso marcó el comienzo de mi trabajo por y para la feminidad. En 2009 quedé finalista en el concurso Elite Model y eso me aseguró un puesto en la agencia que lo organizaba. Comencé a ir a castings, hice comerciales de televisión, campañas en revistas y desfiles. Así fue que el modelaje y el feminismo aparecieron en mi vida, se fueron desarrollando a la par.

-¿Nunca entró en crisis esa "doble vida"?
Si te soy sincera, en algún momento llegué a confundirme. No es fácil leer a Germaine Greer y Simone de Beauvoir, entre muchas otras autoras que explican cómo el cuerpo de la mujer ha sido convertido a lo largo de la historia en objeto mercantil, sexual y propenso a abusos, mientras tú has sido imagen de un sinfín de marcas en traje de baños, photoshopeada y siempre expuesta a la mirada de los demás. Sin embargo pensaba que tenía que ser “válido” el hecho de que yo fuera modelo y feminista al mismo tiempo, no podía ser tan antitético si ambas tareas las había llevado sin problema alguno. Hasta que fui despedida de una institución del estado (Inamujer) por ser modelo y algo me hizo click. De pronto apareció la respuesta: ¡porque me da la gana! Soy feminista y modelo por dos razones: porque quiero y porque puedo. Yo tengo muy claro quién soy y no considero que lleve una “doble vida” porque no tengo nada que ocultar.

El episodio que menciona Eva fue a mediados del año pasado. El Instituto de la Mujer de Venezuela buscaba una coordinadora para su Centro Integral de Atención y ella aplicó para el puesto con su CV y aptitudes de sobra. Aunque el idilio duro apenas una semana. "Yo tenía un compromiso adquirido previamente para un desfile, solicité permiso para ausentarme dos días dejando en claro que iba a trabajar de modelo y me lo aprobaron. Pero cuando volví me informaron que estaba despedida. Les parecía contradictorio que una modelo ejerciera el cargo, dijeron que no se correspondía con los valores de la institución. Que ser la imagen de marcas capitalistas no congeniaba con la labor de un organismo socialista. Así que me ofrecieron un puesto menor para `no desperdiciar mi talento`, pero que no tuviera exposición mediática y yo me negué a semejante ridiculez” apunta enérgica, señorita Herbert.

-En la carta (a Inamujer) que hiciste pública tras el despido vos hablas de un feminismo hipócrita..
Es que unas supuestas feministas ocupando puestos jerárquicos en una institución estatal abocada al trabajo por las mujeres no pueden llamarse así sólo porque salgan a marchar o tengan un cargo, tienen que demostrarlo con sus acciones sororarias. Cuando impides que una mujer ocupe un espacio de poder porque es modelo, estás poniendo en duda sus habilidades y competencias profesionales, eso no es feminista. ¡Eso es hipocresía!

Lapsus tuitero. Nada que ver con nada. >>¿Se puede andar con el centímetro a cuestas, la pinza de depilar, el rímel y un ejemplar del Segundo Sexo en la cartera? #EsPregunta >>

Hablemos de incoherencias. Venezuela tiene el récord de bellezas coronadas a nivel global. Es el país con más concursos de Misses y se ocupa de entrenar a sus mujeres, desde chiquitas, para competir en certámenes donde las más lindas tendrán asegurado el éxito.
Para mí son espacios relativos, dirá Eva. “Yo he estado en concursos de modelos (Elite Model y Chica E!) donde si bien la belleza importaba, también requerían portar otros atributos. Sólo quien haya participado con un objetivo claro y definido de lo que quiere lograr sabrá decirte cuán divertido, enriquecedor y placentero puede resultar. No tengo nada en contra de estos concursos y además seguirán estando porque son parte de nuestra cultura, al menos en Venezuela. El problema es la lectura que le dan quienes creen que una mujer, por exponerse en traje de baño, merece ser objeto de burla y discriminación. En mi opinión, ¡la belleza muy poco tiene de banal! Yo entiendo, aunque no comparto, la posición de muchas feministas que combaten la explotación de los cuerpos femeninos instaurada en múltiples dispositivos culturales. Pero cuando una mujer denigra las decisiones u opiniones de otra compañera pasa a ser tan violenta como cualquier patriarca retrógrado de esos que enfrentamos”.

-¿Hoy evaluas presentarte para Miss.. algo?
Como modelo siempre he estado abierta a escuchar y estudiar nuevas propuestas y si entre ellas está la posibilidad de participar en el Miss, bienvenida sea.

-¿Y cómo planeas tu futuro profesional?

Actualmente estoy dirigiendo una plataforma motivacional que promueve la autoaceptación corporal. Un emprendimiento que se nutre de mis conocimientos en psicología, mis estudios de la mujer y experiencia en el ámbito de la moda y la belleza, para ayudar a las mujeres a redimensionar el valor que se le da a la apariencia física. Una propuesta desde la feminidad, que brinde atención y herramientas para que ellas salgan a la calle cada vez más seguras de sí mismas. Al mismo tiempo espero seguir modelando, crecer como animadora. Y seguir formándome, para que las palabras de una chica de 25 años que es modelo, no sean menospreciadas sólo por ser considerada bella para algunos. Y esto que te digo no puede más que demostrar que todavía existen muchos estereotipos que derribar.

Valeria Sampedro.

miércoles, 25 de febrero de 2015

"Teoría KingKong" de Virginie Despentes, la bestia

Esos libros que te sacuden desde la primera página. Urgentes. Que te interpelan hasta explotarte la cabeza. Que te obligan a agarrar una birome, un lápiz, lo que sea y subrayar, tachar, sacar flechas para todos lados. De esos libros, que una se devora famélica, es Teoría KingKong de Virginie Despentes, la más punk de las feministas. Ciento veinticinco páginas a las que le pone el cuerpo, de manera bestial.



De mi ejemplar marcado:
“Escribo desde las feas, para las feas, las viejas, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas… las excluidas de la gran feria de las que están buenas”

“Le tengo bronca a una sociedad que me educó sin nunca enseñarme a herir a un hombre si me abre las piernas por la fuerza… La violación fabrica a las mejores putas”

“El orgasmo femenino hace su aparición en el lenguaje común a partir de los años 70 y rápidamente lo volvieron en contra de las mujeres. Primero al hacernos entender que fracasamos si no acabamos, después porque los hombres se apoderaron de él: es por ellos que la mujer debe acabar”


“…porque el ideal de mujer blanca, atractiva pero no puta, bien casada pero no relegada, que trabaja pero que no es tan exitosa como para humillar a un hombre, flaca pero no neurótica por la comida, que sigue indefinidamente joven sin que le desfiguren los cirujanos, que se siente plena de ser mamá pero no es acaparada por los pañales ni los deberes de la escuela, buena ama de casa pero no sirvienta. Esta mujer blanca, feliz, que nos ponen siempre frente a los ojos, que deberíamos esmerarnos en imitar, más allá de que parece aburrirse mucho, de todas formas nunca me la cruce. Creo que no existe”

viernes, 12 de septiembre de 2014

El patriarcado estético, o cómo nos quemaron la cabeza.

Yo mujer. Yo feminista, libertaria de almas cosificadas salgo a la calle -dedo acusador en alto- y tomo nota. Necesito material para mi blog. Publicidades sexistas, incumplimiento de la ley de talles, pegatina prostibularia, piropos acosadores. 
El periodismo de denuncia me sienta bien.

Agazapada frente a la vidriera de un local de lencería, mientras apunto mi diatriba en contra de los push up y las tanguitas cinthia fernandez, se aparece Griselda reflejada en la marquesina de la parada del 39. Es la cara de la nueva línea de ropa interior Selú. La ves, la escrutas -cada centímetro de ese pedazo enorme de afiche- y se te dibuja una mueca maligna, un extraño regodeo ante la textura de una piel sin photoshop: lunares, un pliegue, el asomo de una estría. De pronto algo incomoda. Doblemente me incomoda. No tanto que la Siciliani tenga imperfecciones, sino ¡que Selú decida mostrármelas!

Qué clase de síndrome de Estocolmo me hace sentir estafada si mi celebrity se atreve a exhibir un rollo. Porque podemos soportar a un puñado de señoras gordas jugando a ser modelos por un día y haciéndonos creer que el mundo fashion tomó conciencia de los estragos que viene haciendo en nuestras cabezas -la chusma de peluquería que llevamos dentro celebra la idea de un desfile con mujeres reales una vez al año y auspiciado por el suplemento femenino del diario- pero déjennos seguir creyendo que esos culos de tapa son posibles. Si esto es una utopía… quiero morir en ella!

El sociólogo Pierre Bourdieu habla sobre ese estado permanente de inseguridad corporal y lo llama alienación simbólica. El daño está hecho. Queda el escarnio público. O salir corriendo a abrazar a Griselda por su valentía, por su insolencia y su autoestima. Gracias Gri.

Valeria Sampedro.

viernes, 23 de mayo de 2014

Aborto: cuando la decisión está tomada

Cada año, medio millón de mujeres aborta en la Argentina. La cuarta parte son menores de edad. En esa franja vulnerable trabaja Sandra Vázquez, médica de la primera consejería creada para dar respuesta a adolescentes con embarazos  no deseados. Cómo es ejercer justo en el límite entre la desesperación y la ilegalidad.


-Si esto es una consejería, ¿podríamos decir que sos una especie de consejera del aborto?
-Ni se te ocurra, hasta la palabra consejería preferimos evitar. Mejor hablar de asesoramiento del antes y el después. A algunos les cuesta entender, pero se trata simplemente de brindar información sobre lo que implica interrumpir un embarazo para que, si ya tomaron la decisión, no corran riesgos con la metodología que vayan a utilizar.
Sandra Vázquez es ginecóloga, tiene 51 años y desde hace 23 trabaja en el Servicio de Adolescencia del Hospital Argerich, el primero que implementó, en 2004, una oficina de atención especial para chicas en situación de aborto. Cada semana llegan hasta ahí de tres a cuatro chicas, que oscilan entre los 10 y los 21 años, quedaron embarazadas y necesitan ayuda.
“Lo que sabemos es que la mujer que está decidida a interrumpir el embarazo, lo va a hacer tenga o no la ley a favor. Nosotros tratamos de respetar la decisión autónoma de la paciente, sea cual fuere, sin juzgarla. Por ejemplo, si viene una adolescente embarazada de 15 semanas, le explicamos que cualquier cosa que haga va a implicar un riesgo para ella, y le hablamos de otras opciones, como puede ser dar en adopción al bebé. Si nos dicen que se van a poner una sonda, les advertimos el peligro que ese método implica. Y cuando llegan con el dato de ‘la medicación’, lo que hacemos es orientarlas para que utilicen la dosis adecuada, y no hagan disparates”.
La ‘medicación’ de la que habla la doctora Vázquez es el misoprostol, una droga indicada para el tratamiento de las úlceras gástricas que sirve también para inducir contracciones uterinas. El uso de esta pastilla como método abortivo se convirtió en una tendencia en los últimos años, sobre todo entre las adolescentes. Tanto, que cambió la incidencia de atención en los hospitales públicos: disminuyeron las infecciones y hemorragias graves por abortos provocados y aumentaron los casos de mujeres que van al hospital para que les completen el proceso iniciado con ese remedio.
“Las redes sociales y el boca a boca difundieron masivamente las propiedades del misoprostol. Es un medicamento que no esta autorizado para uso obstétrico y que nosotros no indicamos, ni tampoco recetamos, pero la realidad es que las mujeres lo consiguen y lo compran. Ante eso, lo que hacemos es brindar información cuando una paciente dice que lo va a utilizar; información científica que figura en las guías de la Organización Mundial de la Salud y la Federación Latinoamericana de Obstetricia.”
No es una muletilla. Sandra Vázquez repite la palabra “información” como un mantra. Insiste, machaca. Para ella hablar es la clave y la información -nunca más valiosa esta redundancia- es el ejercicio necesario para desarticular los tabúes. Hija de padre ginecólogo y madre partera, en su casa nunca el sexo ni el embarazo ni los anticonceptivos ni el aborto fueron malas palabras. “En mi familia se habló siempre abiertamente; hubo muchos abortos y mucha ayuda a mujeres que estaban en situaciones complicadas. Incluso tuve casos muy cercanos, de familiares directos”.
Fue ella, después de investigar la proliferación y el mal uso que se le daba al misoprostol, quien le propuso a las autoridades del Argerich habilitar un servicio para asesorar a adolescentes embarazadas y dispuestas a abortar.

-¿Cómo es trabajar en esa línea tan delgada entre la desesperación y la ilegalidad?
-Uno no puede cerrarle la puerta a una mujer que viene a pedir ayuda. Si lo que ella va a hacer es ilegal, hablar de eso no está fuera de la ley. Nosotros estaríamos haciendo algo ilegal si interviniésemos en el momento de la interrupción del embarazo. Pero toda contención anterior, y todo el tiempo posterior, de controles y de ofrecer alternativas de métodos anticonceptivos para el futuro, no. Este modelo lo copiamos de Uruguay; ellos ofrecen el servicio de asesoramiento a mujeres de cualquier edad, y así lograron bajar la mortalidad a cero.
Ella fue el resquicio. Mientras el debate de fondo se posterga, mientras se preparan protocolos de atención para casos no punibles, mientras el colectivo feminista marcha para que se respete la decisión sobre el propio cuerpo y la Iglesia pone el grito en el cielo, el sistema público de salud encontró la manera de que las mujeres no queden desprotegidas.
“Hay que sensibilizar a los profesionales; de hecho los ginecólogos son los más duros, aunque parezca mentira. En general son ellos los que ponen la barrera cuando una mujer se acerca a pedir ayuda. Nosotros, como médicos, tenemos la obligación de que esa mujer no se muera, no se inyecte, no termine perforada y de que si el día de mañana quiere tener un hijo, esté en condiciones de hacerlo”.
A partir del proyecto del Argerich, otros hospitales de distintas provincias replicaron la idea e implementaron sus propias consejerías. En la misma línea, el Ministerio de Salud de la Nación, a través del 0800 de salud reproductiva, brinda un listado de servicios ‘amigables’; es decir, lugares de atención segura donde poder consultar sin correr el riesgo de ser denunciada.
“Mueren cerca de cien mujeres por año como consecuencia de complicaciones por abortos mal hechos. Acá no pasa por lo que uno piensa en lo personal, sino por una obligación de dar respuesta a nuestros pacientes. Mi función dentro del sistema es intentar reducir la mortalidad materna”.
-Pero vos tendrás tu posición tomada sobre la despenalización…

Yo creo que es un tema que hay que enfrentar y discutir. Si no, es como meter la cabeza debajo de la baldosa. La realidad es que las mujeres abortan. Y que hay que trabajar en una serie de acciones paralelas para disminuir los embarazos no deseados, pero también debemos evitar que corran riesgos aquellas que decidan interrumpirlos. Yo podré estar a favor de la despenalización, y de hecho lo estoy. Eso sí, necesitamos que si se logran las leyes, se cumplan. La educación sexual es ley desde hace seis años y no se está cumpliendo adecuadamente. Hay provincias enteras donde los DIU no se colocan y los anticonceptivos no se entregan si el adolescente no va acompañado de un adulto. Entonces me parece que el cambio que se necesita es más profundo. Despenalizar el aborto no va a cambiar nada si todavía hay médicos que creen que hablar del tema está prohibido.
Valeria Sampedro.


(comparto el trabajo que hicimos para Telenoche sobre el modelo de Consejería que implementó Uruguay antes de la legalización del aborto)

http://www.eltrecetv.com.ar/telenoche/un-plan-para-luchar-contra-la-mortalidad-materna_057715

jueves, 22 de mayo de 2014

Ataque de clítoris: Humor feminista

Referente del humor gráfico y de género, Diana Raznovich aborda sin disimulos temáticas como el aborto, la trata y la violencia doméstica. Dice que la historieta argentina es machista, pero rescata a Quino. ¿Es la que se parece a Maitena? ¡Ni se te ocurra porque se deprime!

¿Más machista que la UOCRA? “Si, el gremio de los humoristas gráficos es muuuuy machista, creeme. Agarrá los diarios y fijate en las contratapas: ¡todos tipos! El tema del maltrato, por ejemplo, ni se toca. Lo tengo muy estudiado, los varones humoristas de eso no hablan! Porque hay un pacto de silencio, de caballeros; como si la violencia de género no existiera”. 
Diana, y sus tacones de punta. “Clemente, por citar uno, es el clásico porteño con dos minas, futbolero, bien arquetípico... Creo que Quino en ese sentido fue el más feminista de todos, porque Mafalda opina, cuestiona, mira con preocupación el mundo. Quino tuvo la valentía de decir: las mujeres piensan. Y fue un éxito, ¿no? O sea que mercado hay. A mí me encantaría hacer una tira diaria a la par de mis colegas hombres porque estoy en condiciones tanto artísticas como ideológicas para estar, pero...”
La escuchas y te dan ganas de ponerte firme, mano al pecho y entonar el himno feminista. Estamos delante de Diana Raznovich, una de las poquísimas historietistas que hoy publica “chistes de género” en nuestro país. Porteña, clase 45, rubia, ojos claros, dientes separados, seria como todo capocómico, trajecito sastre. Si no la tienen es porque tuvo que exiliarse a mediados de los setenta. Se fue a España, dejó atrás una prolífica carrera como autora teatral, y se inventó una vida nueva, allá lejos, sola y triste. Pero dicen que al mal tiempo buena cara. Así fue que apareció su lado más cáustico y empezó tomar forma de viñetas.
“Desde muy chiquita yo tuve esa mirada... Cuando tenía siete años esperaba todos los martes a que llegara una revista que traía mi mamá con las historietas de La Pequeña Lulú y la copiaba entera. Yo quería hacer eso… Mi horizonte siempre fue lo ridículo del mundo, lo veo muy ridículo.”
Usted qué prefiere: abuso sexual o económico?
Subvertir el orden patriarcal, desafiar el discurso sexista y empezar a reírnos a carcajadas del modelo que todavía nos reserva un lugar de minoría en los espacios de poder. Podría resultar pretencioso encarar semejante lucha a través de una tira cómica, pero Diana está convencida de que el humor puede ser el salvoconducto para hacer verdaderamente popular ese debate. “Si el alegato de la igualdad de género viniera a través de la risa podría lograr una trascendencia pública, creo que eso le daría al feminismo un vuelco importante.”

¿Y cómo se hace para hablar de femicidio, discriminación, aborto de manera burlona? “Vos decidís qué ponés. Yo apunto al maltratador, no me interesa la mina golpeada. Yo no veo la escena de violencia, lo que busco es derrumbar al tipo. Ridiculizarlo a él. Y si la mujer logra reírse, ya empieza a tenerle menos miedo”.

Con domicilio aquí y allá, durante el gobierno socialista de Zapatero, Diana trabajó para una campaña contra la explotación sexual. Cuatro millones de posavasos con sus dibujos repartidos en bares y puticlubs de toda España, y unos meses después –cuenta orgullosa- “la estadística marcaba que había bajado el consumo de trata”. Paralelamente, hacía exposiciones con la temática de maltrato y sus trabajos se publicaban en Alemania, Francia y Estados Unidos.

He luchado tanto para hacer lo que me gusta que he llegado a creer que lo que me gusta es luchar tanto
Si a esta altura se están preguntando cómo todavía no hablamos de su parecido con Maitena, acá viene esa parte. “¿Te dicen así: ‘se parece a Maitena’? ¿Es muy generalizado eso?” nos consulta, con una mueca que mezcla perplejidad y desconsuelo. ¿Acaso se está deprimiendo delante de una extraña?
“Mirá, no sé si me parezco, la verdad es que no la tengo muy... pero puede ser que coincidamos, aunque creo que ella tiene un pensamiento muy diferente al mío. Un tipo de humor distinto… Qué sé yo, creo que hay lugar para todas”. 
No es cuestión de sembrar antipatías, peeeero. Si una se pone rigurosa y analiza el discurso “globológico” de una y otra, al margen de cierto parecido en los trazos, la cuestión puede ponerse áspera. Para empezar, distanciemos el humor “femenino” del humor “feminista”. No son sinónimos.
En un rincón, “Mujeres Alteradas”; en el otro, “Mujeres Pluscuamperfectas”. Y suena la campana. Mientras las chicas Maitena debaten sobre depilación, dietas, cirugías y orgasmos –al mejor estilo Sex&The City-, las criaturitas de Raznovich arremeten cínicas y descaradas contra la más simiesca misoginia social.
En 1999, la tira de Maitena empezó a salir en la edición dominical de El País de España. ¿Y Diana? “¿Sabés las veces que intenté entrar a El País? Me decían, ‘esto no es para nosotros’, ‘es muy feminista’, ‘no tenemos un público para tu feminismo’ Eso es censura”.
Ahora llaman maltrato a una escenita de celos con un par de ostias bien dadas
¿Cuáles son las concesiones que han debido hacer aquellas que lograron sobrevivir en tierra de Patoruzú, Isidoro Cañones o las minitas Altuna?
Seguir el rastro de las mujeres en la historieta argentina remite a los años 30. Niní Marshall fue de las primeras en colarse en ese mundo pensado y hecho por y para hombres, junto a María Esther del Grosso y Sara Conti, pero bajo seudónimos!. Ya en los 50, Martha Barnes, Cecilia Palacio (hija de don Lino). Más acá, una Blanca Cotta preculinaria, cuyo modo de escapar al destino de ama de casa fue hacer una tira cómica, aunque fuera con recetas de cocina para la revista Anteojito. Hay más: Alicia Durán (caricaturista política en Radiolandia), Petisuí (secretos de mujer), Nelly Hoijman (el humor tiene cara de mujer), o la ácida Stella de Lorenzo. Hasta llegar a Patricia Breccia y con ella –incluso a pesar suyo- el inicio de la historieta feminista.
Que una mujer salga a hacer visible su burla, es muchísimo más transgresor a que lo haga un hombre, concluye Diana. “Yo creo que no se quiere legitimar la mirada de género como un discurso público. Mientras se mantenga en una minoría de académicas e intelectuales no representa ningún peligro, pero si el ama de casa o la mujer en general empieza a naturalizar eso, más de uno va a estar en problemas. Y a través del humor puede ocurrir”.
Parece estar todo dicho. Sin embargo… (unos días después)
“Me ha sorprendido lo que me dijiste de que me ven influida por Maitena, es la primera vez que me lo dicen (sí me dijeron al revés, en España, que ella se parecía a mí). Pero empecé mucho antes que ella, yo ya hacía esos dibujos a fines de los ´80, con las mismas caritas y gestos que hago ahora, aunque entonces trabajaba en blanco y negro. Así que creo que Maitena sin darse cuenta debe haberse visto influida por mí.
Siento que la gente se haya olvidado de mis 5 años en el periódico Tiempo Argentino; una página todos los jueves en el suplemento Mujer, que empecé a publicar cuando volvió la democracia. Pero son los costes de vivir afuera, el exilio. Ahora tengo la oportunidad de que me conozcan más aquí (arrancó el año pasado en la contratapa de Clarín). Mi objetivo, ahora, es la Argentina.”


Valeria Sampedro

martes, 20 de mayo de 2014

Hacerse Mujer

Mariana Casas vivió como varón casi 40 años. Fue su estrategia para escapar del destino prostibulario que todavía se le reserva a la mayoría de travestis y transexuales. Abogada de Flor de la V en la causa por el cambio de identidad, reflexiona sobre cómo ser lo que sos en un país con leyes de vanguardia y una sociedad que mira de reojo al diferente.

“Señora, hágale hacer deportes! Va a ver cómo se le pasa...” La indicación del médico no logró el efecto deseado, aunque Marianita desarrolló un lomo olímpico. Por entonces, Mariana todavía no era Mariana sino un adolescente peleando por imponer su identidad. Promediaban los ’70, no había demasiado margen para la rebeldía. Así que: a entrenar. Hizo el instructorado de ski, se recibió de buzo deportivo, llegó a ser timonel de yate. Jugó al padel, al fútbol, al tenis, al rugby, al voley, se federó en hockey sobre patines Y no hubo caso.

A ver, ¿qué parte no se entendió? La historia de Mariana se remonta a cuando tenía tiernitos cuatro, cinco años y empezó a envidiarle los vestidos a su mamá. Me pasa desde que tengo memoria, dice, le sacaba la ropa a mi vieja, a mi tía, a mi abuela, y la escondía en el cuarto. Lo cuenta a sus 52, con una naturalidad ganada a fuerza de lucha, ahora que en la cartera tiene su DNI verdadero y no ese documento apócrifo que la atormentó durante más de la mitad de su vida. Cuarenta años se la pasó disfrazada de hombre. Paradojas de la transexualidad.

¿Y si nos sacamos todos la careta? Qué tal si asumimos que en el país del matrimonio igualitario, de la adopción sin fronteras sexuales y la identidad de género, Florencia de la V es la única travesti que goza de aceptación popular, mientras el resto (¡el 95%!) se ofrece por veinte pesos en las zonas rojas.

Mariana Casas es abogada y tiene el triste privilegio de ser de esas pocas que no se dedica a la prostitución. “Te voy a contar mi caso. Yo me recibí en la Facultad de Derecho, pero pareciera que mi título dijera abogada de transexuales, porque no hay nadie más que me contrate. Llevo 11 años de profesión y sólo me consultan chicas y chicos para cambio de nombre y sexo en el documento, trámite que ahora se hace por ley, una ley que yo aprobé y por la que también milité para, qué curioso, pasar a quedarme sin trabajo”.

Piedra libre al enano fascista agazapado detrás del control remoto. Al que cree cumplir su cuota parte de aceptación de la diversidad porque aprendió a querer a Flor y se emociona con las Noelias de Tinelli. Otra vez la excepción confirmando la regla, y en esa lógica, entonces, Naty Menstrual es “la” escritora, Ariana Cano “la” locutora, Micaela Bayer “la” policía trans y Mariana Casas “la” abogada -viene invicta con 26 causas ganadas, entre ellas justamente la de Flor de la V-.

Primaria en colegio de varones. Secundario en una escuela de curas. Cómo encontrar un resquicio para expresar todo lo que le ocurría a esa nena siempre en falta, que a los 12 empezó a frecuentar psiquiatras. “Hice muchos tratamientos psicológicos para normalizarme. A nadie le gusta ser distinto; tratás de no ser, intentás adaptarte. Yo me inventé un papel y lo representé como pude. Fue muy difícil, armé mi personaje respondiendo al estereotipo del varoncito. A los 14 mi papá me consiguió una chica para debutar; yo decía: ¡qué hago acá! (...) Hice todo lo posible por responder al mandato, conste que no pude”.

Pronto entendió que lo único que podía asegurarle una independencia económica sin condiciones era salir a laburar. Había que huir de esa casa donde le revisaban el placard, el esmalte de uñas estaba escondido bajo siete llaves y la madre hacía verdaderas razias para deshacerse de cualquier objeto femenino que no fuera suyo. Claro que para eso iba a tener que seguir usando unos cuantos años más el seudónimo masculino que le habían asignado al nacer. La farsa iba a garantizarle inserción social.  

Y fue cadete, motoquero, vendió fiambres, colocó burletes. Mientras, estudiaba Derecho. “Yo decidí esperar. Recién pude romper cuando tuve encaminadas ciertas cosas”. A los 23 dejó el departamento familiar de Barrio Norte y se fue a vivir sola. La liberación le trajo de regalo su primer orgasmo, y supo que estaba por el buen camino.
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Mujer se hace.
Ya lo dijo Simone de Beauvoir (y pronto se convirtió en un eslogan feminista): “No se nace mujer, una llega a serlo”. La figura de la hembra humana es un producto cultural que se ha construido socialmente. Mariana agrega: “Va mucho más allá de la cuestión física. Lo genital es una cosa, pero el género es otra. Es una construcción, son convenciones. Tenemos la convención de la ropa rosa y celeste, autitos para los varones, muñecas para las nenas. Si rompiéramos con esos estereotipos…”

Pero estamos lejos de alcanzar esa quimera, aún con la bandera de la igualdad flameando altiva, orgullosa, a menos de un mes de la promulgación de la nueva ley de identidad de género. Mientras la expectativa de vida de las personas trans siga siendo de 35 años, el dilema de nacer, ser y parecer quedará reducido a una cuestión semántica: Trans significa del otro lado; es decir, que sigue habiendo “dos” lados. Ojalá todo fuera tan simple, ¿no?.

Hoy Mariana Casas forma parte del equipo jurídico de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT). Trabaja en el Consejo Nacional de las Mujeres y es asesora en la Legislatura porteña. Le llevó más de cuarenta años la construcción de su modelo de mujer. “A mí no me interesa ser famosa, yo lo logré desde otro lugar. Tengo mi trabajo, tengo mi sueldo, soy una persona austera que no necesita mucho para vivir y gano lo suficiente como para estar bien. Ok, le debo mucho a una diputada que me dice ‘vos valés’. Es muy difícil que te digan vos valés cuando sos trans”.

Lo dice y hacemos un zoom a los ojos. Nada, ni una gota de humedad. Apenas una pausa y un remate perfecto: “Soy una solitaria; yo estoy feliz en mi casa, escuchando mi música con un vasito de whisky, un libro y mis seis gatos debidamente castrados, claro, como la dueña. Jé”.

Valeria Sampedro.

viernes, 16 de mayo de 2014

Rita Levi-Montalcini o la razón sobre la belleza

Había que romper a pedazos el modelo machista en un flamante siglo XX, en el que la lucha feminista era todavía una gesta y cuando aun faltaban 15 años para que la mujer tuviera en Italia derecho a votar. (Y pensar que para rechazar el mandato, a veces damos tantos rodeos. Años de terapia para entender que el secreto es aprender a decir no).  Rita Levi-Montalcini lo hizo cuando era apenas una adolescente. Papá -le dijo-, no quiero ser ni madre, ni esposa. Quiero ser científica. Don Adamo supo que no podría detenerla.

A esa chica menuda, que se sentía un patito feo, tonta y poca cosa, le sobraba carácter. Se anotó en el liceo masculino, el único que le permitía entrar después en la universidad; pero nada de vestirse como varoncito: de sombrero y guantes, se presentaba desafiante en el aula y tomaba apuntes sin prestar atención a las burlas.

De solo imaginarla, empezamos a quererla un poco. A mujeres como esta, les debemos una porción de gratitud por habernos allanado el camino. A Rita, en particular, por acallar a la sarta de misóginos que resistió su tarea como investigadora durante más de medio siglo. Cuando ni la palabra misoginia se había inventado.

Porque además de ejercer como docente, la Montalcini dio cátedra de entereza. En pleno régimen fascista, se le prohíbe por judía practicar la medicina, y ella no duda: se deshace del tocador, descuelga sin una pizca de nostalgia el póster de Humphrey Bogart y convierte su cuarto en un laboratorio clandestino. Todavía faltaban 30 años para que la historia le diera la razón.

A los 75, recibió el premio Nobel, por su descubrimiento sobre cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso. Lo recuerda, mordaz, como “ese asunto que me hizo feliz, pero famosa”.

Mucho antes de que las arrugas escondieran esos enormes ojos verdes, Rita Levi-Montalcini se obsesionaba con el cerebro. La razón por sobre la belleza; la inteligencia como ejercicio. “Hay que pensar” pregonaba, sin sospechar que llegaría a ver a sus pares de género obsesionadas con inflarse el escote en nombre de la revolución femenina.

Ya lo dice su teoría: hombres y mujeres tenemos el hemisferio derecho menos desarrollado que el izquierdo y es el culpable de las grandes desdichas de la humanidad; ahí se aloja nuestra parte instintiva, la que nos hace desconfiar del diferente y nos diluye en ese colectivo informe denominado masa(s).

Lúcida como pocas, a los cien confesó que el secreto de su vitalidad era mantener la curiosidad por el mundo. No hay que vivir recordando el tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos quede, solía decir. Murió el 30 de diciembre de 2012, a los 103.

Valeria Sampedro.