jueves, 18 de febrero de 2016

Vicu Villanueva, feminismo trash adolescente

Quizás ser puta no sea el problema. Quizás haya algo que está mal con el sistema que te dice qué revista tenés que leer y te dice qué ponerte y qué comer. Y te dice cuántas veces, cómo y cuándo hay que coger.

Párpados de purpurina, uñas despintadas tocando con fruición el ukelele. Es Vicu, Vicu Villanueva con sus mechas de un color distinto cada vez, que te mira con ojos chispeantes desde el otro lado de la pantalla. Ella desafinándote en la cara su feminismo trash adolescente.
La piba youtuber, de incipientes 21 años, se abrió camino en el mundillo virtual -donde todos tienen algo que decir- con un cancionero contra los estereotipos y el patriarcado que acumula decenas de miles de visitas.

Veo un afiche de lencería, la imagen es de una preadolescente en tanga, rubia y ligeramente desnutrida. No tiene celulitis, tampoco tiene estrías, ni granos... Gracias a este concepto nos rodean los esqueletos, que padecen de complejos y anorexias.

Vicu se la agarra también contra el mundo Disney (¿revisionismo animado? Algo así). En una de sus canciones advierte que la Bella Durmiente nunca dijo que sí al presunto amado; que la Sirenita renuncia a todo y hasta enmudece para conquistar a su príncipe azul. Y que, todo bien con Blancanieves, pero la ponían a lavar y cocinar para siete tipos.
Hay más. Acaso el hit sea “Feminazi” un intento osado de la piba youtuber de ponerse en la piel de esos machos que no entienden nada, NADA, de nuestra lucha.

Me tienen cansada estas feministas
que se hacen las rebeldes y al final son re minitas
no me cierra que seas feminista y después
tengas ganas de casarte y tener hijos, depilarte las axilas
que te expreses me incomoda, me incomoda, me incomoda
si vas a abrir la boca, mamita, que sea para tragártela toda toda TODA.


Valeria Sampedro.

viernes, 22 de enero de 2016

Mi autoestima no depende de tu like


>> Entrando a clase de Hatha Yoga. Desconecto x una hora. Ommmm

Por un rato el alma. Respiración, mudra. Un poco de conexión con el adentro en vez de tanto tuit. Aunque sea una hora, dos veces a la semana. Llegar a un lugar que no es tu casa, descalzarte y experimentar la abstinencia del smartphone ya es todo un gesto de espiritualidad.
Saludo al sol, trikonasana, postura del león (no, nada que ver con el kamasutra amigos): sentada sobre los talones, brazos estirados, ojos apuntando al entrecejo, la lengua afuera.
Tu cara más ridícula y que nadie esté mirando. ¡Qué alivio!

>> #QueNadieEstéMirando debería ser un mantra.

Un pelado en ojotas y pantalón de bambula da la bienvenida; se escuchan pajaritos, hilos de agua, soplos de viento; al rato ya te sentís parte de un paisaje de ensueño, entregada al ir y venir del aire. Tu prana en franca expansión, los chakras a punto de alinearse… cuando, de golpe, se escucha la vibración. De un celular.

Suficiente para dinamitar cualquier intento de abstracción. Entonces comprendés, en ese mismo instante, que todo lo que te rodea es una farsa. Qué hago acá en el piso con esta gente, cruzada de piernas y oliendo a sahumerio. Pretendiendo un más allá, si en lo único que estoy –estamos- pensando es en salir corriendo a nuestros morrales de feria para chequear el whatsapp. Estoy quemada si pago 700 pesos por un retiro espiritual que consiste en apagar el teléfono y encerrarme en una habitación a respirar profundo. Respiro profundo porque no soporto tener el celu apagado. Esa es la verdad. Mejor me hago cargo y entro en el centro de Rehabilitación para Onanistas Virtuales que me recomendó Erica García.

>>Mi autoestima no depende de tu like

Todo bien con el intento de bajar un cambio, pero sepamos que es un snobismo y que este almita zen hecha de pasiflora se esfumará apenas crucemos el umbral: cuánto tardaremos en postear otra selfie. Vamos chicas, de nuevo a sonreír o poner trompita, meter panza, sacar cola, apretar los brazos en un último intento por dignificar el escote; la frescura sobreactuada, un filtro de Instagram y muchos, muchos megusta.

El señor bambula lo sabe.
Entiende perfectamente adonde vino a poner su instituto de yoga y descarga su lección del día: “Sacúdanse el ego –dice-. Anden livianos”. Relajación, om shanti y hasta el próximo martes.
Subo a mi bicicleta de paseo acquamarina con canasto de mimbre para volver a casa y me quedo pensando: voy a tener que hacer algo con mi propia estupidez. Sobre todo ahora que llegué a los 10 mil seguidores de Twitter.
¿Llegué?

ValeriaSampedro.
nota publicada en ParaTi el 22/1/16

lunes, 18 de enero de 2016

#NiUnaMenos, el desamparo continúa..

La diferencia es cuando te pasa a vos. Cuando la amenaza de muerte, el golpe, los gritos, la humillación, la fuerza bruta del violento te sacuden de cerca y  gana el desamparo. Cuando el #NiUnaMenos deja de ser una consigna de lucha y se convierte en un grito urgente desesperado, donde la que está en riesgo es tu hermana, tu vieja, tu mejor amiga. Ahí no funciona el slogan -llamá al 144, animate a pedir ayuda-; necesitas la respuesta ya. Y vivis en carne propia esa historia a la que tantas veces le pusiste el micrófono. Salas de espera, horas de trámite, comisarías, juzgados.. para conseguir, con suerte, una medida de protección.

La que sigue es una historia real. Pasa ahora, pasó este fin de semana. Voy a llamar M a la víctima.

El sábado a la noche M volvía con su beba de 9 meses a su casa cuando vio que la esperaba en la puerta el padre de su hija. Habían peleado más temprano y él estaba enfurecido porque ella no contestaba el teléfono desde hacía horas. Primero fueron insultos, después empujones, patadas, hasta que la agarró del cuello y la amenazó de muerte. Una vecina vio la escena, en plena calle y llamó a la policía. El, cobarde, se escapó corriendo.

M fue a la comisaría e hizo la denuncia. Se la tomaron sin problemas, hasta la contuvieron y la llevaron a su casa en patrullero. Al día siguiente tocó ir a la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema. Excepto porque estuvo casi seis horas allí -en épocas de feria judicial hay baches entre los turnos y M llegó justo cuando terminaba el de las 18hs.- le brindaron excelente atención (psicóloga, asistente social, abogada, médico legista). Se fue de ahí con un papelito que acredita que su caso es de Alto Riesgo.

Ahora faltaba el derrotero judicial.

Esta mañana, el juzgado de turno (nro.25) dictó un mes de restricción de acercamiento al violento. Solo eso. M exigió también un botón antipánico, que primero le negaron y al rato terminaron cediendo, tanto protestar..

Ninguna de estas medidas está vigente todavía. Falta ir a buscar el botón a Barracas (sede de la Policía Metropolitana), además hay que ir a ambas comisarías (la que corresponde a la vícitima y la del “presunto” victimario) para notificarlas de la decisión del juzgado. No se olvide de llevar fotocopias de este papel, señora (fotocopias?! año 2016). ¿Sería mucho pretender que el juzgado notifique a la policía?

El dato menor -porque a las que viajamos en taxi, tenemos wifi y gps esto no nos pasa- es que todo el recorrido descripto (comisaria, ovd, juzgado y sede de la metropolitana) implicó colectivos, combinaciones de subte, cuadras y cuadras al sol, horas de espera. Siempre con la beba en brazos.

Todo, por un mes de tranquilidad. Después conseguite un abogado y fijate si podes ampliar la medida judicial, le aconsejaron antes de irse.

Mientras tanto, en estos dos días el teléfono no paro de sonar y mandar mensajes.
"Perdoname, me fui al carajo. Te quiero"
"Hija de remil putas atendeme”
"Tenes fecha de vencimiento”

Valeria Sampedro.

domingo, 1 de noviembre de 2015

El clítoris de Ayelén Paleo

Hablemos del clítoris de Ayelén Paleo. Ojo, no tengo ningún pudor sobre el tema y milito porque cada mujer haga con su cuerpo lo que se le cante, aunque verlo tan en primer plano, que me asalte un clítoris a la vuelta de una página de revista, debo reconocer, me resultó chocante. ¿Qué necesidad de exhibir tan abiertamente esa lonja de carne íntima y por demás sensible?

Claro que la revista en cuestión es Playboy. Pero pensaba, ahora lo escribo, que justo antes de anunciar el fin de los desnudos esto debe ser una especie de catarsis cárnica o bacanal vaginal.

La cosa fue así. Mi marido llega a casa con su ejemplar de Playboy y lo deja sobre la mesa, sin disimulo. Fueron las 20 preguntas a Agustina Kampfer (vestida) lo que le llamó la atención y por eso decidió comprarla. No dijo nada del clítoris de Paleo. Como es una publicación que no suelo consultar, cuando me dieron ganas de ir al baño la lleve conmigo. 

La experiencia fue más que interesante; para una feminista que no hace un culto de las axilas pobladas pero se permite recreos entre depilación y depilación, ver todas (T O D A S) vulvas depiladas me indignó un poco. ¡Denunciemos el desmonte femenino muchachas!

Pero volviendo a la exuberancia de Paleo, que no se guarda en esta producción de fotos ni un centímetro de insinuación –hasta se apoya el dedo índice en el borde de la boca, imagínense-, me pregunto qué clase de excitación, que efecto eréctil podrá causar este pequeño bandoneón de piel puesto en primerísimo plano, tan blanco, tan photoshopeado, tan desexualizado, sobre mi marido, sobre todos los maridos?

Fin de la disquisición. Es medianoche y me estoy yendo a dormir. Zapping previo por lo de Fantino, donde un día de estos irá Paleo a mostrarse, aunque ya no le queda nada por mostrar. 

Valeria Sampedro.

viernes, 23 de octubre de 2015

Feminista ¡a tu cocina!

Qué mandato ancestral de sumisión será el que nos devuelve a la cocina. Cómo es que un día aquel lugar del que aprendiste a huir en un acto reflejo de emancipación, de golpe te atrapa. La marca del delantal como estigma. Empoderarse ¿es pedir delivery?


Estoy atravesando un dilema existencial vinculado a mi flamante afición culinaria. Es raro, pero desde hace un tiempo no hago otra cosa que mirar canales gourmet, mi vieja moleskine se llenó de recetas y tips, el super se ha vuelto un paseo de compras, ahora uso sal marina. Ser activista de la lucha por los derechos de las mujeres durante el día y cuando cae la noche un encanto de ama de casa, horneando la cena, no parece aconsejable para una feminista en vías de desarrollo. ¡Si hasta me hice una huerta en el balcón! De pronto convertida en jardinera, mi cilantro, mi romero, mi menta, mi ciboulette.

Huevos rotos, con croutones y rúcula o sopa de calabaza con jengibre (las influencias palermitanas me han vuelto un ser sospechoso frente a la militancia más dura). El problema no tiene que ver con cuál de esos platos me sale mejor -los dos los hago riquísimos- sino con una culpa de género, una sororidad interior que busca rescatarme de la esclavitud del cucharon. La angustia del souflé sin grumos viene a empeorar las cosas en estos días de desasosiego y cuestionamiento permanente. No hay caso. Y me lanzo a picar cebollas, para llorar tranquila sin tener que dar explicaciones a nadie.

Hay algo de síndrome de Estocolmo en haber vuelto, sin que me llamen, al lugar doméstico que rechacé a modo de autodeterminación y libertad apenas descubrir a Olympe de Gouges y Simone de Beauvoir. El patriarcado debe tener que ver con todo esto, estoy segura. No parece casual que la tele se haya llenado de maestros chefs, pretendiendo invertir la carga de la prueba. Basta con hacer un poco de zapping al mediodía, mirar los canales utilísimos o ver el reality de Peluffo para entender que los varones coparon las hornallas. Y a una le da celos, hay que decirlo, verlos condimentar tan sueltos, dando consejos de cómo filetear un lenguado. A ver si encima de todas las batallas que nos falta librar a las mujeres, no tenemos que salir ahora a exigir el cupo femenino en la cocina. Paren muchachos, ese lugar ¡¡es nuestro!!

En plena introspección me asaltan por detrás los brazos de marido hechos abrazo para elogiar las costillitas de cerdo que acaba de comerse. Entendió todo y sabe al pie de la letra cómo desactivar mi remordimiento:

1.  se pone a lavar los platos
2. me tiende “La mano de Marguerite Yourcenar” un libro ¡de recetas! que revela cómo una intelectual que de hecho fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa era además una excelente cocinera.

Y pregunta, qué vas a querer que te regalemos para el día de la madre, amor? Entonces, el nudo en la garganta se deshace. Lo pienso, lo necesito, no debo. Sé que sería un gravísimo error pedir la minipimer. Me muerdo, no voy a decirlo... No lo digo.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en Revista Para Ti 23/10/15)

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Biblioteca feminista (mis libros marcados)

Hay un punto en el que ya no sabes si eso que leíste encarna a la perfección justo lo que pensas o si empezaste a creer en eso a partir de la lectura. ¿Importa? Creo que no mucho. Lo que sigue es un relato hecho de retazos -copia textual-, con las marcas de algunos libros que son parte de mi biblioteca feminista. Escritura patchwork.

Acaso no estamos siempre reescribiendo lo que ya escribió otro? Pues acá, una reinterpretación libre.

--

Si hay una sola cosa que me hace tener esperanza en el futuro de la liberación de la mujer ha sido ver, a lo largo de los últimos años, la caída y ascenso de varios íconos femeninos. En muchos sentidos, es en las páginas de las revistas de moda y del corazón donde el nuevo capítulo del feminismo ha ido lenta, en incongruentemente, moldeándose. En el interregno, entre la emancipación femenina y el momento en que finalmente las mujeres de la política, los negocios y el espectáculo alcancen la verdadera igualdad, la cultura de los famosos es el foro donde analizamos y discutimos la vida, el papel y las aspiraciones de la mujer.
Se trata más bien de una línea de fuga de la fuga del control y del disciplinamiento entristecedor heterofascista que incluso nos coopta con esos deseos de ser alguien en esta vida: reconocimiento, trascendencia, prestigio, tener un nombre. De las famas, la única que interesa es la mala…
Hablo como proletaria de la feminidad. Hay como un orgullo de empleada doméstica al tener que avanzar con dificultad, como si fuera útil, agradable o sexie. Un goce servil. No sabemos qué hacer con nuestras potencias.
La mujer es el artefacto político que no consigue asumir la soledad, siempre en busca de quien la complete, de quien la ampare, la proteja, la cobije, la resguarde, siempre esperando algo que estimule su abúlico tedio existencial femenino hegemónico.
En una cultura que se reserva el derecho de humillar a las mujeres consideradas poco atractivas, un desesperado anhelo de belleza va inseparablemente unido al terror de que la belleza, poca o mucha, que cada una posee ya haya empezado a desvanecerse…
Las mujeres les dirigen a los hombres un mensaje tranquilizador `no nos tengan miedo´. Vale la pena llevar una vestimenta incómoda, calzados que traban el caminar, hacerse romper la nariz o hinchar los pechos, matarse de hambre. Nunca ninguna sociedad exigió tantas pruebas de sumisiones en las imposiciones estéticas, tantas modificaciones corporales para feminizar un cuerpo. Toda mujer sabe que, por muchos que sean sus demás méritos, no vale nada si no es guapa. Llama la atención la explosión de look perra extremo adoptado por muchas chicas, que por otro lado les sienta muy bien. En realidad es una forma de disculparse, de tranquilizar a los otros, de tranquilizar a los hombres: “mira lo buena que estoy; a pesar de mi autonomía, mi cultura, mi inteligencia, sigo aspirando solo a gustarte”. Tengo la posibilidad de vivir otra cosa, pero decido vivir la alienación vía las estrategias de seducción más eficaces…
Lo más deprimente del falso albor del feminismo es que, mientras estábamos ocupadas celebrando victorias en gran parte imaginarias, el trastorno de distrofia corporal de ha convertido en una pandemia de alcance mundial.
El cuerpo de una mujer es el campo de batalla en el que lucha por su liberación. La opresión actúa a través  de su cuerpo, cosificándola, sexualizándola, victimizándola, incapacitandola…
A la mujer se le ha venido demandando resistencia, heroicidad ante la perspectiva de una agresión sexual. Para creerle a una mujer, los jueces pretenden que demuestre que fue lo suficientemente clara en la defensa de su “tesoro”, de su “honor”, de sus genitales, de la penetración. Con violencia, si es necesario, debe comunicarle de manera indiscutible al macho que lo rechaza. Si no lo hizo, entonces, no hubo violación. El varon pudo haber entendido que el suyo era un no “histérico”, por eso de que las mujeres dicen “no” cuando en verdad quieren decir “si”. Mientras no lleve su nombre, la agresión pierde su especificidad, se puede confundir con otras agresiones, por ejemplo con que te afanen, te lleven en cana, te demoren o te caguen a palos. Esta estrategia de la miopía tiene su utilidad. Porque a partir del momento en que una le dice violación a su violación, todo el aparato de vigilancia de las mujeres se pone en marcha.. Una mujer que aprecia su dignidad hubiese preferido que la maten. Mi supervivencia, en si, es una prueba que habla en mi contra. Solo a los psicópatas graves, a los violadores en serie que cortan conchas con botellas rotas, o a los pedófilos que atacan a las niñas, se les identifica  en la cárcel. Porque los hombres condenan la violación. Lo que practican siempre es otra cosa…



Todo esto podes encontrarlo esparcido en:

Caitlin Morán (Como ser mujer).
Virginie Despentes (Teoría King-Kong)
Leo Silvestri & Manada de Lobxs (Foucault para encapuchadas)  
Germaine Greer (La Mujer Completa)
Miriam Lewin, Olga Wornat (Putas y Guerrilleras)


sábado, 19 de septiembre de 2015

Código Infidelidad

La libertad también puede alienarte. Qué significa que de pronto un manual de convivencia urbana venga a decirte que ya basta de falsa moral, que el adulterio en todo caso podrá volverse una variedad amatoria pero jamás será causal de divorcio.

Es lo que plantea, palabras más o menos, el flamante Código Civil que acaba de entrar en vigencia en reemplazo de uno anterior que se moría de viejo (144 años tenía la versión original). Demasiado progre para una sociedad donde el amor se jura para toda la vida y todavía la gente se pone colorada cuando alguien dice la palabra sexo.

Un siglo después de habernos metido en la cabeza los deberes de la buena esposa y mejor madre, de haber sido cómplice de la cultura patriarcal que pedía un culpable por cada matrimonio fracasado, este librejo con rango de ley se renueva para sacudirte la estantería moral y habilita, sin castigo alguno, a tener un amante. ¿Qué se hace con esta sobredosis de albedrío? Hasta ahora yo sabía que si enganchaba a mi marido poniéndome los cuernos lo echaba de casa con juicio por alimentos y todo; además estaba la chance de denunciarlo por abandono de hogar, si el maldito llegaba a enamorarse. Con esto, ya perdió sentido revisarle el celular.

Las cadenas del matrimonio como institución se han roto para siempre. Los "esposos" pasaron a ser "contrayentes". Las mujeres, ¡señoras de nadie! se acabó la portación de apellido, desapareció el deber conyugal –ese régimen del coito tan usado como reproche en las peleas de pareja-; y para disolver una relación basta con que uno de los dos se decida. Divorcio exprés y a sola firma, pronto llegará una cédula judicial informando que esa pequeña sociedad acaba de ser formalmente aniquilada.

¡Hazlo si quieres! le dije a mi marido con la mirada fija y sin pestañar, para humedecer los ojos. Vete con otra, exageré ya casi lagrimeando. Pero debes saber, mi querido, que he de poner en práctica a partir de este momento toda mi militancia feminista, en pos de la igualdad de género en esta casa. La biblioteca completa de Jane Austin se me vino encima y pude hacer mi numerito encantador.

Inmediatamente después empecé a armar una lista de posibles amantes, decidida a asumir mi derecho a la infidelidad, sin más dilaciones. Revisé viejas cartas de amor, stalkeé entre los amigos virtuales, descarté a compañeritos de primaria -la mayoría arruinados, panzones y, los peor, pobres. Apunté algunos nombres. Puse una canción de Ricardo Montaner.


Algo pasó entonces. No sé explicarlo bien. Una serie de casualidades, el nene a casa de su abuela, mi tanga de voladitos aparecida desde el fondo del placard, la tele que se rompió, su barba de dos días, las sábanas recién cambiadas, un secreto al oído, la voz ronca de siempre diciendo otras cosas. Una mordida. La noche fue larga, larguísima. De nuevo despiertos hasta las 4, como al principio. Lo mejor de todo, es que después del pucho, se puso a calentarme los pies.


Valeria Sampedro.
(nota publicada en revista ParaTi)